Donde La Escarcha Se Quema

Capítulo 1 El Eco del Metal

El Salón de Bronce, el corazón de la Corte de Otoño, se alzaba imponente con sus paredes de leño pulido y un techo cubierto por hojas de bronce y oro oscuro. En el ambiente aún se podía oler la cera quemada, mezclada con un intenso aroma a canela y manzanas dulces proveniente del gran banquete en honor a la noche de Haleg-Monath, la última gran fiesta antes de ceder el lugar al frío invierno.

Los cortesanos ya se habían retirado y la gran sala, antes llena de vida, música y un baile descontrolado, se había sumergido en un silencio casi irreal, interrumpido únicamente por el tintineo sutil de platos y vasos provocado por los pocos Brownies que se habían quedado para ordenar el lugar en la penumbra.
​La reina Meadhbh, que se había retirado un poco antes de que la fiesta terminara, se encontraba ahora en su dormitorio.

Todavía no estaba lista para irse a la cama, aunque no podía evitar sentir todo su cuerpo cansado después de semanas encargándose de cada detalle y resolviendo cada problema que surgía a medida que se acercaba la noche del festejo, su mente no dejaba de pensar.

En el aire esa misma noche flotaba una extraña tensión que no la dejaba tranquila. Mirando la luna desde su ventana, se preguntaba qué era exactamente lo que le causaba tanta inquietud.

Un viento frío sopló con fuerza y un mechón rojo y rizado le cayó sobre los ojos, haciéndole cosquillas en la nariz.

Justo entonces la puerta se abrió. Borgoña, su doncella, una pixie del Bosque de Esmeralda con la piel verde y brillante como la de un escarabajo, entró en la habitación cargando un brasero de cobre para calentar la cama. El calor comenzó a esparcirse por la habitación, tiñendo el aire con ese aroma tan particular a ceniza y metal caliente.

—Mi señora, hace mucho frío esta noche. Pescará algo si se queda ahí —.

Rápidamente, con sus largos brazos, tomó un chal de plumas de búho y se lo acomodó sobre los hombros.

—Gracias, Borgoña —respondió Meadhbh. La pixie le sonrió, mostrando sus pequeños dientes puntiagudos.

—Mi señora, tendría que entrar. Se ve muy pálida.

—Ya voy —murmuró ella, sujetándose el chal de plumas. —Es tarde, puedes retirarte.

La pixie hizo una reverencia y salió silenciosamente.

Meadhbh quedó sola.

Otro soplo de viento la hizo temblar como una hoja recordándole la inminente llegada del invierno a su puerta.

Pronto tendría que enviar una misiva al rey Roarcan informándole sobre la escasez de los suministros de este año. Al pensar en las largas reuniones que la esperaban con los delegados del norte todo su cuerpo tembló. Pronto Roarcan llegaría, y la sola idea de verlo consiguió aliviar un poco el cansancio que pesaba sobre ella. Faltaba tan poco para concluir la alianza. Solo unos pocos ajustes para que ambas partes quedaran satisfechas y… Rowen, por supuesto.

Tenía que hablar cuanto antes con su hermana; convencerla no iba a ser fácil. Rowen no era alguien que se dejara guiar por promesas vacías ni por la insistencia de la corona. Meadhbh necesitaba una estrategia, una oferta que su hermanita no pudiera rechazar antes de que fuera demasiado tarde.

Apartándose el cabello de la cara, cerró la ventana y se acomodó en su sillón cerca del fuego. Estaba considerando si llamar a alguien para que le trajera una bebida caliente antes de dormir cuando las puertas de la habitación se abrieron de par en par.
​Rowen entró como lo hacía siempre: como un ciclón sin rumbo arrasando con cada cosa que se pusiera en su camino. Su hermana gemela era una auténtica fuerza de la naturaleza; no podían ser tan parecidas físicamente y, al mismo tiempo, tan distintas.

Los guardias, dos espíritus del bosque con patas de cabra que hasta hacía un momento custodiaban la entrada, entraron corriendo detrás de ella haciendo resonar sus pezuñas en el piso de madera, intentando detener al pequeño diablillo que acababa de irrumpir en los aposentos de la Reina. Meadhbh no pudo evitar reír antes la escena: dos guardias grandes y robustos corriendo de un lado a otro de su habitación, persiguiendo a una joven esbelta, de cabello rojo y rebelde decorado con hojas secas.
​Al escuchar la risa de la Reina, los guardias se detuvieron, exhaustos.
​—Le pedimos perdón, mi Reina... No pudimos retener a la princesa. Ella simplemente entró.
​Rowen soltó una carcajada mientras se acercaba a su hermana, saltándole encima como hacía cuando era niña, abrazándola con demasiada fuerza.
​—Soy su hermana, no necesito permiso para venir a verla.
​ Meadhbh la miró seriamente, alejándola un poco, aunque en verdad no le importaba en absoluto aun así tenía que mantener las etiquetas delante de los demás; al fin y al cabo, ella era la Reina y no podía permitirse el lujo de ser tan "espontánea" como su gemela, a pesar de que siempre había envidiado su libertad.
​—Pueden retirarse —ordenó Meadhbh.
​Los guardias hicieron una reverencia y salieron, dejando a Rowen tomar asiento en la silla de madera justo a su lado, al calor del fuego.

—Te ves cansada. —

—Fue una semana agitada. —

Rowen chasqueó la lengua, jugando con una hoja de su cabello.

—Los nobles no paran de zumbar a tu alrededor. Casi no he podido verte en semanas—

—Tuvimos muchos problemas con la cosecha de este año y los embajadores del invierno llegarán pronto.

—Estupideces. Solo quieren más de lo que ya tienen. Nunca les alcanza.

—Rowi —la reprendió.

—No sé cómo podés soportar todo esto —refunfuñó, apartándose un rizo rebelde de la cara.
—¿A qué te referís?
—A todo esto —dijo, señalando la habitación—. Los guardias en la puerta, los nobles arrastrándose hacia ti siempre en busca de algo de poder... Sonreír, aunque no quieras mientras esos idiotas te alaban falsamente

—No todos son así, Rowen­— le reprochó severamente.

Su hermana suspiró pesantemente ­—¿No extrañas el Bosque?

Meadhbh miró el fuego crepitar. Sería mentira contestarle que no, que no extrañaba los días en los que podía correr libremente entre los arces, trepar el viejo roble o subir al manzano por las tardes y robar algunas frutas para comer a la orilla del lago. El bosque siempre había sido su refugio, desde aquellos días en que era una joven que corría detrás de su hermana menor, buscando aventuras entre los árboles de otoño. Pero habían pasado siglos desde entonces, sus padres habían fallecido y la corona había pasado a ella, y aunque había días que pesaba demasiado sobre su cabeza era una carga que en algún modo aceptaba.




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