Las primeras flores que regalé
Viernes, 7 de marzo de 2025.
5:00 de la tarde.
Llegué a tu casa
con los nervios a tope
y un pequeño universo entre las manos.
No sé si recuerdas aquella tarde
con la misma precisión que yo,
si el tiempo también guardó para ti
la imagen de un muchacho
que apenas sabía cómo sostener las flores
sin delatar el temblor de sus manos.
Eran las primeras que regalaba en mi vida.
Y no eran simplemente flores.
Eran todas las palabras
que todavía no me atrevía a decirte,
la ilusión de hacerte sonreír,
el miedo de no saber si sería suficiente,
las ganas de que entendieras
que aquello que sentía por ti
ya no cabía en una conversación cualquiera.
Llevaba también una bolsa de regalo.
Dentro había una camisa
impregnada de mi perfume,
como si quisiera dejarte algo mío
incluso antes de saber
si me permitirías quedarme a tu lado.
Y unas gomas que había comprado para ti,
pequeñas cosas que quizá
no parecían gran cosa para el mundo,
pero que aquella tarde
formaban parte de mi manera
de decirte que había pensado en ti.
En ti.
En lo que te gustaría.
En cómo recibirías mis regalos.
En la expresión de tu rostro
cuando descubrieras lo que llevaba.
Había pensado en tantas cosas
antes de llegar a tu casa,
pero ninguna preparación
me enseñó qué hacer
cuando estuve allí de verdad.
Me acuerdo de los nervios.
De ese instante en que todo lo ensayado
parece desaparecer de la memoria,
cuando el corazón empieza a hablar tan fuerte
que hasta las palabras más sencillas
se vuelven difíciles de pronunciar.
Te pedí que salieras.
Y mientras esperaba,
seguramente imaginé muchas veces
cómo sería aquel momento.
Quizá repasé la pregunta.
Quizá intenté tranquilizarme.
Quizá miré las flores
y me pregunté si entenderías
todo lo que significaban para mí.
Porque yo no había llevado flores antes.
Nunca había llegado a una casa
con la intención de ofrecerle a alguien
una parte tan vulnerable de mí.
Y entonces apareciste tú.
La mujer a la que quería hacerle una pregunta
que llevaba mucho más que cuatro palabras.
¿Quieres ser mi novia?
Qué sencilla parece ahora,
escrita aquí,
lejos de aquella tarde.
Pero tú no sabes
cuánto tuvo que atravesar mi voz
para llegar hasta tus oídos.
Te lo pregunté
y la voz se me quebró.
No porque dudara de lo que sentía,
sino porque hay momentos
en los que el corazón sabe exactamente
lo que quiere
y el cuerpo no sabe cómo soportarlo.
Allí estaba yo,
con mis primeras flores,
una bolsa de regalos,
mi perfume guardado en una camisa
y todas esas ilusiones
que todavía no conocían el significado
de una despedida.
No sé si en aquel instante
pudiste comprender lo que ocurría dentro de mí.
Yo no estaba pidiéndote
que me prometieras una vida entera.
Aunque, si soy sincero,
una parte de mí ya había empezado a imaginarla.
Te estaba pidiendo un lugar.
Un lugar en tus días,
en tus planes,
en esa pequeña parte de tu mundo
a la que solo puede entrar alguien
cuando deja de ser una posibilidad
y se convierte en una elección.
Quería ser tu novio.
Quería poder llamarte mi novia
sin tener que esconder
la felicidad que me producía pensarlo.
Quería que aquellas flores
fueran las primeras de muchas,
que la camisa no fuera
el último regalo que te hiciera,
que algún día pudiera mirarte
y recordar aquella tarde
como el principio de una historia
que nos había salido bien.
No sabía cuánto íbamos a llorar.
No sabía cuántas veces
tendríamos que aprender a despedirnos
ni cuántas veces volveríamos
a buscarnos con el corazón en las manos.
No sabía que llegaría un día
en que viviríamos en el mismo pueblo
sin volver a encontrarnos.
No sabía que escribiría sobre ti
intentando reconstruir
los pedazos de una historia
que en aquel momento
apenas estaba comenzando.
Solo sabía que estaba frente a ti
y que quería intentarlo.
Que, entre todas las personas
que el mundo podía poner en mi camino,
eras tú quien me hacía sentir
que valía la pena vencer los nervios,
comprar flores por primera vez
y arriesgarme a escuchar una respuesta
que no podía controlar.
Viernes.
Cinco de la tarde.
Tu casa.
Qué poco necesitaba el mundo
para convertirse en un recuerdo eterno.
A veces pienso en aquel muchacho.
En lo fácil que le habría resultado
si alguien le hubiera contado el futuro.
Si hubiera sabido de las lágrimas,
de las dudas,
de las palabras que terminarían doliendo
mucho más de lo que imaginaba.
Si hubiera sabido que un día
tendría que aprender a vivir
sin buscarte.
Quizá habría tenido miedo.
Quizá habría tardado más en hablar.
O quizá habría hecho exactamente lo mismo,
porque el amor, cuando todavía está naciendo,
no sabe protegerse de lo que vendrá.
Solo sabe acercarse.
Y yo me acerqué a ti
con las manos ocupadas de regalos
y el corazón incapaz de disimularse.
Te ofrecí flores
sin saber que algún día
habría tantas cosas de ti
que no podría recuperar.
Te ofrecí una camisa con mi perfume
sin imaginar que el tiempo
terminaría borrando hasta los rastros
de aquella cercanía.
Te pregunté si querías ser mi novia
sin comprender que aquella pregunta
iba a convertirse en una de las fechas
a las que regresaría mi memoria
cuando ya no pudiera regresar a ti.
Editado: 23.10.2026