La oficina quedó sumida en un silencio incómodo.
Alejandro permanecía de pie frente a Camila.
Valentina estaba a su lado, con el rostro pálido.
Daniel acababa de llegar y se había quedado junto a la puerta.
—¿Alguien de mi familia? —repitió Alejandro.
Camila asintió.
—Sí.
—¿Quién?
Camila miró a Valentina.
Valentina negó lentamente con la cabeza.
—Camila...
—Ya no podemos seguir ocultándolo.
Alejandro sintió que algo dentro de él se quebraba.
—¿Ocultarme qué?
Camila tomó aire.
—La persona que contactó a los acreedores de la familia de Valentina no fue solamente tu padre.
Alejandro frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Alguien de tu familia utilizó a tu padre.
La expresión de Alejandro cambió.
—Eso no tiene sentido.
—Lo tendrá cuando veas los documentos.
Camila sacó una carpeta de su bolso.
La colocó sobre el escritorio.
Alejandro la abrió.
Había copias de transferencias, cartas y algunos documentos antiguos.
—¿De dónde sacaste esto?
—Julián.
Alejandro levantó la mirada.
—¿Julián?
—Él conservó documentos que tu padre nunca supo que existían.
Alejandro volvió a revisar las hojas.
Una firma apareció varias veces.
No era la de su padre.
Era la de su madre.
Alejandro se quedó inmóvil.
—No.
Valentina cerró los ojos.
—Alejandro...
—No.
Tomó otro documento.
La firma volvía a aparecer.
—Mi madre no haría esto.
Camila no respondió.
—¡Mi madre no haría esto! —repitió.
—Yo tampoco quería creerlo —dijo Camila—. Pero los documentos están ahí.
Alejandro dejó caer la carpeta sobre el escritorio.
—Necesito hablar con ella.
La mansión Montenegro parecía exactamente igual.
Elegante.
Imponente.
Fría.
Alejandro entró sin anunciarse.
Su madre estaba en la sala, tomando café.
Al verlo, sonrió.
—Hijo.
Pero la sonrisa desapareció al notar su expresión.
—¿Qué ocurre?
Alejandro colocó la carpeta frente a ella.
—Quiero una explicación.
Ella miró los documentos.
Y durante un instante su rostro cambió.
Fue apenas un segundo.
Pero Alejandro lo vio.
—¿Qué es esto?
—Alejandro...
—No me digas que no sabes de qué hablo.
Su madre cerró lentamente la carpeta.
—¿Quién te dio esto?
—Eso no importa.
—Sí importa.
—Para mí importa más saber por qué aparece tu firma en documentos relacionados con la familia de Valentina.
Su madre permaneció en silencio.
Alejandro sintió un nudo en el estómago.
—Dime que es falso.
Ella no respondió.
—Mamá.
Finalmente levantó la mirada.
—Yo solo quería protegerte.
Alejandro soltó una risa amarga.
—¿Protegerme?
—Sí.
—¿De qué?
—De una vida que no era para ti.
Alejandro la miró con incredulidad.
—¿Y decidiste destruir la mía?
—No la destruí.
—¡Separaste a Valentina de mí!
Su madre se levantó.
—Era una niña.
Alejandro se quedó quieto.
—¿Qué?
—Era demasiado joven. Tú también eras joven.
—Eso no te daba derecho.
—Tu padre jamás habría permitido esa relación.
—¡Pero tú sí la permitiste!
—Porque al principio pensé que desaparecería sola.
Alejandro sintió que la rabia aumentaba.
—¿Y cuando no desapareció?
Su madre bajó la mirada.
—Tuve que intervenir.
—¿Qué hiciste?
Silencio.
—¡¿Qué hiciste?!
Ella respiró profundamente.
—Hablé con la madre de Valentina.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Y?
—Le expliqué que aquella relación podía destruir a su familia.
—¿La amenazaste?
—No.
—¿Le dijiste que perdería todo?
Su madre no respondió.
Alejandro comprendió.
—Sí la amenazaste.
—No era una amenaza.
—¿Entonces qué era?
—Una advertencia.
Alejandro cerró los ojos.
Había escuchado exactamente la misma palabra años atrás.
Una advertencia.
Su padre también había utilizado esa palabra.
—¿Fuiste tú quien pagó las deudas?
Su madre negó.
—No.
—Entonces ¿por qué aparece tu firma?
—Porque autoricé la operación.
Alejandro la miró fijamente.
—¿Qué operación?
—El pago de las deudas.
—¿Por qué?
—Para que Valentina tuviera una razón más para alejarse de ti.
Alejandro sintió que el aire abandonaba sus pulmones.
—No puedo creerlo.
—Lo hice por ti.
—¡No!
Su voz resonó por toda la mansión.
—No lo hiciste por mí.
Su madre lo miró.
—Alejandro...
—Lo hiciste porque querías decidir por mí.
—Soy tu madre.
—¡Y ella era la mujer que amaba!
El silencio fue absoluto.
Su madre bajó la mirada.
—Lo sé.
Alejandro se quedó quieto.
—¿Lo sabías?
—Desde el principio.
—Entonces sabías que destruirme no era protegerme.
Ella no contestó.
Mientras tanto, Valentina caminaba de un lado a otro en el despacho.
Camila estaba sentada frente a ella.
Daniel permanecía junto a la ventana.
—No debimos contarle todavía —dijo Valentina.
Camila la miró.
—¿Hasta cuándo querías esperar?
—No lo sé.
—Valentina.
—Tengo miedo.
Daniel se acercó.
—Tienes que dejar de cargar esto sola.
Valentina lo miró.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Si Alejandro descubre todo...
—¿Qué?
—Puede odiarme.
Daniel negó con la cabeza.
—Después de todo lo que ha descubierto, todavía piensa que tú fuiste víctima.
Valentina sonrió tristemente.
—Pero yo mentí.
—Para proteger a tu familia.
—Mentí durante doce años.
Camila tomó su mano.
—Y yo también fui parte de esa mentira.
—Pero tú no eras la que él amaba.