Keydrien
—¿Papi?
La voz de Ney me llama en medio de la oscuridad de nuestra casa.
Me quedo inmóvil.
—Papi…
Vuelvo a escuchar su vocecita, esta vez desde su habitación, en el segundo nivel. Siento que el corazón empieza a golpearme el pecho con una fuerza descomunal. Las manos me sudan y, cuando intento avanzar hacia las escaleras, mis piernas parecen negarse a obedecerme.
—Papi, ven. Juguemos a los bloques.
Trago grueso.
Sé que debería caminar, subir las escaleras y llegar hasta él. Es mi hijo. Mi pequeño Ney. El niño que espero con ansias cada vez que regreso a casa, el que me recibe con sus bracitos abiertos y una sonrisa capaz de hacerme olvidar hasta el peor de mis días.
Sin embargo, en ese momento, mi cuerpo no parece recordar nada de eso.
Me aferro a la pared y comienzo a subir. Un escalón. Después otro. Me cuesta respirar, como si el aire se hubiera vuelto demasiado pesado para entrar en mis pulmones.
—Papi, ven. Hagamos un barco.
Su voz me guía hasta la puerta de su habitación, que está abierta.
Lo veo sentado en el suelo, de espaldas a mí. Tiene casi tres años y unos rizos dorados que me recuerdan tanto a su madre que, por un instante, siento una punzada de nostalgia. Me gustaría acercarme, revolverle el cabello y escuchar sus ocurrencias, esas que casi nunca entiendo por completo, pero que siempre termino celebrando.
—Ven, papi.
Rodeo los bloques que tiene esparcidos por el suelo y me siento frente a él. Me pasa una pieza y yo la recibo con una sonrisa nerviosa.
No lo miro a la cara.
No puedo.
—Papi, mírame.
Niego con la cabeza.
—Papi, soy yo. Ney. Mírame.
Cierro los ojos un instante, intentando convencerme de que no hay nada que temer. Es mi hijo. Mi pequeño. ¿Qué podría pasarme al mirarlo?
Levanto la cabeza lentamente.
Y entonces lo veo.
O, mejor dicho, veo su cuerpo.
Su rostro no está.
No tiene ojos, ni nariz, ni boca. Solo un espacio vacío donde debería estar la carita que conozco tan bien, la misma que llena mis fotografías, mis recuerdos y cada uno de los pensamientos que me acompañan cuando estoy lejos de casa.
Retrocedo apoyándome sobre los brazos. Siento que el estómago se me revuelve y que algo dentro de mí se rompe.
—¡MIERDA!
Me incorporo de golpe.
La alarma suena junto a mi oído y tardo unos segundos en comprender que estoy en la cama, en la habitación del hotel. Tengo la camiseta pegada al cuerpo por el sudor y la respiración tan agitada que necesito llevarme una mano al pecho para intentar tranquilizarme.
Otra vez.
Las malditas pesadillas, otra vez.
Me paso las manos por la cara y miro alrededor. La habitación está en penumbra; apenas entra la luz de la mañana por las cortinas. No hay escaleras, ni bloques, ni un niño sentado en el suelo. Tampoco hay un cuerpo sin rostro.
Solo estoy yo.
Yo y esta maldita distancia.
Busco el celular sobre la mesita de noche. Son las siete y treinta de la mañana. Me quedo observando la pantalla durante unos segundos, intentando regularizar la respiración. Podría levantarme, darme una ducha y comenzar el día como si nada hubiera pasado, pero hay una sola cosa que necesito hacer antes.
Llamar a mi esposa.
—Buenos días, amor.
—Amor, ¿te desperté?
Su voz llega hasta mí suave y adormilada. Cierro los ojos y apoyo la cabeza en la almohada. No es lo mismo que tenerla a mi lado, pero escucharla consigue que el nudo que tengo en el pecho empiece a aflojarse.
—Estaba soñando con tenerte a mi lado.
La escucho sonreír.
Y ahí está. Ese sonido.
La risa de Carmen es una de mis debilidades. Podría reconocerla entre miles de voces y, si dependiera de mí, me pasaría el resto de mi vida buscándole motivos para reír.
Somos un matrimonio joven, con un hijo de por medio, y hemos tenido que aprender a ser mucho más maduros de lo que imaginábamos para mantener nuestra relación a distancia. No ha sido sencillo, pero nos amamos. Al menos, eso es lo que siempre me repito cuando el trabajo me obliga a pasar semanas, incluso meses, lejos de ellos.
Este año, 2019, ha sido muy fructífero para mí. Llevo dos años siendo elegido empleado del mes, mes tras mes, y mis resultados me han permitido avanzar profesionalmente. No voy a fingir que todo ha sido fácil. He viajado de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo, de estado en estado y de país en país. He pasado noches en habitaciones de hotel que parecen todas iguales y he celebrado logros importantes sin poder abrazar a las dos personas con quienes más me gustaría compartirlos.
No me quejo de mi trabajo. Me gusta lo que hago y sé que el esfuerzo tiene su recompensa.
Pero hay días en los que daría cualquier cosa por dejarlo todo, volver a casa y no tener que preparar una maleta durante mucho, mucho tiempo.
—También quiero verte —responde Carmen.
Su voz ronca, todavía afectada por el sueño, me hace sentir como si estuviera a mi lado, acurrucada entre las sábanas, con el cabello desordenado y esa expresión de pocos amigos que pone cuando la despiertan demasiado temprano.
Sonrío.
—Será pronto. Te lo prometo.
—Dos meses, Key. Dos meses. Te he echado mucho de menos.
La culpa me pellizca el pecho. Dos meses pueden parecer poca cosa cuando uno los mira en el calendario, pero se convierten en una eternidad cuando lo único que quiere es abrazar a su familia.
—Lo sé, amor. Yo también los extraño muchísimo.
—¡Papiii!
La vocecita de Ney irrumpe al otro lado de la línea y mi sonrisa se ensancha de inmediato.
—¿Cómo está mi hombrecito? Pero ¡qué madrugador!
—Papi, mami agrusbbpeloa, papao, no quelolos dni.
Me quedo callado, procesando aquella sucesión de sonidos que, estoy seguro, para él tiene todo el sentido del mundo.
Ney tiene casi dos años y todavía no entiendo buena parte de lo que dice. Puedo identificar palabras sueltas como «mami», «papi» y alguna otra que suele repetir cuando quiere algo. El resto es un misterio lingüístico que espero resolver antes de que mi hijo cumpla la mayoría de edad.