Donde muere la luz

La chica que no aparecía en los espejos

Beto odiaba los lunes.
No porque tuviera que levantarse temprano, ni porque las clases fueran aburridas, ni siquiera porque su despertador llevara tres días funcionando cuando le daba la gana.
Los odiaba porque siempre tenía la sensación de que algo terrible iba a ocurrir.
Y aquel lunes no era la excepción.
—¡Beto! ¡Como no bajes en treinta segundos, te juro que me voy sin ti!
La voz de su madre atravesó la casa.

—¡Ya voy!

Beto se puso la primera camiseta que encontró, agarró su mochila y bajó las escaleras de dos en dos

En la cocina, su madre preparaba café. Su padre estaba sentado ala mesa mirando una vieja fotografía que guardó inmediatamente al escuchar sus pasos.

Ese pequeño movimiento llamó la atención de Beto

—¿Qué escondes?

—Nada —Contesto su padre

—Siempre dices eso cuándo escondes algo.

—Y tú siempre preguntas demasiado.

Beto sonrió y abrió el refrigerador.

Era una conversación habitual entre ambos, su padre era un hombre reservado, de esos que prefería arreglar una tubería antes que abrir sus sentimientos. Sin embargo las últimas semanas se habia notado extraño.

Revisaba las cerraduras varias veces antes de dormir. Habia instalado cámaras en el jardín, y unas noches atras Beto lo había sorprendido quemando papeles de un barril metálico.

Cuándo le pregunto que hacía, recibió la misma respuesta de siempre

Nada.

—¿Hoy cumples diecisiete, verdad? pregunto su madre.

—No, mamá. Hoy cumplo cuarenta y tres. Por eso me duele la espalda.

Ella sonrió, aunque sus ojos no acompañaron la sonrisa.

—Feliz cumpleaños, cariño.

Le dio un beso en la frente.

Durante un instante, Beto sintió algo extraño: una tristeza que no parecía suya.

Como si su madre estuviera despidiéndose de el.

—¿Estás bien? —pregunto

—Perfectamente.

Su padre se levantó de golpe.

—Esta noche quiero que estés en casa antes de las diez.

—¿Que? ¿Por qué?

—Por que si.

—Papá, tengo diecisiete años.

—Y mientras vivas en esta casa, seguiras bajo mis reglas.

Beto dejo el vaso sobre la mesa.

—Ni siquiera sabes cuáles son mis planes.

—No necesito saberlos.

El silencio que siguió fue incómodo.

Beto tomo su mochila y se dirigió hacia la puerta.

—Feliz cumpleaños para mi— murmuró.

Cuándo salió, escucho asus padres discutir.

No alcanzo a entender toda la conversación, pero una frase de su madre hizo que se detuviera.

—Si ella lo encuentra primero, estaremos perdidos.

Su padre respondió algo que no alcanzo a escuchar.

Beto estuvo a punto de regresar.

Su teléfono vibró.

Un mensaje de un número desconocido.

HOY NO M?IRES A LA LUNA




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