—Un, dos, tres. Un, dos, tres. ¡Un, dos, tres!
La maestra marcaba el ritmo en voz alta mientras las bailarinas giraban una y otra vez, sin descanso. Se decía que, cuantos más giros daba una bailarina, más parecía desvanecerse el mundo a su alrededor.
Lo único que se escuchaba, aparte de la voz de la maestra, era aquella melodía clásica que llenaba el salón y el suave sonido de las zapatillas contra el suelo.
Pero aquel momento de armonía estaba a punto de llegar a su fin.
—¡Alessia Blackwood! —llamaron desde la puerta.
Una joven de mirada seria dirigió la vista hacia aquella voz y dejó de girar.
La joven dirigió la mirada hacia su maestra, quien le hizo una señal para que se acercara. Mientras tanto, la mujer continuó marcando el ritmo para las demás bailarinas.
Alessia caminó hacia la puerta.
De piel casi pálida, ojeras pronunciadas y una figura esbelta, poseía el físico ideal para la disciplina que practicaba. Era hija de Alexander Blackwood, un magnate de gran éxito. A simple vista, cualquiera habría pensado que toda aquella fortuna terminaría en manos de su única hija.
—Tus padres han muerto —dijo el hombre, sin más.
Alessia permaneció inmóvil.
No gritó. No lloró. Ni siquiera hizo una pregunta.
Sus dedos se aferraron a los bordes de su falda y, después de unos segundos, se dio la vuelta.
Regresó al salón sin pronunciar una sola palabra.
La música seguía sonando.
La maestra continuaba marcando el ritmo.
Y Alessia volvió a bailar.
Después de casi dos horas de baile, Alessia abandonó el salón sin despedirse de nadie.
El hombre que le había dado la noticia ya no estaba allí. Tampoco recordaba haberle preguntado su nombre. En realidad, no recordaba nada de aquella conversación, salvo aquellas cuatro palabras que no dejaban de repetirse en su cabeza.
Tus padres han muerto.
Apretó el abrigo contra su cuerpo mientras esperaba el automóvil que la llevaría a casa de su abuela. Era el único lugar al que podía ir.
El mismo lugar donde sus padres la habían dejado antes de emprender aquel dichoso viaje de trabajo.
Un viaje del que, supuestamente, regresarían en unas semanas.
Pero no regresarían.
Alessia apoyó la cabeza contra el cristal de la ventanilla y observó cómo las calles se deslizaban ante sus ojos. No lloraba. Ni siquiera estaba segura de poder hacerlo. Sentía un vacío extraño en el pecho, como si su mente se negara a aceptar lo que acababa de escuchar.
Cuando el automóvil finalmente se detuvo, levantó la mirada.
La mansión de su abuela se alzaba frente a ella, imponente y silenciosa. Sus enormes ventanales reflejaban el cielo gris, mientras las enredaderas cubrían parte de las paredes de piedra.
Alessia nunca se había sentido cómoda en aquella casa.
Había algo en ella que la inquietaba: los pasillos demasiado silenciosos, los retratos de personas que no conocía y, sobre todo, su abuela.
Eleanor Blackwood.
Una mujer que parecía saberlo todo y que, aun así, jamás explicaba nada.
Alessia bajó del automóvil y se quedó unos segundos frente a la entrada. Una parte de ella deseaba darse la vuelta y marcharse. Sin embargo, no tenía adónde ir.
Respiró profundamente y llamó a la puerta.
No tardaron en abrirle.
—Señorita Blackwood —saludó una mujer que trabajaba en la casa, apartándose para dejarla entrar—. La estábamos esperando.
Alessia frunció ligeramente el ceño.
—¿Me estaban esperando?
La mujer pareció arrepentirse de sus palabras.
—Su abuela la espera en el salón.
Alessia no hizo más preguntas.
Caminó por el largo pasillo, sintiendo cómo sus pasos resonaban sobre el suelo de mármol. Al llegar a las puertas del salón, se detuvo.
Su abuela estaba sentada junto a la chimenea, con una taza de té entre las manos. Ni siquiera levantó la cabeza cuando Alessia entró.
—Cierra la puerta —ordenó.
Alessia obedeció.
Durante unos segundos, ninguna de las dos habló.
Finalmente, Eleanor dejó la taza sobre la mesa y levantó la mirada.
—¿Te lo han dicho?
Alessia sintió que algo se le cerraba en la garganta.
—Mis padres están muertos —respondió, con la voz extrañamente firme—. Eso es lo único que me han dicho.
Su abuela la observó en silencio.
No hubo lágrimas. No hubo un abrazo. Ni siquiera una palabra de consuelo.
Solo dos mujeres permanecían sentadas frente a aquella chimenea.
El silencio fue interrumpido por unos suaves golpes en la puerta.
—El abogado ha llegado —anunció la sirvienta de la casa.
—Hazlo pasar —ordenó mi abuela.
Eleanor Blackwood. La mujer a la que temía más que a nada en este mundo.
No mostró ni un ápice de tristeza tras la muerte de su hijo. Aunque, supongo que yo tampoco era quién para juzgarla. Tal vez me parecía demasiado a ella en ese aspecto.
No era que no amara a mis padres. Todo lo contrario. Pero nunca había sabido cómo expresar lo que sentía. No importaba cuánto lo intentara, las lágrimas simplemente no llegaban. Era como si algo dentro de mí me impidiera llorar, incluso cuando tenía motivos suficientes para hacerlo.
La puerta volvió a abrirse.
El abogado de la familia entró en el salón con su maletín en la mano. Lo colocó sobre el escritorio, sacó varios documentos y se acercó a nosotras.
Lo observé en silencio durante unos segundos antes de hablar.
—¿En serio vamos a leer el testamento de mis padres cuando acaban de morir? Ni siquiera he visto sus cuerpos.
Sabía que aquellos documentos contenían el testamento. No tenía ninguna duda.
—Pero yo sí —respondió mi abuela con firmeza.
Giré la cabeza hacia ella.
—Mientras tú pasabas dos horas metida en esas clases de baile, yo fui a reconocer los cuerpos.
Sus palabras cayeron sobre mí como una piedra.
Por primera vez desde que había recibido la noticia, sentí que algo dentro de mi pecho se movía.
Editado: 19.10.2026