Mi casa es algo pequeña, pero acogedora. Está rodeada de plantas y adornos, tengo aproximadamente diez plantas de interior situadas en todo el espacio, algunos muebles antiguos de madera robusta color blanco que heredé de mi abuela. Y mi parte favorita de la casa: un ventanal que da a un pequeño balcón, a su izquierda esta situado un sillón color verde, que es donde algunas veces paso mis tiempo libre leyendo libros.
Por el rabillo del ojo veo que Jack se aproxima hacia mi.
Quiero adelantar trabajo para mañana, faltan solo una semanas para el evento en el Zenstay y estoy agobiada con tanto trabajo.
Zoey ya me ha enviado dos veces el mismo mensaje; preguntando de qué color deben ser las rosas. Y las dos veces le respondí lo mismo: Azul marino. Creo que todos ya estamos al borde de la locura con tanto.
—¡Buenos dias! Amorcito. —dije Jack, mientras me da un beso en la mejilla.
"Amorcito" sabe que me molesta que me diga asi, y aun asi lo dice.
—Buenos dias. —suspiró con fuerza.
Jack se sirve café y se sienta en el otro extremo de la mesa. Apoyando sus largas piernas peludas en la silla de al lado. Sabe que me molesta y aun asi siempre lo hace.
—¿Puedo? —señala las tostadas.
—Si, claro. —respondo.—Si quieres mas hay en la cocina.
—¿Estas trabajando eh?
—Si. ¿Parece un poco obvio no? —respondo quitando los ojos de la laptop por un instante. —¿Y tu? ¿Ya has estado buscando empleo?
—Ay Clarissa. No es un poco temprano para estar discutiendo sobre estos temas.
Mira hacia otro lado rascando su nuca.
—Solo te pregunte si estabas buscando empleo. —respondo frunciendo el ceño.
—Amorcito. Tienes que relajarte, la prisa nunca es buena. —.me mira con media sonrisa —cuando consiga un empleo te llevaré a conocer Grecia donde nacieron los grandes filósofos que tanto te gustan.
Ni yo misma puedo creer, que diga eso y con tanta serenidad. Acaso vive en otra realidad.
—Hay facturas que pagar. Las facturas no pueden esperar. —respondo apretando los dientes. —Si no buscas empleo el no vendrá a ti milagrosamente.
Abro la boca para seguir protestando pero el me interrumpe.
—Sabes que ...—Apoya sus manos sobre la mesa para levantarse. —Ire a desayunar al cuarto.
—No puedes seguir asi. —grito mientras el se aleja.
Me lleno de rabia, por qué ya se que no lo hará, mañana tendrá otra excusa, y al día siguiente otra y luego otra.
...
Mientras reflexiono, cojo mi bolsa, me cambio de ropa me pongo lo primero que encuentro en el closet y me dirigí hacia la puerta. Hoy es mi dia de descanso, no puedo estar todo el dia trabajando y tampoco pienso quedarme encerrada con Jack.
Visto unos shores de jeans junto a una sudadera color negro. me hago una coleta y algunos mechones quedan desprolijos, pero no me importa.
Subo a mi Mustang y manejo unos pocos kilometros hasta Ocean Park. Uno de mis lugares favoritos. Con unas vistas ezpeluznantes.
Todavia el calor no empieza a sofocar, asi que me quito los zapatos y comienzo una caminata por la orilla del mar. Nada mas relajante que sentir la arena sobre mis pies y la suave brisa chocando en mi rostro junto a él ruido de fondo de las olas rompiendose.
Luego de unos cuarenta minutos, comienzo a sudar el aumento de temperatura es muy evidente y el sol empieza a quemar. Asi que me dispongo a regresar.
Veo a la distancia un parador y me siento a tomar un licuado de fresas, amo los licuados y mucho más en verano.
A mi izquierda hay una familia de tres, el niño está llorando y su madre intenta calmarlo, sin embargo el padre que está a la derecha del niño está con su móvil, parece muy indiferente ante el llanto del niño. No puedo dejar de indignarme, porque no ayuda a su esposa con el niño. Ante la indiferencia del padre, no puedo quedarme con los brazos cruzados y dejo caer simuladamente lo que resta de mi licuado, cae y mancha el pantalón del hombre.
No puedo evitar disfrutarlo por dentro. Este suelta el móvil y me mira furioso.
—¿Qué haces? —me mira desafiante.
—Se me resbaló la mano, lo siento. Realmente —ni yo misma puedo creer que lo esté diciendo y parezca tan real—. Déjame limpiarte —estiro mi brazo y paso unas servilletas por su pantalón dejando restos blancos de papel.
—¡No! ¡No! No hagas eso.
Rodó los ojos soltando un suspiro.
—Vamos —le dice a su esposa mientras sostiene al niño con ambos brazos al fin.
Su esposa se para de la silla y va caminando detrás.
Qué pátan, ni siquiera la espera.
Sin más remedio, hago seña a la moza que se acerca a dejarme la cuenta. Pago el total y regreso a mi casa.