Doce años para encontrarte otra vez

Capitulo 26. La confesión de la mejor amiga.

La noche había caído sobre la ciudad, pero Alejandro seguía sentado en su despacho.

El mensaje de su madre continuaba en la pantalla del teléfono.

"Tenemos que hablar. Hay algo que nunca te conté sobre aquella noche."

Valentina permanecía frente a él.

Ninguno de los dos decía una palabra.

Finalmente Alejandro levantó la mirada.

—Voy a verla.

Valentina sintió un escalofrío.

—Alejandro...

—Necesito saber qué ocurrió.

—Tengo miedo de lo que pueda decirte.

—Yo también.

Valentina se acercó.

—Entonces no vayas solo.

Alejandro la miró.

—¿Quieres acompañarme?

Ella negó.

—No.

—¿Por qué?

—Porque hay cosas que debes escuchar de ella sin que yo esté presente.

Alejandro comprendió.

—Está bien.

Tomó su saco.

Antes de salir, se detuvo frente a Valentina.

—No te vayas.

Ella levantó la mirada.

—¿Qué?

—No quiero volver y descubrir que desapareciste.

Los ojos de Valentina se llenaron de lágrimas.

—No voy a hacerlo.

Alejandro asintió.

—Prométemelo.

—Te lo prometo.

Él salió.

Valentina permaneció inmóvil.

Y cuando escuchó cerrarse la puerta, dejó escapar las lágrimas que había estado conteniendo.

Una hora después, Alejandro llegó a la mansión Montenegro.

Su madre lo esperaba en la biblioteca.

Sobre la mesa había una caja antigua.

—¿Qué es eso? —preguntó Alejandro.

—Recuerdos.

—No vine a hablar de recuerdos.

—Lo sé.

Ella señaló la silla.

—Siéntate.

Alejandro permaneció de pie.

—Habla.

Su madre respiró profundamente.

—Tu padre no fue quien tomó todas las decisiones.

Alejandro sintió un nudo en el estómago.

—Ya me lo imaginaba.

—Fui yo quien inició el plan.

Aunque lo esperaba, escucharlo directamente le produjo un golpe.

—¿Por qué?

—Porque sabía que tú estabas dispuesto a abandonar todo por Valentina.

—¿Y eso te parecía malo?

—No quería que renunciaras a tu familia.

—Yo no estaba renunciando a mi familia.

—Estabas renunciando a tu futuro.

Alejandro negó.

—Mi futuro era mío.

Su madre bajó la mirada.

—Tenías dieciocho años.

—Y sabía a quién amaba.

—Eso no era suficiente para mí.

—Entonces decidiste destruirlo.

Ella cerró los ojos.

—Sí.

Alejandro quedó en silencio.

—Quiero saberlo todo.

Su madre abrió la caja.

Dentro había cartas.

Fotografías.

Documentos.

Y una pequeña grabadora antigua.

—Esto ocurrió después de que Valentina aceptara alejarse.

Alejandro tomó la grabadora.

—¿Qué es?

—Una copia de una conversación.

—¿De quién?

Su madre lo miró.

—De Valentina y yo.

Alejandro sintió que el corazón se le detenía.

—¿La grabaste?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque quería asegurarme de que cumpliría su promesa.

Alejandro apretó la mandíbula.

—Eras capaz de cualquier cosa.

—En aquel momento creía estar haciendo lo correcto.

—¿Y ahora?

Su madre lo miró con tristeza.

—Ahora sé que confundí protegerte con controlarte.

Alejandro colocó la grabadora sobre la mesa.

—Ponla.

Su madre presionó el botón.

Una voz joven llenó la biblioteca.

La voz de Valentina.

—No puedo hacer esto.

Después se escuchó la voz de su madre:

—Entonces tu madre dejará de recibir tratamiento.

Alejandro cerró los ojos.

La grabación continuó.

—Por favor...

—Solo tienes que terminar con Alejandro.

—Él me ama.

—Y tú lo amas.

—Sí.

—Entonces demuéstralo dejándolo.

Se escuchó un sollozo.

Alejandro apretó los puños.

—¿Cómo pudiste?

Su madre no respondió.

La grabación continuó.

—¿Y si él me busca?

—Le harás creer que elegiste a otro.

Silencio.

—¿A quién?

—A quien sea.

Alejandro abrió los ojos.

Entonces escuchó la frase que durante doce años había permanecido enterrada.

—¿Y si me pregunta por Daniel?

La voz de su madre respondió:

—Dile que lo amas.

La grabación terminó.

Alejandro quedó inmóvil.

Durante varios segundos no pudo hablar.

Finalmente dijo:

—Tú inventaste a Daniel.

Su madre asintió.

—Yo no sabía que Camila y Daniel terminarían involucrados de esa manera. Pero sí fui yo quien planteó que necesitabas aparentar que habías elegido a otro hombre.

Alejandro se pasó una mano por el rostro.

—Todo este tiempo...

Su voz se quebró.

—Todo este tiempo pensé que ella me había cambiado.

—Lo sé.

—Pensé que no había sido suficiente.

—Alejandro...

—Pensé que había algo malo en mí.

Su madre comenzó a llorar.

—Perdóname.

Alejandro la miró.

—No sé si puedo.

Mientras tanto, Valentina había llamado a Camila.

—Necesito verte.

—Voy para allá.

Una hora después, ambas estaban sentadas en la sala de Valentina.

Camila sostenía una taza de café.

—¿Alejandro ya sabe lo de tu madre?

—Sí.

—¿Y lo de tu relación con Daniel?

—También.

Camila suspiró.

—Entonces solo falta una cosa.

Valentina la miró.

—¿Qué?

—Que sepa por qué nunca regresaste.

Valentina bajó la mirada.

—Eso es lo que más miedo me da.

—¿Por qué?

—Porque no fue solamente por mi familia.

Camila se quedó quieta.

—¿Qué quieres decir?

Valentina tomó aire.

—Después de irme, recibí otra amenaza.

—¿De quién?

—De tu propia familia.

Camila frunció el ceño.

—¿Qué te dijeron?

—Que si volvía a buscar a Alejandro, iban a utilizarlo para destruirme.

—¿Cómo?

Valentina negó con la cabeza.

—No quiero recordar.

Camila tomó su mano.




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