Doce años para encontrarte otra vez

Capitulo extra. La familia que nadie puede controlar.

La paz en la familia Montenegro duró exactamente tres días.

Tres.

No cuatro.

No una semana.

Tres días.

Y todo comenzó con una frase aparentemente inocente.

—Amor...

Valentina levantó la mirada del libro que estaba leyendo.

—¿Sí?

Alejandro estaba sentado frente a ella con una expresión demasiado seria.

Eso nunca era buena señal.

—Tengo una pregunta.

Valentina cerró lentamente el libro.

—¿Qué hiciste?

—Nada.

—Alejandro.

—Te prometo que no hice nada.

—Entonces, ¿por qué tienes esa cara?

—¿Qué cara?

—La cara que pones cuando estás a punto de decirme algo que me va a complicar la vida.

Alejandro respiró profundamente.

—Nuestro hijo quiere un perro.

Valentina parpadeó.

—No.

—Pero...

—No.

—Todavía no te he explicado.

—No necesito explicación.

—Dice que todos sus amigos tienen mascota.

—No.

—Que se siente solo.

—Tiene siete primos.

—Dice que no es lo mismo.

—Tiene un hermano.

—También quiere un perro.

Valentina abrió los ojos.

—¿También?

Alejandro asintió.

—Los dos hicieron una presentación.

—¿Una presentación?

—Sí.

—¿Sobre un perro?

—Con diapositivas.

Valentina se quedó mirándolo.

—¿Quién les enseñó a hacer diapositivas?

Alejandro levantó lentamente la mano.

Valentina lo señaló.

—¡Tú!

—Solo les enseñé PowerPoint.

—¡Y ahora quieren un perro!

—La educación tiene consecuencias inesperadas.

Valentina se levantó.

—No vamos a tener un perro.

En ese momento apareció su hijo.

—¡Mamá!

—¿Qué?

—¿Papá te preguntó?

Valentina miró a Alejandro.

—Sí.

—¿Y?

—No.

El niño se llevó una mano al pecho.

—¡Pero mamá!

—No.

—¡Por favor!

—No.

—¡Solo uno!

—No.

—¡Pequeñito!

—No.

—¡Que no ladre!

Valentina lo miró.

—Todos los perros ladran.

El niño quedó pensativo.

—Entonces compraremos un gato.

Alejandro se tapó la boca para no reír.

Valentina lo señaló.

—Ni se te ocurra.

Una hora después, Valentina encontró a Alejandro en la computadora.

—¿Qué haces?

—Nada.

Ella se acercó.

En la pantalla había una página de adopción de mascotas.

—¡Alejandro!

Él cerró la computadora.

—Estaba investigando.

—¡Estabas buscando perros!

—Solo estaba viendo.

—¡Tú eres el padre!

—Precisamente.

—¡Deberías apoyarme!

—Te apoyo.

—¿Entonces?

—Estoy buscando argumentos para convencerte.

Valentina cruzó los brazos.

—No funcionará.

Alejandro sonrió.

—Veremos.

Al día siguiente llegó el caos.

Camila apareció en la casa con una caja.

Valentina la miró sospechosamente.

—¿Qué traes ahí?

—Nada.

—Camila.

—Es un regalo.

—¿Para quién?

La caja comenzó a moverse.

Valentina abrió los ojos.

—No.

Camila sonrió.

—Sí.

—¡No!

Alejandro apareció detrás de ellas.

—¿Qué pasa?

Camila abrió la caja.

Un pequeño cachorro sacó la cabeza.

—¡Sorpresa!

Valentina se quedó inmóvil.

—No.

El cachorro la miró.

Movió la cola.

Valentina lo miró.

El cachorro inclinó la cabeza.

Ella suspiró.

—No me hagas esa cara.

El cachorro se acercó.

—No.

Le lamió la mano.

—No.

Volvió a lamerla.

—¡No!

Camila comenzó a reír.

—Te conquistó.

—No.

El niño apareció corriendo.

—¡MAMÁ!

—No.

—¡Es nuestro!

—No.

—¡Por favor!

—No.

Alejandro tomó al cachorro.

—Creo que deberíamos quedárnoslo.

Valentina lo miró.

—¡Tú cállate!

El cachorro comenzó a lamerle la cara.

Alejandro empezó a reír.

—Creo que ya decidió.

—No me importa.

El cachorro volvió a lamerla.

Valentina lo tomó en brazos.

—Solo por esta noche.

Todos gritaron:

—¡SÍ!

Valentina cerró los ojos.

—Me arrepiento.

Esa noche, el cachorro recibió oficialmente un nombre.

—Se llamará Bruno —dijo el niño.

—No —dijo el otro.

—¿Entonces?

—Pastel.

Todos lo miraron.

—¿Pastel? —preguntó Alejandro.

—Sí.

Valentina comenzó a reír.

—Es un perro, no un postre.

El niño insistió:

—Pastel.

Alejandro miró a Valentina.

—A mí me gusta.

—Claro que sí.

—Es bonito.

—No vamos a llamar Pastel al perro.

El cachorro ladró.

—¿Ves? —dijo el niño—. Le gusta.

Valentina suspiró.

—Está bien.

Alejandro sonrió.

—Entonces tenemos perro.

Valentina lo miró.

—Tenemos una criatura que probablemente destruirá la casa.

Pastel ladró.

Tenía razón.

A las siete de la mañana, Pastel había robado una zapatilla.

A las siete y diez, había mordido una almohada.

A las siete y veinte, había perseguido al gato del vecino.

A las siete y media, había entrado al despacho de Alejandro y destruido un documento de veinte páginas.

Alejandro sostuvo los restos.

—Pastel...

El perro movió la cola.

—Ese era un contrato importante.

Pastel volvió a mover la cola.

—No me mires así.

Pastel se sentó.

Alejandro suspiró.

—Está bien.

Valentina apareció en la puerta.

—¿Qué pasó?

Alejandro levantó los papeles.

—Tu hijo destruyó mi contrato.

—¿Mi hijo?

—Nuestro hijo.

—No. Él es tu hijo cuando hace travesuras.

—Eso no es justo.

Pastel ladró.

Valentina lo miró.

—¿Qué hiciste?

Pastel se escondió detrás de Alejandro.

Valentina soltó una carcajada.

—¡Míralo! ¡Ya sabe que tú lo proteges!

Alejandro miró al perro.




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