Doce años habían pasado desde aquel día.
Doce años desde que Alejandro y Valentina habían vuelto a encontrarse.
Doce años desde que habían decidido dejar de vivir para el pasado y comenzar a construir una vida que les perteneciera únicamente a ellos.
Y, si alguien hubiera conocido su historia completa, probablemente habría pensado que era imposible que aquel amor hubiera sobrevivido.
Pero lo había hecho.
Y no solo había sobrevivido.
Había crecido.
—¡Papá!
La voz infantil resonó por toda la casa.
Alejandro levantó la mirada del periódico.
—¿Qué pasó?
Un niño de ocho años apareció corriendo por las escaleras.
—¡Mamá dijo que no puedo tocar el pastel!
Alejandro miró hacia la cocina.
—¿Y por qué no puedes?
—Porque todavía no es hora.
—Entonces no puedes tocarlo.
El niño hizo una mueca.
—Pero tú eres el jefe.
Alejandro levantó una ceja.
—¿Quién te dijo eso?
—Mamá.
Desde la cocina se escuchó una voz:
—¡Yo jamás dije eso!
Alejandro comenzó a reír.
—Tu madre siempre tiene la última palabra.
El niño suspiró.
—Entonces no quiero crecer.
—Buena decisión.
—¿Por qué?
—Porque los adultos tenemos demasiados problemas.
El niño lo miró seriamente.
—¿Como cuáles?
Alejandro pensó.
—Como tu madre.
Desde la cocina:
—¡ALEJANDRO!
Él se quedó quieto.
El niño comenzó a reír.
—Te van a regañar.
—Lo sé.
—¿Tienes miedo?
Alejandro sonrió.
—Muchísimo.
Valentina apareció en la cocina con las manos en la cintura.
—¿Otra vez enseñándole a nuestro hijo que puede desafiarme?
Alejandro se levantó.
—Jamás.
—Te escuché.
—Fue una interpretación equivocada.
—Claro.
Valentina se acercó.
—¿Y quién va a ayudarme con el pastel?
El niño levantó la mano.
—¡Yo!
—Perfecto.
El pequeño corrió hacia ella.
Alejandro observó la escena con una sonrisa.
Durante años había imaginado cómo sería tener una familia.
Pero nunca había imaginado que se sentiría así.
Tranquilo.
Completo.
Feliz.
Valentina levantó la mirada y lo encontró observándolos.
—¿Qué?
Alejandro sonrió.
—Nada.
—Estás mirándome raro.
—Estoy pensando.
—Eso siempre es peligroso.
Él se acercó.
—Estaba pensando que eres la mujer más hermosa del mundo.
Valentina sonrió.
—Después de doce años de matrimonio todavía dices esas cosas.
—Precisamente por eso.
Ella negó con la cabeza.
—Qué exagerado.
Alejandro le dio un beso en la frente.
—Te amo.
—Yo también.
Su hijo hizo una mueca.
—¡Otra vez se están besando!
Valentina se echó a reír.
—Algún día te acostumbrarás.
—Espero que no.
Alejandro lo levantó en brazos.
—Cuando seas grande entenderás.
—Yo nunca voy a besar a nadie.
Valentina miró a Alejandro.
—Eso dicen todos.
—¡Nunca!
Alejandro comenzó a reír.
—Ya veremos.
Esa noche, la casa estaba llena.
Camila y Daniel habían llegado con sus hijos.
La familia había crecido.
Los amigos se habían convertido en hermanos.
Y aquellos que alguna vez habían sido parte de los problemas habían tenido que aprender a vivir con las consecuencias de sus decisiones.
Los padres de Alejandro habían cambiado.
No de la noche a la mañana.
Pero con el tiempo habían comprendido que su mayor error no había sido querer proteger a su hijo.
Había sido creer que tenían derecho a decidir por él.
Alejandro nunca olvidó lo ocurrido.
Pero tampoco permitió que el pasado gobernara su presente.
Había aprendido a perdonar sin olvidar.
A poner límites sin odio.
Y, sobre todo, a vivir sin miedo.
Camila levantó su copa.
—Quiero brindar.
Daniel la miró.
—Otra vez.
—Sí.
—Siempre quieres brindar.
—Porque tengo motivos.
Todos levantaron sus copas.
Camila miró a Alejandro y Valentina.
—Por ustedes.
Valentina sonrió.
—Gracias.
—Por sobrevivir a doce años de drama.
Daniel intervino:
—Y por sobrevivir a las decisiones de sus padres.
Alejandro soltó una carcajada.
—Eso también.
Camila levantó la copa.
—Por las segundas oportunidades.
Daniel añadió:
—Y por las terceras.
Valentina negó con la cabeza.
—¿Terceras?
Daniel sonrió.
—Por si acaso.
Todos rieron.
Más tarde, cuando todos se habían ido, Alejandro y Valentina salieron al jardín.
La noche estaba tranquila.
Valentina se sentó en una banca.
Alejandro se acomodó a su lado.
Durante unos segundos permanecieron en silencio.
—¿En qué piensas? —preguntó él.
Valentina sonrió.
—En nosotros.
—¿Otra vez?
—Siempre.
Alejandro tomó su mano.
—¿Te arrepientes?
Ella lo miró sorprendida.
—¿De qué?
—De haberme elegido.
Valentina soltó una pequeña risa.
—Nunca.
—¿Ni siquiera después de mis celos?
—Eso fue difícil.
—Lo sabía.
—Ni después de tus discusiones.
—También soy consciente.
—Ni después de que casi destruyeras la cocina intentando cocinar.
Alejandro frunció el ceño.
—Eso fue una sola vez.
—Quemaste una sartén.
—Fue un accidente.
—Quemaste agua.
Alejandro se quedó callado.
—Eso fue complicado.
Valentina comenzó a reír.
—Te amo.
Él sonrió.
—Yo también.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—¿Sabes qué es lo que más me gusta?
—¿Qué?
—Que nunca intentamos recuperar los doce años.
Alejandro la miró.
—¿Por qué lo dices?
—Porque construimos algo diferente.
Él asintió.
—Algo nuestro.