Doce años para encontrarte otra vez

Capitulo 27. La verdad de los Montenegro

Camila permaneció inmóvil.

La idea que acababa de cruzar por su mente era tan absurda que, por unos segundos, se negó a aceptarla.

Daniel la observó.

—¿Quién es?

Camila respiró profundamente.

—No estoy segura.

—Hace un segundo dijiste que creías saberlo.

—Sí, pero...

—Camila.

Ella cerró los ojos.

—Hay una persona que siempre estuvo cerca de Alejandro.

Daniel frunció el ceño.

—¿Su madre?

—No.

—¿Su padre?

—Tampoco.

Daniel esperó.

Camila finalmente dijo:

—Mariana.

Daniel abrió los ojos.

—¿La amiga de Alejandro?

—Sí.

—¿Qué tiene que ver ella?

—Hace doce años ya estaba cerca de la familia Montenegro.

—Pero Mariana no aparece en ninguno de los documentos.

—Precisamente.

Daniel se quedó pensativo.

—Eso no demuestra nada.

—Lo sé.

Camila tomó su bolso.

—Por eso tenemos que encontrar a Julián.

En la oficina, Alejandro seguía abrazando a Valentina.

Ninguno quería separarse.

Después de doce años de distancia, aquel momento parecía demasiado precioso para desperdiciarlo.

Pero finalmente Valentina se apartó.

—Hay algo que todavía no te he contado.

Alejandro la miró.

—¿Qué?

—La noche que tu madre me amenazó no estaba sola.

Él frunció el ceño.

—¿Quién estaba con ella?

—Una mujer.

—¿Quién?

Valentina cerró los ojos.

—Mariana.

Alejandro se quedó inmóvil.

—¿Mariana?

—Sí.

—Eso no puede ser.

—Yo también pensé que me estaba equivocando.

—¿Estás segura?

—Completamente.

Alejandro comenzó a recordar.

Mariana había sido amiga de su familia desde hacía años.

Había estado presente en reuniones.

En eventos.

En celebraciones.

Incluso había aparecido ocasionalmente después de la separación.

—¿Qué hacía allí?

—No lo sé.

—¿Habló contigo?

Valentina asintió.

—Me dijo que debía entender que alguien como yo nunca podría formar parte de tu familia.

Alejandro sintió un escalofrío.

—¿Y tú nunca me lo contaste?

—Tenía miedo.

—¿De ella?

—De todos.

Alejandro tomó su teléfono.

—Voy a llamarla.

Valentina le sujetó la mano.

—Espera.

—¿Por qué?

—Porque no sabemos cuánto sabe.

Alejandro la miró.

—Entonces averigüémoslo.

Una hora después, Mariana recibió una llamada.

—Alejandro.

—Necesito verte.

Ella sonrió.

—Claro.

—Ahora.

Mariana notó el tono de su voz.

—¿Ocurre algo?

—Solo quiero hablar.

—¿Sobre qué?

Alejandro respondió:

—Sobre Valentina.

Hubo un silencio.

Muy breve.

Pero suficiente.

Alejandro lo notó.

—Nos vemos en una hora.

Colgó.

Mariana dejó el teléfono sobre la mesa.

Su rostro había cambiado.

Ya no tenía la expresión tranquila que mostraba normalmente.

—Así que finalmente lo descubrió...

En otro punto de la ciudad, Camila y Daniel llegaron al despacho de Julián.

El hombre los esperaba con varios documentos.

—Llegaron.

Camila entró.

—¿Qué encontraste?

Julián colocó una carpeta sobre la mesa.

—Esto.

Camila comenzó a revisar los documentos.

Su expresión cambió.

—Aquí aparece una transferencia.

—Sí.

—¿A nombre de quién?

Julián señaló una empresa.

—Montenegro Consultores.

Daniel frunció el ceño.

—¿Y qué tiene de extraño?

—La empresa no pertenecía al padre de Alejandro.

Camila levantó la mirada.

—¿Entonces?

—Aparecía a nombre de un tercero.

—¿Quién?

Julián colocó otro documento.

Camila leyó.

Y se quedó completamente inmóvil.

—No puede ser.

Daniel tomó la hoja.

—¿Qué pasa?

Camila señaló el nombre.

Mariana Salvatierra.

Daniel abrió los ojos.

—¿Mariana?

Julián asintió.

—Sí.

—¿Ella era dueña de la empresa?

—Legalmente, sí.

Camila comenzó a revisar los documentos.

—Entonces ella fue quien recibió el dinero.

—Parte del dinero.

—¿Y para qué?

Julián respondió:

—Para vigilar a Alejandro.

Daniel se quedó en silencio.

—¿Durante cuánto tiempo?

Julián lo miró.

—Doce años.

Alejandro llegó al restaurante donde había citado a Mariana.

Ella ya estaba allí.

Elegante.

Tranquila.

Como siempre.

—Gracias por venir —dijo.

Mariana sonrió.

—Por supuesto.

Alejandro se sentó frente a ella.

—Quiero preguntarte algo.

—Adelante.

—¿Conocías a Valentina antes de que se separara de mí?

Mariana no respondió inmediatamente.

—Sí.

Alejandro la observó.

—¿Cuándo la conociste?

—En una reunión familiar.

—No.

Mariana frunció el ceño.

—¿No?

—La conociste antes.

Ella sonrió débilmente.

—Quizá.

Alejandro apoyó los brazos sobre la mesa.

—Valentina dice que estabas con mi madre la noche que terminó conmigo.

Mariana permaneció callada.

—¿Es cierto?

—Sí.

Alejandro sintió un golpe en el pecho.

—¿Por qué?

—Porque tu madre me pidió que estuviera allí.

—¿Para qué?

—Para ayudarte.

Alejandro soltó una risa amarga.

—¿Ayudarme?

—Sí.

—¿Separándome de la mujer que amaba?

Mariana bajó la mirada.

—Tu madre creía que era lo mejor.

—¿Y tú?

Ella lo miró.

—Yo también.

Alejandro sintió rabia.

—¿Por qué?

Mariana respiró profundamente.

—Porque conocía cosas que tú no sabías.

—¿Qué cosas?

—Sabía que Valentina jamás podría adaptarse a tu familia.

—Eso no te daba derecho.

—No.

—Entonces ¿por qué lo hiciste?

Mariana permaneció en silencio.




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