La costumbre de volver
Lo nuestro nunca supo despedirse.
Éramos dos puntos
que la vida separaba una y otra vez,
dos caminos empeñados en cruzarse
incluso cuando ya habían aprendido
a caminar en direcciones distintas.
Nos íbamos.
A veces con rabia,
a veces con el orgullo por delante,
a veces creyendo, por unas horas
o por unos meses,
que esta vez sí sabríamos vivir
el uno sin el otro.
Y entonces llegaba el tiempo.
Ese tiempo que debía curarnos,
enseñarnos a olvidar,
acostumbrarnos a otros nombres,
a otras manos,
a otras maneras de sentirnos queridos.
Pero había algo que no obedecía.
Podíamos llenar nuestros días de otras personas,
intentar escribir historias diferentes,
convencernos de que el pasado
ya no tenía derecho a reclamarnos.
Y, aun así,
de algún modo,
volvíamos a encontrarnos.
Como si entre tú y yo
hubiera quedado una conversación pendiente
que ninguna distancia
podía terminar de silenciar.
Lo extraño era que no regresábamos
a recoger las sobras del amor.
Regresábamos con las manos llenas.
Con las ganas intactas,
con los abrazos esperando su turno,
con ese sentimiento absurdo y hermoso
de reconocer un hogar
en alguien que también había sido
la razón de nuestras huidas.
Nos perdonábamos.
Y al hacerlo,
parecía que el mundo volvía a empezar.
No importaba cuántas veces
hubiéramos jurado no repetir la historia,
ni cuántas despedidas
hubieran quedado flotando entre nosotros.
Bastaba volver a mirarnos
para recordar que todavía había algo.
Algo que no sabíamos explicar,
pero que tampoco sabíamos abandonar.
Contigo aprendí
que el amor puede sobrevivir a una despedida.
Lo que no sabía
era que también puede acostumbrarse a ella.
Porque nosotros llegamos a un punto
en el que marcharse
dejó de significar el final,
y regresar
se convirtió en una promesa
que nunca necesitábamos pronunciar.
Quizá por eso nos permitimos tanto:
porque creíamos que siempre existiría
una próxima vez.
Una oportunidad más para hacerlo bien.
Un perdón más para borrar el daño.
Un encuentro más para convencernos
de que aquello que nos unía
era más fuerte que todo lo que nos separaba.
Y durante mucho tiempo,
tuvimos razones para creerlo.
Cuando volvíamos,
nos queríamos con una intensidad
que hacía parecer insignificantes
todos los días que habíamos pasado lejos.
Yo volvía a encontrarte
y no veía a la persona que se había ido.
Veía a la mujer que amaba.
A ti.
Y quizá tú también me encontrabas
de esa misma manera:
no como alguien a quien debías vencer,
ni como un error al que debías regresar,
sino como aquel hombre
al que todavía querías darle un lugar.
Nos perdonábamos con sinceridad.
Eso es lo que más recuerdo.
Que, cuando decidíamos volver,
no parecía que estuviéramos fingiendo.
Nos amábamos de verdad.
Y quizá por eso nunca entendimos
que el amor sincero
no siempre sabe construir algo duradero.
Porque nosotros sabíamos volver,
pero no siempre sabíamos quedarnos.
Sabíamos perdonarnos,
pero quizá nunca aprendimos
a evitar aquello que nos obligaba a hacerlo.
Sabíamos encontrarnos
después de habernos perdido,
pero no cómo dejar de perdernos.
Y así pasaron los meses,
entre finales que no eran finales
y comienzos que llevaban
las cicatrices de todo lo anterior.
Hasta que un día,
sin que ninguno pudiera saberlo,
llegaría una despedida diferente.
Una en la que no habría regreso,
ni una nueva oportunidad esperando,
ni dos corazones volviendo a elegirse
después de haber jurado que no lo harían.
Pero entonces todavía no lo sabíamos.
Entonces aún existía la esperanza
de que cualquier distancia fuera temporal,
de que cualquier herida pudiera perdonarse,
de que, pasara lo que pasara,
siempre encontraríamos el camino
de vuelta el uno al otro.
Y qué manera tan hermosa
de equivocarse.
Porque durante dos años
creímos que nuestra historia
era invencible
precisamente porque siempre regresábamos.
Sin comprender
que regresar no es lo mismo que permanecer,
que perdonar no siempre significa sanar,
y que hasta el amor más sincero
puede terminar agotándose
de tener que comenzar de nuevo.
Aun así,
si pudiera volver a aquellos días,
no diría que todo fue mentira.
No llamaría falsos
los abrazos que nos dimos,
ni fingiría que no te amé
cada vez que regresaste a mí.
Lo nuestro fue real.
Incluso cuando terminó.
Incluso cuando nos alejamos.
Incluso cuando volvimos
sin saber si estábamos haciendo lo correcto.
Fue real porque te quise
y porque, cada vez que te elegí,
lo hice creyendo en nosotros.
Solo que nunca imaginé
que llegaría el día
en que ya no encontraríamos el camino de regreso.
Que tú seguirías en el mismo pueblo,
que yo seguiría caminando por sus calles,
y que toda aquella costumbre de volver
terminaría convertida
en la costumbre de no encontrarnos.
Porque nosotros,
que tantas veces deshicimos una despedida,
acabamos viviendo dentro de una
que ninguno se atrevió a deshacer.
Y esta vez,
por primera vez en nuestra historia,
el amor no nos trajo de vuelta.
Editado: 23.10.2026