Doce años para encontrarte otra vez

Capitulo 28. Perd+oname por haberte perdido.

La noche había caído sobre la mansión Montenegro.

Alejandro y Valentina seguían abrazados frente a la enorme entrada de la casa donde, doce años atrás, había comenzado la pesadilla que los separó.

Pero ahora era diferente.

Ya no había mentiras entre ellos.

Ya no había un supuesto prometido.

Ya no había amenazas ocultas detrás de puertas cerradas.

Solo estaban ellos dos.

Y, precisamente por eso, el silencio resultaba tan difícil de soportar.

Alejandro fue el primero en separarse ligeramente.

Miró a Valentina a los ojos.

—¿Estás bien?

Ella sonrió débilmente.

—No lo sé.

—Yo tampoco.

Valentina bajó la mirada.

—Después de tantos años imaginé este momento tantas veces...

—¿Y nunca imaginaste que sería así?

—No.

—¿Cómo lo imaginabas?

Ella respiró profundamente.

—Pensaba que algún día nos encontraríamos por casualidad. Tú pasarías junto a mí, me reconocerías y... seguirías caminando.

Alejandro soltó una pequeña risa.

—Eso jamás habría ocurrido.

—¿Por qué?

—Porque llevo doce años preguntándome qué habría pasado si no te hubiera perdido.

Valentina sintió un nudo en la garganta.

—Pero me perdiste.

Alejandro negó lentamente.

—No.

La miró con una mezcla de dolor y ternura.

—Tú no me perdiste, Valentina. Nos hicieron perdernos.

Ella cerró los ojos.

Una lágrima cayó por su mejilla.

Alejandro la limpió con el pulgar.

—No llores.

—Estoy intentando no hacerlo.

—Pues estás fallando.

Ella soltó una pequeña carcajada entre lágrimas.

—Qué romántico.

—Estoy haciendo mi mejor esfuerzo.

—Pues necesitas practicar.

—Después de doce años, creo que merezco una oportunidad.

Valentina volvió a reír.

Y por primera vez en mucho tiempo, ambos pudieron hacerlo juntos.

Pero la felicidad duró apenas unos segundos.

Porque todavía existía una pregunta que ninguno de los dos había pronunciado.

¿Qué iban a hacer ahora?

Alejandro la miró seriamente.

—Valentina...

—¿Sí?

—No quiero que mañana despiertes y pienses que todo está solucionado.

Ella lo observó sorprendida.

—¿No?

—No.

—¿Por qué?

Alejandro tomó sus manos.

—Porque doce años no desaparecen en una noche.

Valentina asintió.

—Lo sé.

—Hay demasiadas cosas que necesitamos hablar.

—También lo sé.

—Y hay cosas que todavía me duelen.

Ella tragó saliva.

—A mí también.

—Pero quiero hablarlas contigo.

Valentina levantó la mirada.

—¿De verdad?

—De verdad.

Alejandro hizo una pausa.

—No quiero volver a perderte por callarnos las cosas.

Ella apretó sus manos.

—Yo tampoco.

Al día siguiente, Alejandro llegó a la empresa antes que todos.

Por primera vez en años, no estaba pensando en contratos, inversiones ni reuniones.

Estaba pensando en una mujer.

En la misma mujer que había amado desde que era un adolescente.

Y eso lo tenía completamente distraído.

Su asistente entró con una carpeta.

—Señor Montenegro.

—¿Sí?

—Estos documentos necesitan su firma.

Alejandro los tomó.

Los observó durante unos segundos.

—¿Qué estoy firmando?

La asistente lo miró confundida.

—Un contrato.

—¿De qué?

—No sé.

Alejandro levantó la cabeza.

—¿Cómo que no sabes?

—Usted es quien debe saberlo.

Él miró nuevamente los documentos.

—Tienes razón.

La asistente sonrió.

—¿Está bien, señor?

—Sí.

—¿Seguro?

—Perfectamente.

—Lleva cinco minutos mirando la misma página.

Alejandro parpadeó.

—Estoy reflexionando.

—Claro.

La mujer salió intentando contener la risa.

Alejandro suspiró.

En ese momento, la puerta volvió a abrirse.

Valentina apareció con una taza de café.

—Buenos días.

Alejandro levantó la mirada.

Y volvió a quedarse completamente quieto.

Ella llevaba un traje elegante, el cabello recogido y una expresión profesional.

—Buenos días —respondió él.

Valentina dejó el café sobre el escritorio.

—Su café.

Alejandro la observó.

—¿Por qué me hablas de usted?

—Porque soy tu secretaria.

—Ayer no eras solamente mi secretaria.

Valentina arqueó una ceja.

—¿Ah, no?

—No.

—Entonces, ¿qué soy?

Alejandro se levantó.

Caminó lentamente hacia ella.

—La mujer que me hizo perder doce años de mi vida.

Valentina bajó la mirada.

—Alejandro...

Él sonrió.

—Y también la mujer a la que quiero recuperar.

Valentina lo miró.

—Eso suena complicado.

—Muchísimo.

—¿Y qué piensas hacer?

—Empezar por invitarte a cenar.

Ella abrió los ojos.

—¿Una cita?

—Una conversación.

—Eso sonó menos romántico.

—Puedo arreglarlo.

Alejandro se acercó un poco más.

—Una cena conmigo.

Valentina sonrió.

—¿Y si digo que no?

—Voy a preguntarte mañana.

—¿Y si digo que no otra vez?

—Te preguntaré pasado mañana.

—¿Y si digo que no durante un mes?

—Te llevaré flores.

—¿Y si sigo diciendo que no?

Alejandro sonrió.

—Entonces tendré que aceptar que eres más terca que yo.

Valentina soltó una carcajada.

—Eso es imposible.

—¿Quieres comprobarlo?

—No.

—Entonces cenamos.

—¡Alejandro!

Él sonrió.

—Funcionó.

—Eres insoportable.

—Y tú sigues diciéndome eso.

—Porque sigues siéndolo.

—Pero ahora sabes que me quieres.

Valentina intentó mantenerse seria.

No pudo.

—Tal vez.

Alejandro abrió mucho los ojos.

—¿Tal vez?

—No abuses de tu suerte.

Esa tarde, Camila llegó a la oficina.

Encontró a Valentina revisando unos documentos.




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