Donde aun quedan recuerdos

Si algún día vuelves a leerme

Si algún día vuelves a leerme

Para Valentina, desde todo lo que fuimos y todo lo que ya no somos.

Valentina:

Hoy estoy aprendiendo a no amarte.

No porque haya dejado de importarme tu nombre,
ni porque las noches hayan conseguido borrarte,
sino porque empiezo a entender
que hay amores que, por más sinceros que sean,
también necesitan terminar.

Y aun así,
en noches como esta,
cuando el silencio se sienta conmigo
y no tengo nada que me distraiga,
tu nombre vuelve a mi cabeza
como si todavía supiera el camino a casa.

Hace poco supe que quemaste las cartas
que alguna vez te escribí con amor.
No sé qué sentiste al verlas arder,
si recordaste alguna de mis palabras
o si para ti aquellas hojas
ya no significaban absolutamente nada.

Yo las escribía pensando en ti,
sin imaginar que un día
mis palabras terminarían convertidas en cenizas,
y que tendría que escribirte de nuevo
sin saber siquiera si alguna vez me leerías.

Por eso existe este libro.

No para obligarte a recordar,
ni para hacerte sentir culpable
por lo que pasó entre nosotros.
Lo escribo porque hubo algo verdadero en nuestra historia,
porque alguna vez fuimos felices,
porque nos quisimos con una fuerza
que entonces parecía suficiente para todo.

Y porque no quiero que, con los años,
lo único que quede de nosotros
sea el recuerdo de cómo nos hicimos daño.

A veces te veo en las redes,
llevando aquel saco que te regalé.
Y no sabes lo extraño que se siente
descubrir que todavía lo usas.

Por un instante me pregunto
si alguna vez, al ponértelo,
recuerdas de dónde vino,
quién te lo entregó
y con cuánto amor lo escogió para ti.

Me gusta pensar que todavía queda algo mío allí,
aunque sé que una prenda no significa una promesa,
que conservar un regalo no es lo mismo que conservar un amor,
y que quizá tú lo uses simplemente
porque todavía te gusta.

Pero déjame confesarte algo:
cuando te veo con él,
por unos segundos siento
que el tiempo no se llevó absolutamente todo,
que alguna pequeña parte de mí
todavía acompaña tus días.

Yo también conservo tus regalos.
Los tengo guardados, lejos de mis ojos,
porque mirarlos todavía me duele,
pero tampoco he sido capaz de deshacerme de ellos.

Supongo que hay cosas
que uno no está preparado para mirar,
pero tampoco para perder por segunda vez.

Y así te tengo ahora:
fuera de mi vida,
pero todavía entre las cosas
de las que no he aprendido a desprenderme.

Te amé como no he amado a nadie,
con esa manera inocente de creer
que el amor podía con nuestras diferencias,
que las promesas algún día se cumplirían
y que los sueños que inventábamos juntos
terminarían convirtiéndose en nuestra realidad.

Pero tus promesas se quedaron en el aire,
esperando un día que nunca llegó.
Y aquella mujer a la que amé tanto
se ha vuelto alguien a quien ya no conozco.

No sé quién eres ahora,
qué piensas cuando escuchas mi nombre,
ni si alguna vez te detienes a recordar
todo lo que alguna vez fuimos.

Quizá tú también hayas cambiado.
Quizá yo también sea otro
para la muchacha que conociste.

No te guardo rencor, Valentina.
No quiero recordarte solamente por las heridas,
porque antes de convertirnos en dos personas
que ya no saben cómo acercarse,
fuimos dos jóvenes que soñaban con una vida juntos.

Fuimos miradas en el colegio,
besos escondidos en una calle,
regresos que parecían inevitables,
lágrimas, perdones y promesas.

Fuimos aquella casa que imaginábamos,
los hijos que esperábamos con tantas ganas,
las conversaciones sobre un futuro
que todavía no tenía forma,
pero que contigo parecía posible.

Hasta llegamos a imaginar
que nuestros hijos podrían vivir en Júpiter,
como si el universo entero
fuera demasiado pequeño para nuestros sueños.

Y a veces me pregunto
qué habría sido de aquellos niños imaginarios,
de aquella casa que nunca construimos,
de la vida que alguna vez llamamos nuestra.

No tendrán una historia que contar,
ni conocerán las voces de sus padres
prometiéndose que esta vez sería diferente.

Pero existieron de alguna manera,
Valentina.
Existieron en nuestra imaginación,
en nuestras conversaciones,
en esa pequeña vida futura
que construimos sin poner un solo ladrillo.

Y aunque nunca lleguen a existir,
nadie podrá borrar que alguna vez los soñamos.

Quiero que sepas algo más:
no quiero volver contigo ahora.

No porque no te extrañe,
ni porque haya dejado de sentir,
sino porque conozco el final
de algunas de nuestras vueltas.

Nos encontrábamos,
nos prometíamos cambiar,
volvíamos a querernos
y, tarde o temprano,
terminábamos lastimándonos otra vez.

No quiero regresar a esa historia
solo porque todavía me duela su final.

Estoy intentando aceptar que debo seguir,
que no puedo amar eternamente
a la persona que recuerdo
si ya no conozco a la persona que eres.

Y, aun así, hay una parte de mí
que guarda un deseo que no sé explicar.

Ojalá la vida nos permita crecer.
Ojalá algún día seamos adultos,
con nuestras vidas construidas,
con heridas que ya no sangren
y con la madurez que entonces nos faltaba.

Y ojalá, si alguna vez volvemos a encontrarnos,
no seamos aquellos dos jóvenes
que se amaban sin saber cómo cuidarse.

Quizá entonces podamos mirarnos
sin reproches, sin miedo, sin promesas vacías.
Quizá podamos descubrir
si todavía queda algo de nosotros
debajo de todo lo que el tiempo cambió.




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