La mañana llegó lentamente.
Durante unos segundos, Valentina no recordó dónde estaba.
Después recordó la cena.
El restaurante.
La conversación.
El beso.
Y, sobre todo, aquellas palabras que Alejandro le había dicho:
“No voy a volver a perderte.”
Valentina cerró los ojos y sonrió.
Por primera vez en muchos años, despertaba sin sentir que debía prepararse para perderlo otra vez.
Pero la felicidad duró exactamente hasta que su teléfono comenzó a sonar.
—¿Bueno?
—¡¿BUENO?! —gritó Camila al otro lado de la línea—. ¡¿Eso es todo lo que tienes que decir?!
Valentina se incorporó de golpe.
—¿Camila?
—¡Sí, Camila! ¡Tu mejor amiga! ¡La mujer que lleva doce años esperando que dejes de ser una cobarde!
Valentina se llevó una mano a la frente.
—Son las siete de la mañana.
—Precisamente. Tengo demasiado tiempo libre.
—¿Cómo sabes...?
—Daniel me contó.
Valentina abrió los ojos.
—¡Daniel!
—No lo culpes. Yo lo interrogé.
—¿Qué te dijo?
Camila guardó silencio unos segundos.
—Que Alejandro te llevó a cenar.
Valentina mordió suavemente su labio.
—Sí.
—Que hablaron.
—Sí.
—Que se reconciliaron.
—Bueno...
—Y que se besaron.
Valentina se quedó callada.
Camila gritó:
—¡LO SABÍA!
—¡Baja la voz!
—¡¿TE BESASTE CON ALEJANDRO?!
Valentina comenzó a reír.
—Sí.
Hubo un silencio.
Después Camila suspiró.
—Por fin.
Valentina se quedó mirando por la ventana.
—Tengo miedo.
—Eso ya lo sé.
—No sé qué va a pasar.
—Nadie lo sabe.
—¿Y si todo cambia?
—Valentina, todo ya cambió.
Ella guardó silencio.
Camila continuó:
—Pero escucha algo. No intentes recuperar los doce años.
—¿Por qué?
—Porque no puedes.
Valentina bajó la mirada.
—Lo sé.
—Lo que pueden hacer es construir los años que les quedan.
Valentina sonrió.
—Eso mismo me dijo él.
—Entonces ese hombre todavía conserva algo de inteligencia.
—Camila...
—¿Qué?
—Te quiero.
—Yo también. Pero necesito saber una cosa.
—¿Qué?
—¿Quién besó a quién?
Valentina soltó una carcajada.
—¡Camila!
—¡Es información importante!
—Fue...
—¿Fue él?
Valentina se quedó callada.
Camila comenzó a reír.
—¡Fue él!
—No exactamente.
—¡Fue él!
—Bueno... sí.
—¡Sabía que ese hombre seguía enamorado de ti!
Valentina sintió que el corazón se le aceleraba.
—Yo también sigo enamorada de él.
La sonrisa de Camila desapareció.
—Entonces no tengas miedo.
Valentina respiró profundamente.
—Voy a intentarlo.
—Eso quiero escuchar.
—Pero despacio.
—Despacio.
—Sin promesas apresuradas.
—Sin promesas apresuradas.
—Sin bodas.
—Bueno...
—Camila.
—¡Está bien! Sin bodas... por ahora.
Valentina volvió a reír.
—Eres imposible.
—Y tú eres mi amiga. Así que tengo derecho a emocionarme.
A varios kilómetros de allí, Alejandro estaba sentado frente a sus padres.
La conversación no era agradable.
Pero por primera vez en mucho tiempo, no tenía miedo de ellos.
Su padre lo observó con seriedad.
—¿La volverás a ver?
Alejandro levantó la mirada.
—Sí.
Su madre apretó los labios.
—Alejandro...
—No.
La mujer guardó silencio.
—Esta vez no voy a escuchar ninguna explicación.
Su padre se inclinó hacia delante.
—Solo queremos protegerte.
Alejandro soltó una risa amarga.
—¿Protegerme?
—Sí.
—Me quitaron doce años.
—Lo hicimos por tu bien.
—No.
Su voz fue firme.
—Lo hicieron porque querían decidir por mí.
Ninguno de los dos respondió.
Alejandro se levantó.
—Ya no soy aquel muchacho de dieciocho años que podía ser manipulado.
Su padre lo miró.
—Somos tus padres.
—Y yo soy su hijo. No su propiedad.
La frase quedó suspendida en el salón.
Alejandro tomó las llaves.
—No vuelvan a decidir por mí.
—¿A dónde vas?
Alejandro abrió la puerta.
—A buscar a la mujer que ustedes hicieron que perdiera durante doce años.
Y salió.
Valentina llegó a la oficina poco después de las ocho.
Intentó concentrarse.
Realmente lo intentó.
Pero apenas se sentó frente a su escritorio, recibió un mensaje.
Alejandro: ¿Ya llegaste?
Valentina sonrió.
Valentina: Sí.
La respuesta llegó inmediatamente.
Alejandro: Bien.
Ella frunció el ceño.
Valentina: ¿Eso era todo?
Tres puntos aparecieron en la pantalla.
Alejandro: No.
Valentina: ¿Entonces?
Alejandro: ¿Quieres desayunar conmigo?
Valentina miró hacia la puerta del despacho.
Alejandro estaba allí.
Observándola.
Ella levantó una ceja.
—¿No podías preguntármelo personalmente?
—Quería asegurarme de que aceptaras antes de arriesgar mi dignidad.
Valentina sonrió.
—¿Y si digo que no?
—Tendría que desayunar solo.
—Tragedia nacional.
—Exactamente.
Ella tomó su bolso.
—Vamos.
Alejandro sonrió.
—¿Eso significa que aceptas?
—Sí.
—Perfecto.
—Pero recuerda que soy tu secretaria.
—Lo sé.
—Y tú eres mi jefe.
—También lo sé.
—Entonces debemos mantener cierta distancia profesional.
Alejandro la miró.
—Ayer me besaste.
Valentina abrió la boca.
—¡Tú me besaste!
—Detalles.
Ella negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Pero aceptaste desayunar conmigo.