Liv
¿Te imaginas conocer a una persona y hacer clic al instante? No, ¿verdad? Pues a mí me pasó con John. Es un hombre guapo que podría tener a cualquier mujer a sus pies y, aun así, me eligió a mí. Ambos venimos de familias exitosas y nos conocimos en una fiesta de negocios, resultó que nuestras madres fueron grandes amigas en la adolescencia.
John es la personificación de la amabilidad. Siempre me ha tratado bien y nuestra regla de oro es la comunicación. Somos adultos, no nos gritamos y, si hay un problema, lo hablamos. O al menos, eso es lo que intentamos.
—Liv, vamos a llegar tarde —dijo John, tocando la puerta del baño con su persistencia habitual. No soporta la impuntualidad, sin importar qué tan insignificante sea el evento.
—Sí… Ya voy, un segundo —respondí desde el interior.
Estaba de rodillas sobre el frío azulejo, aferrada al retrete con las manos temblorosas. No sabía qué me pasaba, pero tampoco quería saberlo, no era el momento adecuado. Hoy era la boda de mi hermana y me negaba a arruinar su día. Me puse en pie,me arreglé el vestido frente al espejo y salí del baño tratando de disimular. John no pareció notar nada extraño, o eso creí.
Ya en el coche, se giró para mirarme con atención.
—Oye, cariño, ¿estás bien? Te ves un poco pálida —dijo, entrecerrando los ojos con esa preocupación perfecta que siempre lucía—. Si no te encuentras bien, nos quedamos. Por mí no hay problema, lo primero es que tú estés bien.
Sentí un vuelco en el estómago, pero no fue por sus palabras dulces, sino por la náusea persistente. Lo miré, estaba tan impecable en ese traje que me dio miedo romper la estampa ideal que formábamos.
—No, no te preocupes. Estoy bien, solo son los nervios por la boda de mi hermana.
El trayecto a la iglesia fue corto. Al llegar, entre el bullicio de los invitados de la alta sociedad y el aroma penetrante de las flores del altar, vi cómo Eric miraba a mi hermana, parecía estar a punto de llorar de pura alegría. Intenté concentrarme en la ceremonia, pero el malestar no cedía. Mantenía la sonrisa mientras ellos intercambiaban sus votos, luchando contra los mareos que empezaban a nublarme la vista.
Vi a mi sobrina de cinco años acercarse con los anillos, una imagen tan bonita que apenas pude procesar. En el momento en que todos nos pusimos en pie para celebrar la unión, el mundo se detuvo. La luz se apagó de golpe y todo se volvió negro.