Donde La Escarcha Se Quema

Capítulo 3 La flor del estío

El calor en las tierras del verano nunca cedía, ni siquiera ante el inminente invierno.

El aire seguía oliendo al dulce aroma de las flores y las frutas maduras, sin conocer reposo ni el frío manto de la nieve.

A medida que la noche avanzaba, llevando consigo una brisa liviana, las hadas de Verano se reunían en los pasillos danzando y riendo iluminadas por las antorchas entre las cortinas traslúcidas, mientras sus sombras alargadas trazaban círculos temblorosos que se extendían por las paredes, moviéndose a la melodía de las flautas.

El eco de sus voces se esparcía por todo el palacio como el tintineo de pequeñas campanillas.

Oculta en los más profundos, escondida entre laberintos y jardines, en el corazón del Palacio del Solsticio, la alcoba de la Reina Áine era un santuario de indulgencia y lujos opulentos con muebles de marfil y cojines de terciopelo.

La habitación circular de mármol blanco, tan pulido que la luz dorada de las velas y pebeteros reflejaba el trémulo movimiento del agua, dando la sensación de estar sumergida.

Por todas las paredes surgían esculturas de feéricos y humanos desnudos, entrelazados en danzas voluptuosas, con los cuerpos arqueados en una celebración eterna.

Algunos sostenían racimos de uvas entre sus dedos; otros ofrecían cálices rebosantes de vino, congelados en el instante de un brindis interminable.

Había algo inquietante en aquella belleza. Las figuras parecían demasiado vivas, como si el escultor los hubiera atrapados en la piedra misma.

Bajo el resplandor de las antorchas de sus bocas parecían escapar gritos silenciosos, entre las sombras, los cálices parecían contener algo mucho más oscuro que vino.

Sobre ellos, el techo se alzaba como una enorme cúpula de un azul profundo, cuya elegante curva estaba adornada con innumerables hiedras doradas que trepaban hacia el centro, donde un amplio óculo se abría al cielo estrellado de la noche del estío.

Bajo el resplandor plateado de la luna, el jardín de jazmines crecía salvaje y frondoso, perfumando el ambiente con una fragancia sutil.

En el interior de la monumental cama con dosel, ocultos tras los finos cortinajes, ligeros murmullos y risas ahogadas rompían la cálida quietud de la noche.

Áine, la soberana de la Corte de Verano, se encontraba recostada lánguidamente sobre un mar de cojines de terciopelo carmesí. Con la piel bronceada brillando levemente bajo la luz dorada, jugaba perezosamente con un mechón de su largo cabello dorado. A su lado, su consorte Lug compartía la indolencia de la hora mientras se llevaba una uva a los labios, sin embargo, la intensidad de sus ojos azules fijos en ella delataba un hambre que nada tenía que ver con los manjares de la corte.

Su mano grande y callosa acariciaba la pierna de la soberana de forma sugestiva hasta llegar al muslo, para después bajar lentamente, erizándole la piel y haciendo que sus pezones se endurecieran dolorosamente.

—¿Piensas hacer algo o solo estás jugando conmigo? —murmuró Áine con una sonrisa tentadora.

Lug rió, un sonido bajo y ronco como el ronroneo.

—Nunca juego cuando se trata de ti, mi reina— murmuró, acorralándola contra el terciopelo buscando los labios de Áine en un beso lento y profundo.

Con delicadeza, trazó la línea de su cuello con pequeños besos húmedos de hidromiel, bajando más y más hasta recorrer la curva de su clavícula y subir hacia su hombro desnudo.

Áine tembló, conteniendo apenas un gemido.

—Deja de provocarme— murmuró con la respiración entrecortada.

—Siempre tan impaciente —

Antes de que Áine pudiera decir algo, Lug volvió a besarla acallándola, dejando en sus labios el dulzor de la fruta y el calor sofocante de sus cuerpos bajo las sábanas de seda, ya desordenadas.

​Las manos de Lug descendieron por el cuerpo de la reina, rozando sus costillas para subir de nuevo, deteniéndose en sus senos acariciándolo.

Áine dejó escapar un gemido bajo y ahogado disfrutando de esas caricias. Sus piernas se entrelazaban alrededor de la cintura de Lug, levantando la cadera hacia el sintiendo su dureza a través del pantalón.

—Lug…

—Shhh

La boca de Lug rozaba ya la calidez de su pecho mientras su mano se acercaba más y más entre sus piernas, cuando el aire se estancó.

—Ahora no… —se quejó la reina chasqueando la lengua.

En un abrir y cerrar de ojos, y sin previo aviso, una fina pátina de escarcha comenzó a escalar por las paredes, esparciéndose por el suelo.

​Una vibración casi imperceptible alteró el aroma a jazmín, mezclándose con el olor de pino y aire de montaña.

Lug se detuvo con el ceño sutilmente fruncido, mientras Áine se ponía en alerta, deslizándose ágilmente bajo el cuerpo de su consorte, dejando caer la sábana quedando parcialmente desnuda.

​Frente a ellos, una mariposa de magia pura, de un color negro profundo y destellos azul cobalto, emergió desde la cúpula y revoloteó sobre el jardín interior.

​Áine extendió la mano hacia ella y la criatura de hielo, como si la hubiera reconocido, se posó en su palma, disolviéndose en un susurro gélido que reverberó directamente en la mente de la reina, transmitiendo las palabras que Roarcan había escrito hace apenas unas pocas horas.

Áine estrechó los ojos.

​Lug observó la sutil rigidez en los hombros de su esposa esperando, mientras la pereza de la noche se evaporaba al instante.

​—¿Roarcan? —preguntó él, con voz baja.

​Áine miró hacia el óculo del techo, donde las estrellas brillaban ajenas a los problemas de los feéricos, y una sonrisa pequeña, astuta y carente de toda calidez genuina, se dibujó en sus labios llenos.

—El Rey del Norte nos está convocando —. declaró Áine con amargura.

Roarcan los estaba forzando a tomar su bando a través de un pacto tan antiguo como las mismas Cortes; y si había algo que la Reina de Verano detestaba por encima de todo, era la desagradable sensación de sentirse acorralada.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.