Donde aun quedan recuerdos

Nuestros hijos en jupiter

Nuestros hijos en Júpiter

A veces pienso
que lo nuestro tenía una manera extraña
de desafiar las despedidas.

Podíamos pasar semanas
intentando convertirnos en desconocidos,
aprendiendo otros nombres,
construyendo historias
en las que tú no eras mi futuro
y yo no era el tuyo.

Podíamos convencernos
de que la vida había encontrado
una manera de seguir sin nosotros.

Hasta que te veía.

En algún pasillo del colegio,
entre voces que no recuerdo
y rostros que no importaban,
aparecías tú.

Y entonces ocurría lo imposible:
el mundo seguía moviéndose,
pero algo dentro de mí
dejaba de saber cómo avanzar.

A veces ni siquiera hablábamos.

Bastaba una mirada.

Tus ojos encontrándose con los míos,
ese segundo diminuto
en el que ninguno decía nada
y, sin embargo,
parecía que acabábamos de decirnos todo.

No sé qué veías tú en mí
cuando volvíamos a mirarnos.

Yo veía los meses que intenté olvidarte,
las palabras que me guardé,
las veces que fingí estar bien,
las noches en que quise escribirte
y terminé dejando el teléfono a un lado.

Veía todo lo que habíamos perdido
y, de alguna manera,
también todo lo que todavía quería contigo.

Después volvíamos a hablar.

Y era extraño,
porque nunca parecíamos empezar de cero.

Bastaban unas palabras
para regresar al lugar exacto
donde nos habíamos dejado el corazón.

Volvían los mensajes largos,
las frases bonitas,
las promesas que pronunciábamos
con la voz temblando.

Volvía esa manera tuya
de hacerme sentir
que todavía existía un nosotros
por el que valía la pena intentarlo.

Y yo te creía.

No porque hubiera olvidado lo ocurrido,
sino porque, cuando te tenía delante,
el amor parecía más verdadero
que todas las razones
por las que habíamos terminado.

A veces llorábamos juntos.

Qué cosa tan extraña
llorar con la misma persona
de la que habías llorado estando lejos.

Nos mirábamos entre lágrimas
y volvíamos a prometernos
que esta vez sería diferente.

Que íbamos a mejorar.
Que aprenderíamos de nuestros errores.
Que dejaríamos de hacernos daño
y empezaríamos a cuidarnos
como siempre habíamos dicho
que merecía ser cuidado nuestro amor.

Nos prometíamos un futuro.

Y no hablábamos solamente
de estar juntos el próximo mes
o de volver a tomarnos de la mano
en los pasillos del colegio.

Hablábamos de una vida entera.

De una casa que todavía no existía,
de mañanas compartidas,
de despertarnos algún día
sin tener que despedirnos después.

Hablábamos de nuestros hijos.

De esos pequeños desconocidos
que todavía no tenían rostro,
pero que ya ocupaban un lugar
en nuestras conversaciones.

A veces pienso en ellos.

En los nombres que quizá imaginamos,
en las risas que inventamos
sin haberlas escuchado nunca,
en las pequeñas versiones de nosotros
que alguna vez creímos
que correrían por nuestra casa.

¿Habrían tenido tus ojos?

¿Habrían heredado mi manera de callarme
cuando algo me dolía,
o tu forma de hacer que una habitación
pareciera distinta con solo entrar?

¿Habrían escuchado nuestra historia
como se cuentan las cosas hermosas,
o habríamos terminado convirtiéndonos
en una de esas historias
que los padres prefieren no explicar?

No lo sé.

Quizá nunca nazcan.

Quizá algún día tengan otra historia,
otros nombres,
otros padres,
otro universo en el que existir.

O quizá, como decíamos entre sueños,
terminen viviendo en Júpiter.

Y me hace sonreír imaginarlo,
porque no sé qué clase de amor
puede llevar a dos personas
a planear una familia
y mandar a sus hijos tan lejos de la Tierra.

Supongo que el nuestro.

El nuestro, que nunca supo
hacer las cosas a medias.

Cuando te amaba,
te imaginaba en todas partes.

En mi casa,
en mis domingos,
en mis años futuros,
en la mujer que serías
cuando el tiempo cambiara tu rostro.

Y cuando hablábamos de nuestros hijos,
yo no imaginaba solamente niños.

Te imaginaba a ti.

A ti sosteniendo una vida entre los brazos,
a ti riéndote de algo que yo no entendía,
a ti llamándome desde otra habitación
como si llevar años a mi lado
fuera la cosa más natural del mundo.

No soñaba con una familia perfecta.

Soñaba con que algún día
dejáramos de ser dos personas
que tenían que aprender a perderse
para descubrir cuánto se amaban.

Soñaba con que un día
ya no hiciera falta una despedida
para que comprendiéramos
lo que significábamos el uno para el otro.

Pero siempre había un regreso,
y después otra caída.

Otra promesa.
Otro intento.
Otra vez tus ojos encontrándose con los míos
en un lugar donde ninguno
había ido a buscar al otro.

Y nosotros volvíamos a creer.

Quizá esa fue nuestra mayor esperanza:
pensar que, si el amor seguía allí,
algún día aprenderíamos
a hacer que todo lo demás funcionara.

Nunca comprendimos
que querer compartir una vida
no significa saber construirla.

Que dos personas pueden llorar sinceramente,
prometerse cambios con el alma desnuda
y aun así volver a lastimarse.

Que un futuro imaginado entre lágrimas
no tiene la culpa
de que quienes lo soñaron
no sepan cómo llegar hasta él.

Ahora me pregunto
qué habrá sido de aquella vida.

De nuestra casa sin dirección,
de los domingos que nunca vivimos,
de los pequeños que todavía no existen
y de ese Júpiter absurdo
al que mandábamos nuestros sueños
como si el universo fuera demasiado pequeño
para contenerlos aquí.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.