Donde La Escarcha Se Quema

Capítulo 2 Susurros más allá de la frontera

El frío nunca había sido un problema para el rey Roarcan. La paranoia, en cambio, se colaba por las grietas de su palacio como una humedad oscura y pegajosa, aferrándose a él hasta instalarse bajo su piel. Era una sensación desagradable, imposible de ignorar, como si algo acechara en cada rincón, esperando pacientemente a que bajara la guardia.

Desde su trono en el Bastión de Escarcha, el gobernante del Norte observaba cómo sus cortesanos disfrutaban del gran festín, comiendo ciervo y tomando cerveza, bailando y riendo completamente desinteresados de lo que estaba pasando en las fronteras. Roarcan apenas pudo contener su desagrado.

Hacía tan solo unas horas había estado sentado allí, junto a sus hombres más fieles, encorvado sobre los mapas desplegados en aquella misma mesa de piedra, ahora cubierta de pedazos de carne y huesos, estudiando su territorio una y otra vez en busca de alguna pista del culpable de estar haciendo añicos la seguridad de su reino. Y el único indicio real conducía hacia la frontera donde el valle nevado chocaba contra los árboles marchitos de la Corte de Otoño. El confín que dividía las dos Cortes se había convertido lentamente en una herida abierta, infecta y difícil de sanar.

Durante las últimas décadas —casi un siglo—, aquella demarcación se había convertido en un acertijo cada vez más difícil de resolver, uno que lentamente estaba debilitando a su Corte.

Roarcan recordaba perfectamente el día en que las fronteras de otoño se sellaron de golpe tras el asesinato de la reina Meadhbh. Desde entonces, el silencio de Aodhán había sido absoluto. Por más cartas que enviaba, ninguna había recibido respuesta dejándolo en la completa ignorancia.

Mientras tantos en los últimos años, el bosque había empezado a escupir horrores. Primero, las patrullas de soldados del invierno que desaparecían sin dejar rastro. Luego, los pocos que regresaban arrastrándose por la nieve, con los ojos desorbitados por una locura irreversible y balbuceando incoherencias. Los peores eran los muertos; cadáveres congelados con expresiones de pánico tan indescriptibles que ni sus sanadores lograban descifrar qué clase de fuerza les había arrancado la vida.
​Roarcan sabía que el Otoño estaba infectado, pero carecía de la pieza clave para entender la expansión de la enfermedad.
​Hasta que al fin llegó el anuncio, Aodhán finalmente había abierto sus puertas para celebrar un banquete de coronación. Al final, el otoño tenía de nuevo un soberano. Y la ausencia de una invitación dejaba en claro las intenciones del nuevo gobernante. Definitivamente la noticia no le trajo alivio, sino una certeza: el enemigo se sentía lo suficientemente fuerte como para mostrarse. Por eso, cuando los guardias permitieron el ingreso de una comitiva de músicos errantes proveniente del Otoño para animar la velada en el gran salón de invierno, Roarcan no se relajó. Al contrario, sus ojos grises como nubes tormentosas, recorrían a cada bardo y artista buscando cualquier signo de peligro.

Para la Corte de Otoño, infiltrar espías disfrazados de simples cómicos o poetas habría sido una treta fácil; después de todo, no sería la primera vez. Sin embargo, el Rey sabía bien que los secretos más peligrosos siempre viajaban en boca de los artistas errantes. Lejos del peligro de terminar colgados, aquellos cantantes y juglares se enriquecían comerciando con los escándalos de los Altos Feéricos.

​Por eso, cuando la fiesta ya se encontraba en su cúspide y uno de los músicos avanzó hacia el centro del salón, sosteniendo un laúd de madera pálida y sencilla, el Rey de Escarcha no se sorprendió.

Roarcan, manteniendo una expresión aburrida, se recostó en su trono, con una mano apoyada sutilmente sobre el pomo de su espada. El movimiento fue mínimo, pero los ojos del bardo parecieron captarlo de inmediato. Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios, aumentando las sospechas del Rey.

Había algo extraño en la postura de ese músico, una fluidez incorpórea que delataba que no era un simple feérico o uno de los muchos artistas humanos que las hadas solían atraer a este lado del velo. Sus pasos eran demasiado silenciosos, su espalda erecta y cada movimiento que hacía parecía exageradamente controlado.

Roarcan estaba seguro de que aquel hombre, si es que en verdad se trataba de un bardo, había recibido entrenamiento militar. Sin embargo, desatar un arresto en mitad del banquete sin pruebas concretas solo generaría un escándalo innecesario; aun así, la sospecha no lo abandonó ni un solo instante.

​El bardo hizo una reverencia.
—Oh, majestuoso e inquebrantable Rey de Escarcha, señor de las nieves y de los vientos helados—proclamó el bardo, afinando una cuerda del laúd con un gesto de dramatismo teatral—.

—¿Le concedería a este humilde y pobre caminante el altísimo privilegio de aliviar, aunque sea por un instante, el peso de su regia corona entreteniéndolo con un simple poema?
—Guarda tus adulaciones vacías y tus bufonadas para el sur —respondió Roarcan con voz tajante.

—Le pido humildemente mis disculpas si lo he ofendido, señor del Invierno — contestó el bardo, llevándose una mano al pecho y ejecutando una reverencia tan exagerada que las puntas de su capa casi barrieron la escarcha del suelo—. No era mi intención turbar la serenidad de una corte tan... solemne.

—Solo toca tu maldita canción o lárgate.

​Cuando las cuerdas comenzaron a vibrar, el salón entero se sumergió en una melodía densa y sombría que acalló de inmediato los murmullos de la corte. La voz del bardo, arrastrada como el viento entre las hojas secas, cortó el aire atrayendo la atención de todos.

​En el Salón de Bronce la cera ardió,
la noche de Mabon el tiempo perdió.
Dos gemelas de herencia real,
cayeron cautivas en una trampa mortal.
Una corona de espinas el hermano tomó,
mientras el velo de un ojo el cielo nubló.
Un acero de hierro la sangre vertió,
y el eco del trono la culpa esparció.
La mano que hirió llevaba el reflejo,
de estrellas oscuras ocultas en un viejo espejo.
No busques la espada en la culpa evidente,
pues muere la Reina si el truco te miente.
El bosque se cierra, la herida ya brota,
y el Tiempo de Bronce la herencia denota.
Las puertas se abren tras un siglo de calma,
¿quién guarda el secreto que roba cada alma?




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