La calle donde comenzó todo
Diciembre de 2024, enero de 2025
Todo comenzó en diciembre,
en un día que parecía cualquiera.
Acompañaba a mi madre a la farmacia,
sin sospechar que el destino,
a veces, se esconde en las cosas pequeñas.
Allí conocí a Angelly,
sin saber que era amiga tuya,
sin imaginar que su nombre
terminaría formando parte
de la historia más hermosa
y más dolorosa que viviría contigo.
Aquella misma noche, entre mensajes,
me habló de ti.
Me dijo que yo te interesaba,
que había alguien que quizá
ya guardaba curiosidad por mí.
Pero ¿cómo iba a darle importancia
a un nombre del que no sabía nada?
Todavía no conocía tus ojos,
ni tu sonrisa,
ni esa manera tuya de existir
que después haría tan difícil olvidarte.
Llegó enero.
Volví al colegio con otra historia entre las manos,
con una novia a quien debía respetar,
y con la inocencia de quien todavía ignora
que hay encuentros capaces de cambiarlo todo.
Fue allí donde nuestras miradas se encontraron.
No sé si tú recuerdas la primera,
pero yo recuerdo lo que provocaban las siguientes:
cada vez que te veía,
algo en mí se quedaba mirando un poco más.
Había tanta belleza en ti
que, por un instante,
las demás parecían desvanecerse alrededor.
Y yo, que todavía no sabía nada de tu mundo,
comenzaba a descubrir que tus ojos
podían despertar preguntas
que ni siquiera me atrevía a formular.
Uno de mis amigos me decía
que querías un beso mío.
Quizá tú esperabas,
quizá yo también,
pero entonces tenía a alguien a mi lado
y no quería traicionar lo que debía respetar.
Hasta que llegó aquel día.
26 de enero de 2025.
Angelly volvió a aparecer en esta historia,
como si la vida llevara semanas
preparando una escena que yo aún no comprendía.
Me dijo que dejara de pensarlo tanto,
que no le diera más vueltas.
Y, finalmente, acepté.
Al salir del colegio,
subimos por aquella calle
donde nadie pudiera vernos,
lejos de los ojos curiosos,
lejos del ruido de los demás.
Éramos tú y yo,
frente a frente,
con todo lo que todavía no sabíamos
esperándonos al otro lado de aquel instante.
Entonces nos besamos.
Y quizá para el mundo
solo fue un beso entre dos jóvenes,
uno de esos momentos
que las calles olvidan
y que el tiempo se lleva sin preguntar.
Pero para mí no.
Porque aquella calle dejó de ser una calle cualquiera.
Se quedó guardando nuestro primer beso,
como si sus paredes hubieran jurado
no dejarlo desaparecer jamás.
Allí comenzó algo
que ninguno de los dos podía medir:
una historia de regresos y despedidas,
de promesas pronunciadas entre lágrimas,
de futuros que alguna vez imaginamos juntos
y de ausencias que después
tendríamos que aprender a soportar.
Si alguien me preguntara
en qué momento empezó nuestra historia,
no diría que fue cuando te amé,
ni cuando te pedí que fueras mi novia,
ni cuando empecé a imaginar una vida contigo.
Diría que fue aquel 26 de enero,
en una calle que quizá para ti
sea solamente un lugar más.
Porque yo todavía no te amaba
como llegaría a amarte después,
pero sin saberlo,
acababa de besar a la muchacha
que un día sería tantos de mis recuerdos.
Y qué extraño es el destino:
aquel día subí una calle para besarte,
sin imaginar que, algún tiempo después,
tendría que aprender a vivir
sin buscarte al final de ninguna.
Editado: 23.10.2026