Doce años para encontrarte otra vez

Capitulo 23. El hombre del pasado

El corazón de Alejandro golpeaba con tanta fuerza que podía sentir cada latido en el pecho.

No apartaba los ojos del hombre sentado al otro lado de la cafetería.

Lo reconocía perfectamente.

Julián Herrera.

Durante años había trabajado para su padre.

Había sido uno de los hombres encargados de resolver los problemas delicados de la familia Montenegro.

De esos problemas que nunca aparecían en documentos.

De esos que se solucionaban con dinero, amenazas o favores.

Y, después de la separación de Alejandro y Valentina, Julián había desaparecido.

Alejandro siempre había supuesto que su padre lo había enviado lejos.

Pero ahora estaba allí.

Mirándolo.

Como si hubiera estado esperando este momento durante doce años.

—¿Lo conoces? —preguntó Daniel.

Alejandro no respondió.

Camila siguió su mirada.

Al reconocer a Julián, su rostro perdió el color.

Valentina también lo vio.

Y entonces comprendió algo terrible.

—Nos encontró —susurró.

Alejandro giró hacia ella.

—¿Quién?

Valentina no respondió.

Camila tomó aire.

—Tenemos que irnos.

—No —dijo Alejandro.

Su voz fue firme.

—Primero quiero respuestas.

Daniel se acercó.

—Alejandro, escucha a Camila.

—¡Doce años escuché mentiras!

La cafetería quedó en silencio.

Varias personas voltearon.

Alejandro bajó la voz, pero la rabia continuó en sus ojos.

—Esta vez quiero la verdad.

Camila asintió.

—La tendrás.

—¿Toda?

Ella miró a Valentina.

—Toda la que podamos contarte hoy.

—No.

Alejandro negó con la cabeza.

—No quiero otra verdad a medias.

Valentina cerró los ojos.

Aquella frase le dolió.

Porque sabía que, tarde o temprano, tendría que contarle todo.

Pero todavía no estaba preparada para hacerlo.

Julián se levantó.

Alejandro inmediatamente dio un paso hacia él.

—¡Tú!

Julián no corrió.

Simplemente dejó unas monedas sobre la mesa, tomó su abrigo y salió de la cafetería.

—¡Espera!

Alejandro salió detrás de él.

Valentina, Camila y Daniel lo siguieron.

Julián caminó rápidamente por la acera.

Alejandro consiguió alcanzarlo a media calle y lo tomó del brazo.

—¿Qué haces aquí?

Julián se volvió.

—Esperando.

—¿Esperando qué?

—Que finalmente hicieras la pregunta correcta.

Alejandro apretó la mandíbula.

—¿Tú mandaste los mensajes?

Julián sonrió ligeramente.

—Algunos.

Valentina llegó hasta ellos.

—¿Por qué?

Julián la miró.

—Porque ya no podía seguir viendo cómo ustedes sufrían por una mentira que nunca debió existir.

Alejandro soltó el brazo de Julián.

—¿Qué sabes?

—Mucho.

—Entonces habla.

Julián miró alrededor.

—Aquí no.

Alejandro soltó una risa amarga.

—¿También vas a decirme que todavía no es el momento?

—No.

Julián sacó una pequeña memoria USB del bolsillo.

—Esto sí es el momento.

Alejandro la miró.

—¿Qué es?

—Documentos.

—¿Sobre qué?

—Sobre la deuda de la familia de Valentina.

Ella se quedó inmóvil.

—No...

Julián la miró con tristeza.

—Sí.

Alejandro extendió la mano.

Julián dejó la memoria en su palma.

—Aquí está la documentación que demuestra quién pagó realmente las deudas de tu familia.

Alejandro sintió un escalofrío.

—Mi padre.

Julián no respondió.

Pero su silencio fue suficiente.

—¿Y qué más hay?

—Contratos.

—¿Qué contratos?

—Los acuerdos que tu padre hizo con los acreedores de la familia de Valentina.

Alejandro cerró la mano alrededor de la memoria.

—¿Y las amenazas?

Julián bajó la mirada.

—También están registradas.

Valentina sintió que las piernas le temblaban.

Camila la sostuvo del brazo.

Alejandro la miró.

—¿Tú sabías esto?

Valentina negó lentamente.

—No todo.

—Pero sabías que mi padre había intervenido.

—Sí.

—¿Desde cuándo?

Valentina tragó saliva.

—Desde hace doce años.

Alejandro cerró los ojos.

Aquella confesión volvió a abrir una herida que nunca había terminado de cicatrizar.

—¿Y nunca me lo dijiste?

—No podía.

—¡Siempre podías haberme dicho la verdad!

Valentina dio un paso atrás.

—Si te lo hubiera dicho...

—¿Qué?

—Mi familia habría pagado las consecuencias.

Alejandro se quedó en silencio.

Valentina respiró temblorosamente.

—Eso fue lo que me dijeron.

—¿Quién?

Ella lo miró.

—Tu familia.

Daniel observaba a Alejandro con una mezcla de culpa y compasión.

Finalmente decidió hablar.

—Hay algo que también debes saber.

Alejandro lo miró.

—¿Qué?

Daniel señaló a Camila.

—Ella y yo estábamos juntos desde antes de que Valentina fingiera estar comprometida conmigo.

Alejandro frunció el ceño.

—¿Juntos?

Camila asintió.

—Daniel era mi novio.

Alejandro miró a Daniel.

Después a Camila.

Luego volvió a mirar a Valentina.

—Entonces...

Su voz se quebró ligeramente.

—¿Nunca estuvieron juntos?

—No —respondió Daniel.

—¿Nunca fueron pareja?

—Nunca.

—¿Nunca estuvieron comprometidos?

—No.

Alejandro sintió que le faltaba el aire.

Doce años.

Doce años creyendo que Valentina había elegido a otro hombre.

Doce años imaginando que había encontrado con Daniel la felicidad que él no pudo darle.

Doce años sintiendo que había sido reemplazado.

Y ahora descubría que todo había sido una mentira.

Pero todavía quedaba una pregunta.

La más importante.

—Entonces, ¿por qué?

Nadie respondió.

Alejandro miró a Valentina.

—¿Por qué me hiciste creer que estabas con él?




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