Donde mueren las sombras

Capitulo 2

Había una tradición extraña en nuestra familia: jamás celebrábamos funerales.

Nunca me había detenido a preguntarme por qué. Simplemente era una de esas costumbres que los Blackwood seguíamos sin cuestionar demasiado.

A la mañana siguiente de recibir la noticia, fui a la morgue.

El lugar estaba frío y silencioso. Caminé por aquellos pasillos con la sensación de que, en cualquier momento, alguien aparecería para decirme que todo había sido un error. Que mis padres seguían vivos y que yo podía regresar a mi antigua vida como si nada hubiera ocurrido.

Pero no fue así.

Cuando finalmente vi sus cuerpos, me quedé inmóvil.

Eran ellos.

Mi madre. Mi padre.

Las dos personas que habían formado parte de toda mi vida y que, de pronto, ya no estarían para acompañarme en nada más.

Me senté frente a ellos, incapaz de apartar la mirada. Durante unos minutos, intenté comprender lo que estaba viendo, como si mi mente se negara a aceptar aquella realidad.

De verdad los había perdido.

Y esta vez, nadie iba a devolverme lo que la muerte me había arrebatado.

Tuve que salir en busca de agua. Una sensación de ardor recorría mi cuerpo y la presión que sentía en el pecho era abrumadora.

Me detuve frente a un bebedero y bebí cinco vasos de agua, uno tras otro, esperando que mi cuerpo recuperara la normalidad.

¿Qué me estaba pasando?

¿Y por qué habían tenido que morir justo ahora?

Me quedé unos segundos apoyada contra la pared, intentando ordenar mis pensamientos. Sin embargo, por alguna razón, terminé mirando de nuevo hacia las puertas de la morgue.

Fue entonces cuando lo vi.

Un hombre vestido de negro permanecía de pie frente a las puertas detrás de las cuales descansaban los cuerpos de mis padres.

Me observaba.

Durante un instante, nuestras miradas se encontraron y aquella sensación de agobio regresó con tanta fuerza que me costó respirar.

Era un hombre de estatura intimidante, cabello oscuro y una silueta que parecía amenazante incluso a la distancia. No sabía quién era ni qué hacía allí, pero había algo en su presencia que me provocaba un miedo difícil de explicar.

Miré por encima de mi hombro, esperando encontrar a alguien más en el pasillo.

No había nadie.

Solo él y yo.

El hombre dio un paso hacia mí.

Yo retrocedí.

No sabía qué quería, pero cada parte de mi cuerpo me gritaba que debía alejarme.

Me di la vuelta, dispuesta a marcharme, pero algo me obligó a mirar nuevamente hacia atrás.

Y entonces lo vi.

El hombre ya no era un hombre.

Su figura se había deformado hasta convertirse en una criatura monstruosa, completamente negra. Una neblina oscura se desprendía de su cuerpo, extendiéndose por el pasillo como si estuviera viva.

Antes de que pudiera reaccionar, la criatura se abalanzó sobre mí.

Su oscuridad me envolvió.

Sentí que me consumía, que me arrebataba el aire y que mi cuerpo desaparecía bajo aquella masa negra.

Quise gritar.

Pero no pude.

Desperté sobresaltada.

Mi corazón latía con tanta fuerza que podía sentir cada pulsación retumbando en mis oídos. Me incorporé de golpe y miré a mi alrededor, tratando de reconocer el lugar en el que me encontraba.

Por unos segundos, no supe dónde estaba.

Entonces lo recordé.

La casa de mi abuela.

Seguía allí.

Me llevé una mano al pecho y respiré profundamente, intentando convencerme de que todo había sido una pesadilla.

Solo una pesadilla.

Giré la cabeza hacia el reloj.

Las 3:33 a. m.

Me quedé mirando los números luminosos, sin saber por qué aquella hora me produjo un escalofrío.

Y aunque intenté volver a acostarme, no pude quitarme de la cabeza la imagen de aquel hombre.

Porque, por alguna razón, mientras más intentaba recordar su rostro, más difícil me resultaba convencerme de que nunca había existido.

Escuché unos ruidos provenientes del pasillo. Me incorporé lentamente y tomé la linterna de la mesilla de noche. Después, me puse las pantuflas y caminé hacia la puerta. La casa era antigua y sus pisos de madera crujían con cada paso. Según mi abuela, aquella propiedad llevaba demasiados años en manos de la familia. A esas alturas, estaba convencida de que hasta el más mínimo movimiento podía escucharse desde la otra cuadra.

Abrí la puerta con cuidado y dirigí la luz de la linterna hacia el pasillo. Al fondo, justo donde este doblaba a la derecha, distinguí una silueta. Un escalofrío me recorrió la espalda. Me quedé inmóvil durante unos segundos, intentando convencerme de que se trataba de alguna sombra proyectada por la luz. Sin embargo, aquella figura no desapareció. Tragué saliva y avancé con cautela hasta llegar a la esquina, pero no había nadie.

Fruncí el ceño y alumbré cada rincón antes de decidir bajar las escaleras. Lo hice despacio, procurando no hacer ruido y mirando de vez en cuando por encima del hombro para asegurarme de que nadie me estuviera siguiendo. Cuando llegué al vestíbulo, lo noté: la puerta principal estaba abierta.

Mi corazón comenzó a latir más deprisa. Miré en todas direcciones, buscando alguna señal de que alguien hubiera entrado en la casa, pero no encontré nada que explicara cómo había llegado a abrirse. Sin pensarlo demasiado, caminé deprisa hacia la entrada para cerrarla, pero me detuve antes de llegar.

Junto a la cerca de la propiedad había alguien.

El hombre vestía de negro. Su rostro… Lo reconocí de inmediato. Era el mismo que había visto en la morgue, el mismo que, momentos antes de despertar, había aparecido en mi pesadilla convertido en aquella criatura de oscuridad. No había forma de confundirlo.

Sentí que la sangre se me helaba. ¿Cómo era posible? Me acerqué lentamente, sin ser consciente de que estaba cruzando el umbral de la casa. Di un paso más y luego otro, hasta quedar a apenas dos pasos de aquella figura. Él no se movió. Solo me observó.




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