Donde estuviste todo este tiempo

Capitulo 8 - Clar

Pasado...

La escuela a la que asistía cuando era una adolescente quedaba a las afueras de la ciudad, era de esas que hay en los pequeños pueblos, donde todos se conocen entre todos y abundan los chismes.

De hecho, había algunas escuelas más cerca de mi casa, pero mi padre era algo terco e insistía en que yo fuera a la misma que mi madre cuando era joven.

Por lo tanto, todos los días viajábamos unos treinta y cinco minutos hasta llegar. Tenia la asistencia perfecta.

Si llovía a cantaros o se aproximaba un tornado. " Por mas que se asome un tornado, Clarissa Helen Brown, siempre estará sentada allí". Así me decía el señor Marti de Historia. Cada vez que llegaba a dar clase y el salón estaba vació, pero en el fondo a la izquierda en el sexto banco, ahí me sentaba yo. Todos los días.

A primera hora de la mañana al ingresar a la escuela recorria el largo pasillo hasta llegar a mi salon.

Cuando entraba el olor a tierra se impregnaba en mis fosas nasales. Parecía como si las encargadas de limpiar el lugar solo barrieran de muy mala gana y como resultado: el polvo quedaba en todo el aire. Era inquietante ver como mis compañeros abrían todas las ventanas para ventilar y algún que otro estornudo se escuchaba de fondo.

Las paredes estaban pintadas de color verde oscuro, habían algunos ventanales en los que ingresaba luz natural. Contrarrestaban el color aburrido de las paredes.

En algunas mesas albergaban los nombres escritos de algunos ex alumnos, algunos de ellos ya casi estaban por desaparecer por el paso del tiempo.

Por otra parte, tenía un gran parque con mucho pasto verde y arbolada, esa era mi parte favorita de la escuela, en los momentos de recreo iba y me sentaba bajo el mismo árbol todos los días; el que tenía el tronco torcido en forma de banco. Sacaba un sándwich de tomate que me preparaba Papá siempre antes de venir, y mientras el resto conversaba con sus amigos y reían, yo casi siempre estaba sola.

Hasta que un martes 9 de julio, recuerdo la fecha exacta porque ese día llegué tarde y no solía hacerlo, me senté por primera vez con Jeremías Lorenz. El chico raro, o al menos así les decían todos, era estudioso, pero muy tímido. Su madre era dueña de una farmacia en el pueblo, la familia Lorenz era muy conocida, estaba compuesta por Mercedes Lorenz, la madre, y sus tres hijos. Cada uno de diferente padre pero nadie en el pueblo sabía quienes eran sus progenitores. Por lo tanto, nadie veía a Jeremías merodeando por la farmacia de su madre, algunos rumores decían que la madre lo escondía avergonzada, porque hace unos años el pueblo la había tratado de ramera.

Desde ese día había comenzado a notar más su presencia y comencé a observarlo. Cuando estábamos en clase por el rabillo del ojo notaba que de vez en cuando él me lanzaba una mirada fugaz que duraban micro segundos. Lo que despertaba aún más intriga en mí. ¿Por qué me observaba?, ¿Acaso le gustaba, o solo le daba curiosidad?

No lo sé.

Pero me intrigaba.

Todos los recreos el se dirigía hacia el mismo lugar: La fuente adornada que tenia una escultura de una pareja besándose. El hombre de la estatua sostenía un paraguas, y justo desde la punta de este emanaba el agua a gran presión. La fuente era de color blanco aunque la pintura estaba salida.

Jeremias en los recreos solia sentarse sobre el borde de la fuente, y sacaba de su bolsillo una bolsa color cartón con comida para los pájaros. Estos volaban hacia el con total confianza y comían hasta la ultima pizca de alimento.

Por lo tanto, un dia me arme de valor y me sente en el otro extremo de la fuente, ni muy cerca, ni lejos. Jeremias me miro de lado, pero no se giro. Yo quede quieta, los segundos pasaban y yo esperaba que el soltara al menos una palabra, pero no lo hizo.

En pocas palabras, me anime a hablarle yo.

—Hola.

Jeremias se puso un poco inquieto.

—Hola. —respondió con incomodidad y no dejaba de mirar el suelo.

—Que lindos. —suelto.

—¿Quienes?

—Los pajaritos.

—Si.—Exala sonoramente —Son lindos. —respondió.

—¿Que es lo que les das de comer?

—Es solo pan. —me mira y abre la bolsa y me muestra lo que hay dentro.

— Parece gustarles.

No quito mis ojos de dos pajaros que van juntos de un lado a otro, parecen una pareja.

Pero, no estoy segura.

—Si.

—Me llamo Clarissa. —cambio de tema.

Me presento, aun que se que debe saber mi nombre, así como yo ya se el de el, vamos al mismo curso y ya he oído su nombre unas incontables veces cuando el profesor michael pasa lista y el no dice nada, solo levanta su mano.

—Yo me llamo Jeremías. —solto.

Quedamos unos segundos en un silencio un poco incomodo.

—¿Sabes la historia de esta fuente?

—No, no la se. —respondo con cierta intriga.

Jeremías apoya la mano sobre su rostro mientras su mirada se funde en la fuente.

—Dicen que el artista se inspiro en una historia del pueblo muy conocida por los miembros de este. Los dos eran una pareja del 1838 aproximadamente:

Ella una cantante del pueblo que solía dar sus shows en los bares con la voz mas dulce de todas,

El un alma cansada, un militar, abatido a punto de irse a la guerra.

Se conocieron tres meses antes de que el tenga que irse, se enamoraron, se casaron, juraron volver a encontrarse, el prometió volver y ella a esperarlo.

La fuente relata la imagen de la ultima vez que se vieron, la lluvia caía a mares del cielo, como si este fuese a caerse. El abrió el paraguas, la cubrió a ella y rodeo sus brazos por su cintura y abrazo tan fuertemente como si no quisiera irse, como si quisiera congelar el tiempo en ese preciso instante.

—¿Y que paso? ¿Regreso? —digo y me acomodo en el asiento.

—No termina alli. —añade.—Se mandaron cartas por el próximo año, todos los meses. Las cartas aun existen, están en el museo del pueblo. Pero la parte triste o mala de la historia es que el jamas regreso, hay varias teorías por que jamas encontraron su cuerpo.




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