La mañana comenzó con una sensación diferente.
Valentina abrió los ojos y, durante unos segundos, permaneció mirando el techo.
No había pesadillas.
No había miedo.
No había recuerdos de amenazas.
No había preguntas sobre dónde estaría Alejandro o si volvería a desaparecer de su vida.
Por primera vez en doce años, podía pensar en él sin sentir que después vendría una despedida.
Sonrió.
—Te elegí otra vez...
Murmuró las palabras para sí misma.
Y entonces su teléfono vibró.
Alejandro: Buenos días.
Valentina sonrió inmediatamente.
Valentina: Buenos días.
La respuesta llegó segundos después.
Alejandro: Tengo una pregunta.
Valentina: ¿Cuál?
Alejandro: ¿Estás libre esta noche?
Valentina levantó una ceja.
Valentina: Depende.
Alejandro: ¿De qué?
Valentina: De qué estás planeando.
Pasaron unos segundos.
Alejandro: Una sorpresa.
Valentina sonrió.
Valentina: Eso suena peligroso.
Alejandro: Confía en mí.
Ella dejó el teléfono sobre la cama.
—Eso nunca termina bien.
Pero estaba sonriendo.
En la oficina, Alejandro llevaba más de veinte minutos mirando el mismo documento.
Su asistente entró.
—Señor Montenegro.
—¿Sí?
—Lleva veinte minutos mirando esa página.
Alejandro bajó la mirada.
—Estoy trabajando.
—No ha pasado de la primera línea.
Alejandro lo observó.
—¿Quieres conservar tu empleo?
—Muchísimo.
—Entonces sal.
—Sí, señor.
El hombre estaba a punto de salir cuando Alejandro lo llamó.
—Espera.
—¿Sí?
—¿Cómo se organiza una sorpresa romántica?
Su asistente se quedó inmóvil.
—¿Perdón?
—Una sorpresa.
—¿Para quién?
Alejandro lo miró seriamente.
—Para Valentina.
El asistente sonrió.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—Dilo.
—Nunca pensé ver este día.
—¿Qué día?
—El día en que el señor Montenegro pediría consejos románticos.
Alejandro levantó una ceja.
—Te estoy dando una oportunidad para salvar tu empleo.
—Entonces... flores.
—Demasiado obvio.
—Cena.
—Ya cenamos.
—Música.
Alejandro pensó unos segundos.
—Eso podría funcionar.
—¿Un lugar especial?
Alejandro sonrió.
—Ya sé dónde.
A media mañana, Valentina recibió una visita inesperada.
—¿Puedo pasar?
Ella levantó la mirada.
—Claro.
Era Camila.
—¿Qué haces aquí?
—Vine a verte.
—¿A mí?
—Sí.
Camila cerró la puerta.
—Y necesito respuestas.
Valentina soltó una carcajada.
—¿Sobre qué?
—Sobre Alejandro.
—¿Qué quieres saber?
—¿Ya te dijo que te ama?
Valentina se quedó callada.
Camila abrió los ojos.
—¡No me digas que todavía no!
—Camila...
—¡Doce años separados y ese hombre todavía necesita que alguien le explique cómo funcionan las palabras!
—Sí me ha dicho cosas.
—¿Qué cosas?
Valentina sonrió.
—Que quiere elegirme todos los días.
Camila dejó escapar un suspiro.
—Eso fue bonito.
—Sí.
—Muy bonito.
—Sí.
—Entonces...
Camila tomó las manos de Valentina.
—¿Eres feliz?
Valentina respondió sin dudar:
—Sí.
Camila sonrió.
—Entonces ya está.
—¿Ya está qué?
—Ya puedes dejar de vivir pensando en lo que pasó.
Valentina bajó la mirada.
—Estoy aprendiendo.
—No tienes que olvidar.
—Lo sé.
—Pero tampoco tienes que seguir castigándote.
Valentina levantó los ojos.
—Nunca quise hacerle daño.
—Lo sé.
—Y durante años pensé que quizá había cometido el peor error de mi vida.
Camila negó con la cabeza.
—No.
—¿No?
—El peor error habría sido que después de descubrir la verdad siguieras huyendo de él.
Valentina sonrió.
—Tienes razón.
Camila la abrazó.
—Ahora solo falta una cosa.
—¿Qué?
Camila sonrió de manera sospechosa.
—Que ese hombre te dé un anillo.
Valentina abrió los ojos.
—¡Camila!
—¿Qué?
—¡Acabamos de reconciliarnos!
—Precisamente. Hay que avanzar.
—No pienso casarme mañana.
—Bueno...
Camila se encogió de hombros.
—Pasado mañana.
Valentina comenzó a reír.
—Estás loca.
—Pero feliz por ti.
Al caer la tarde, Alejandro apareció frente al escritorio de Valentina.
—¿Lista?
Ella levantó la mirada.
—¿Para qué?
—Para nuestra cita.
—No me has dicho a dónde vamos.
—Es una sorpresa.
—Eso ya me lo dijiste.
—Entonces sabes demasiado.
Valentina se levantó.
—¿Puedo al menos saber qué ropa ponerme?
—Algo cómodo.
—Eso no ayuda.
—Te ves hermosa con cualquier cosa.
Ella se quedó quieta.
Alejandro sonrió.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Te avergoncé?
—Un poco.
—Bien.
—Eres terrible.
—Y tú sigues enamorada de mí.
Valentina tomó su bolso.
—Desafortunadamente.
—Perfecto.
El automóvil se detuvo frente al viejo taller de Don Ernesto.
Valentina miró por la ventana.
—¿Otra vez aquí?
—Sí.
—Pensé que ya habíamos hablado de este lugar.
—Todavía no terminamos.
Alejandro bajó primero y abrió la puerta para ella.
Cuando Valentina entró, encontró el lugar completamente transformado.
Había pequeñas luces colgadas alrededor del taller.
Una mesa para dos.
Flores.
Fotografías antiguas.
Y en el centro, una caja de madera.