Diez meses antes.
Un ruido me aturdió poniéndome en alerta, y mi auto comenzó a inclinarse hacia un lado y hacia otro. La niebla apenas me dejaba ver el camino, el volante estaba rígido y comencé a hacer un esfuerzo infernal para poder permanecer en la ruta sin perder el control. Poco a poco fui disminuyendo la velocidad, dirigiéndome hacia el margen de la carretera. Acto seguido, apreté suavemente el freno y, cuando el coche se detuvo finalmente de forma brusca, mi cuerpo se impulsó hacia adelante y luego hacia atrás fuertemente.
—¡Maldita sea! —grité, como si alguien pudiera oírme en medio de la nada.
Giré la llave para apagar el motor. Sequé con el brazo el sudor de mi rostro mientras sentía mi corazón latir tan fuertemente que parecía que iba a chocar contra mis costillas. La adrenalina corría por cada una de mis venas; traté de asimilar lo que había pasado, cerré los ojos y comencé a repetirme que estaba bien y que solo había sido un susto. Mojé mis labios con rapidez y respiré profundamente para calmarme. No quería terminar con un ataque de nervios, pero la sensación de angustia no desaparecía.
Luego de unos minutos, desabroché el cinturón de seguridad, abrí la puerta y bajé del auto.
El panorama no era el mejor: la rueda trasera estaba completamente en llanta y yo estaba varada en medio de la nada a las dos de la madrugada. La pregunta de papá del día anterior se me vino a la cabeza: «¿Guardaste la llave cruz en el maletero?». Le había respondido que sí, solo para que no siguiera preguntándome. Pero en realidad, no la había guardado.
Un infinito de «deberías» me invadió. Sí, tendría que estar más preparada para cuando aparecen situaciones inesperadas de este tipo. Tengo siempre la costumbre de pensar que los imprevistos nunca me van a pasar a mí, hasta que me pasan.
Qué ilusa.
Por otra parte, debería haber tomado la primera ruta, donde había más tránsito, pero mi miedo de principiante al volante decidió por mí, y fui por la ruta más larga y solitaria.
Saqué el móvil del bolsillo de mala gana y marqué a papá; la llamada se desvió con un mensaje automático de «sin cobertura». Perfecto. Ahora no solo estoy en medio de la nada sola, sino también incomunicada.
No puedo evitar recordar las películas de terror al mirar a mi alrededor o los documentales de asesinos seriales. De un lado tengo la carretera y a ambos lados hay un bosque que evito mirar fijo por si aparece algún fantasma entre los árboles. De frente, la niebla no me deja ver absolutamente nada, ni siquiera el recorrido que sigue el camino. El silencio que acecha es aterrador y mi única compañía es la luna menguante, adornada con dos estrellas a su lado, una más brillante que la otra.
En fin, papá se había encargado de restaurar por completo el coche y dejarlo en condiciones en su taller mecánico. A pesar de no ser un auto moderno, tenía su encanto y al menos me permitía movilizarme. Ya que antes, para ir a la universidad, debía tomar dos trenes y un autobús.
Un día, papá se cansó de verme tan agotada y me lo regaló para mi cumpleaños número veintitrés. Era el auto de mi abuelo y sabía el valor que tenía para él. Por otra parte, él se sentía culpable porque dentro de sus posibilidades no estaba la de poder pagar un apartamento cerca del campus de la universidad, y mi beca no cubría el alojamiento. Aun así no me quejaba: era más que suficiente y sabía que tenía que esforzarme si quería un futuro mejor y cumplir mis sueños.
Abrí finalmente el maletero de mi Ford Mustang negro.
Intenté agarrar el kit de emergencia, pero estaba demasiado lejos. Sin más remedio, me metí de cabeza hasta introducir medio cuerpo dentro; finalmente tuve éxito y logré alcanzarlo. Coloqué dos grandes conos detrás, con casi dos metros de distancia entre ellos por las dudas; no me fío de esta niebla y lo último que deseo es que un auto venga detrás y se impacte en el mío. Encendí las luces traseras, entre y me senté nuevamente a esperar que el universo tuviera piedad y me ayudara.
Una hora después, solo habían pasado tres coches por el camino. De esos tres, ninguno se detuvo. Mi estómago ya había comenzado a hacer ruido, así que abrí mi mochila con la esperanza de encontrar algún snack, pero encontré algo mejor: unas gomitas y el libro que siempre llevaba encima para leer en mis ratos libres aunque con tanta oscuridad no iba a poder leer nada.
A lo lejos pude ver unas luces acercándose. Bajé del auto a la velocidad de la luz y, con la respiración agitada, intenté poner mi mejor cara para que no pensaran que era una asesina despiadada en medio de la nada. Comencé a dar saltos moviendo ambos brazos en forma de V.
—¡Ayuda!
Una ráfaga de aire me impulsó hacia atrás. El maldito me pasó rozando. Me incorporé como pude tratando de no perder el equilibrio.
—¡Maldito imbécil! —grité fuertemente, y comencé a maldecir mientras el coche desaparecía en la distancia, a esta altura de la noche me convertí en una completa grosera.
Me acomodé en el coche nuevamente y trabé ambas puertas de mala gana. El tiempo corría dejando a un lado toda posible esperanza de regresar a casa. Ya me había hecho la idea de que iba a tener que pasar la noche aquí.
Probablemente el tráfico se normalizaría por la mañana, alguien me ayudaría y, con algo de suerte, podría regresar a mi apartamento para dormir unas miserables horas antes de comenzar el día nuevamente.
Todo se volvió negro hasta que un golpe en la ventana me trajo de vuelta a la realidad. Un segundo golpe, más fuerte, me terminó de despertar. Con los ojos entreabiertos miré hacia mi izquierda y vi una figura humana parada del otro lado del vidrio.
Solté un grito descomunal.
—¿Necesitás ayuda?
Lo miré detenidamente mientras caía en la cuenta de la situación.
—Mmm... sí —respondí dudando, con un poco de miedo y fingiendo una sonrisa.
—No te oigo —señaló su oreja e hizo un gesto para que bajara el vidrio.