Valentina sintió que el mundo se detenía.
Alejandro estaba frente a ella.
Había escuchado sus últimas palabras.
Ya no podía esconderse detrás de otra mentira.
Ya no podía cambiar de tema.
Ya no podía decir que no recordaba.
—¿Qué fue lo que te hicieron aquella noche? —repitió Alejandro.
Valentina bajó la mirada.
Camila dio un paso hacia ella.
—Valentina...
—No —susurró Valentina—. Ya no.
Levantó lentamente la cabeza.
—Tiene derecho a saberlo.
Alejandro sintió un nudo en la garganta.
—Entonces dime.
Valentina respiró profundamente.
—La noche que terminamos...
Sus manos comenzaron a temblar.
—Yo no quería dejarte.
Alejandro cerró los ojos.
Aunque ya lo sabía, escucharlo de sus labios era diferente.
—Lo sé.
—No, Alejandro. No lo sabes todo.
Ella tomó aire.
—Esa noche fui a ver a tu padre.
Alejandro abrió los ojos.
—¿Por qué?
—Porque tu madre ya me había advertido que debía alejarme de ti.
—¿Y mi padre?
—Él fue más directo.
Valentina apretó los dedos.
—Me dijo que podía hacer desaparecer las deudas de mi familia.
—¿A cambio de qué?
—De ti.
Alejandro sintió rabia.
—¿Qué significa eso?
—Quería que desapareciera de tu vida.
—¿Y tú aceptaste?
Valentina negó rápidamente.
—No.
—Entonces...
—Me dijo que si no lo hacía, iba a utilizar todo lo que tenía contra mi familia.
Alejandro dio un paso hacia ella.
—Pero eso ya lo sabíamos.
Valentina negó.
—No.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Había algo más.
Alejandro se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Tu padre sabía que yo nunca te abandonaría voluntariamente.
—Entonces, ¿qué hizo?
Valentina cerró los ojos.
—Me hizo creer que podía hacerte daño.
Alejandro frunció el ceño.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Cómo?
—Me mostró fotografías.
—¿De qué?
—De ti.
Valentina respiró temblorosamente.
—Fotografías tuyas saliendo del taller. Fotografías de cuando regresabas a casa. Fotografías de personas que estaban cerca de ti.
Alejandro sintió un escalofrío.
—¿Me estaba vigilando?
—Sí.
—¿Y tú lo sabías?
—Esa noche lo descubrí.
Alejandro apretó la mandíbula.
—¿Qué más?
Valentina tardó en responder.
—Me dijo que si seguía contigo, alguien podía hacerte daño.
Alejandro sintió una mezcla de rabia y tristeza.
—¿Y por eso me dejaste?
—Sí.
—¿Y Daniel?
Valentina cerró los ojos.
—Daniel fue mi última opción.
Alejandro miró a Daniel.
—¿Tú sabías?
Daniel asintió.
—Camila me lo contó todo.
Alejandro se quedó callado.
—¿Y aceptaste fingir que eras su novio?
—Sí.
—¿Por qué?
Daniel miró a Valentina.
—Porque ella estaba desesperada.
Camila intervino.
—Y porque nosotros ya éramos pareja.
Alejandro la miró.
—Entonces ustedes dos aceptaron destruir mi vida para protegerla.
Daniel bajó la mirada.
—Sí.
Alejandro soltó una risa amarga.
—Vaya manera de ayudar.
—Lo sé —respondió Daniel—. Y lo siento.
Alejandro salió de la oficina.
Necesitaba aire.
Necesitaba pensar.
Necesitaba entender cómo había podido pasar doce años creyendo una historia que jamás fue real.
Valentina salió detrás de él.
—Alejandro.
Él continuó caminando.
—Alejandro, por favor.
Se detuvo.
—¿Qué?
—No quería lastimarte.
—Pero lo hiciste.
Valentina bajó la mirada.
—Lo sé.
—Doce años, Valentina.
—Lo sé.
—Doce años pensando que elegiste a otro.
—Lo sé.
—Doce años preguntándome qué hice mal.
Las lágrimas comenzaron a caer por sus mejillas.
—No hiciste nada mal.
Alejandro la miró.
—Entonces ¿por qué no me dijiste la verdad?
—Porque tenía miedo.
—Podías confiar en mí.
—¡Eras demasiado joven!
Alejandro se quedó quieto.
Valentina respiró profundamente.
—Tú tenías dieciocho años. Yo tenía quince. No sabía cómo enfrentar a una familia como la tuya.
Alejandro sintió un golpe de culpa.
—Debí haberlo sabido.
—No.
—Debí protegerte.
—No eras responsable de solucionar los problemas de tu familia.
Alejandro se quedó en silencio.
Valentina se acercó.
—Yo solo quería que estuvieras a salvo.
—Y para mantenerme a salvo decidiste romperme el corazón.
Ella bajó la cabeza.
—Sí.
Alejandro tragó saliva.
—¿Sabes qué fue lo peor?
Valentina levantó los ojos.
—¿Qué?
—Que te creí.
Ella cerró los ojos.
—Lo siento.
—Te vi con Daniel.
—Lo sé.
—Los vi juntos y pensé que eras feliz.
—Nunca lo fui.
—Yo tampoco.
El silencio entre ellos fue doloroso.
Esa tarde, Daniel llevó a Camila a casa.
—¿Crees que hicimos bien? —preguntó Camila.
Daniel suspiró.
—No sé.
—Valentina sufrió mucho.
—Alejandro también.
—Lo sé.
Camila dejó las llaves sobre la mesa.
—Pero ya no podemos seguir protegiéndola.
Daniel la miró.
—Ahora tiene que decidir ella.
—¿Decidir qué?
—Si finalmente le cuenta todo.
Camila se quedó callada.
—Todavía hay una parte que Alejandro no sabe.
Daniel asintió.
—La más importante.
Camila bajó la voz.
—La razón por la que Valentina aceptó desaparecer completamente.
Daniel la miró.
—Su madre.
—Sí.
—¿Crees que debería saberlo?
—Creo que Alejandro debe saber toda la verdad.
Daniel tomó su mano.
—Entonces tendremos que estar con Valentina cuando se lo diga.
Camila sonrió débilmente.
—¿Sabes que estamos hablando como si fuéramos sus padres?
Daniel soltó una carcajada.