Y así fue como terminé sentada en pijama, sin zapatos y sin tener la más mínima idea de dónde estaba. Quizás en el más allá. No sabía cómo había muerto, por qué todavía no había visto a mis padres, si yo también había muerto junto con ellos o cómo demonios habíamos terminado todos en aquella situación. ¿Y mi abuela? ¿Ella también estaba muerta? ¿O seguía en su casa, durmiendo tranquilamente mientras a mí me secuestraban unos hombres que podían atravesar personas?
Mi cabeza era una montaña de preguntas sin respuestas. ¿Cómo se suponía que debía explicar todo aquello? ¿Cómo podía siquiera mi cerebro comprenderlo? Necesitaba respuestas, una explicación lógica o, en su defecto, que alguien me despertara de aquella pesadilla.
—¡Alessia Blackwood! —llamaron.
—Soy yo —respondí, levantándome de la silla.
Una mujer vestida formalmente se acercó y me indicó que la siguiera. Caminé detrás de ella, todavía descalza y en pijama, hasta llegar a una oficina.
No sabía que en el cielo existían oficinas. ¿Acaso también había que hacer trámites para entrar? Quizás iban a leerme cada aspecto de mi vida, enumerar todos mis errores y explicarme por qué no había sido una persona lo suficientemente buena. Tal vez Dios me diría que merecía ir al infierno por no haber sido más creyente.
Genial. Muerta y a punto de reprobar el examen final de mi existencia.
Al entrar en aquella oficina, me detuve un instante, esperando encontrarme con un anciano de barba blanca, sentado en un trono celestial y rodeado de ángeles y querubines. Algo parecido a Santa Claus, pero con más autoridad y una conexión directa con el universo.
Pero no.
Detrás de un escritorio había un hombre musculoso, con anteojos, un corte de cabello militar y una chaqueta de cuero. Tenía varios documentos frente a él y los examinaba con la misma expresión de alguien que llevaba horas haciendo papeleo.
Aquello parecía una oficina completamente normal.
Suspiré y tomé asiento frente a él.
—¿Y cuándo veré a Dios? —pregunté sin más.
El hombre levantó la vista de los documentos y me observó durante unos segundos, como si aquella fuera la pregunta más absurda que hubiera escuchado en toda su vida.
—No estás muerta —respondió con una tranquilidad desconcertante.
Parpadeé.
¿Cómo que no estaba muerta?
—Los reclutadores quizás hayan atravesado a uno que otro vagabundo para asustarte, pero no estás muerta —añadió, volviendo la mirada a sus documentos, como si acabara de explicarme el horario del almuerzo.
Me quedé mirándolo, con la boca entreabierta.
¿Había dicho atravesado a uno que otro vagabundo?
¿Como quien atraviesa una puerta?
¿Y lo decía como si fuera algo completamente normal?
Me llevé ambas manos a la cara.
Perfecto. No estaba muerta, no estaba en el cielo y, por lo visto, acababa de entrar en un mundo donde las leyes de la física eran una sugerencia.
—Te asignaremos al reclutador Damián Whitmore.
Lo miré confundida. ¿Asignarme? ¿Reclutador? ¿Qué clase de empresa era aquella?
—¿Reclutador? ¿De qué está hablando? —pregunté.
El hombre dejó los documentos sobre el escritorio y levantó la mirada hacia mí. Después, se apoyó en el borde de la mesa y, con una paciencia que comenzaba a parecerme sospechosa, decidió explicarme.
—Ahora que tus padres han muerto, te corresponde continuar con su trabajo.
Fruncí el ceño.
—No entiendo. Mis padres eran empresarios. Tenían sus negocios, sus propiedades… Bueno, tenían todo eso antes de dejarme sin empresa, sin dinero y prácticamente sin nada.
El hombre ni siquiera se inmutó.
—Tus padres eran asesinos de sombras.
Me quedé mirándolo.
Y entonces me eché a reír.
No fue una risa bonita ni mucho menos. Fue una carcajada escandalosa, de esas que aparecen cuando has pasado tanto miedo que tu cerebro simplemente deja de saber cómo reaccionar. ¿Conocen esa sensación? Cuando algo es tan absurdo que, aunque no tenga la menor gracia, no puedes evitar reírte.
Exactamente eso me estaba pasando.
¿Asesinos de sombras?
¿Mis padres?
¿Las mismas personas que me habían criado entre vestidos caros, cenas elegantes y reuniones de empresarios?
¡Por favor!
Me llevé una mano al estómago, intentando contener las carcajadas, pero cuanto más pensaba en aquellas palabras, más me reía. Quizás el hombre estaba loco. Quizás yo estaba teniendo una crisis nerviosa. O quizás, después de todo lo que había vivido aquella noche, mi cerebro había decidido abandonarme definitivamente.
Cuando finalmente conseguí calmarme un poco, me limpié una lágrima que había aparecido en el rabillo del ojo y lo miré de nuevo.
Él seguía observándome sin la más mínima expresión de diversión.
Dejé de reír poco a poco.
Oh, no.
Aquel hombre hablaba en serio.
—Siento que estoy en el lugar equivocado, señor. ¿Mis padres eran asesinos de qué…? —Iba a comenzar a reír nuevamente solo de imaginarme a mis padres jugando a matar sombras.
De la nada, el hombre encendió el televisor que se encontraba en la pared derecha de su escritorio.
En la pantalla aparecieron mis padres.
—Durante veinte años, tus padres se han dedicado a cazar sombras. Pero las sombras que tú conoces no son las mismas que ellos asesinaban.
La imagen cambió y mostró a una persona.
—A simple vista, parece una persona común y corriente. Sin embargo, este tipo de sombras ocupa el cuerpo de víctimas asesinadas por ellas mismas. Poseen sus cuerpos, pero solo pueden ser vistas durante la noche, debido a que la luz del sol debilita su poder.
Me quedé escuchando cada palabra, aunque una parte de mí estaba a punto de salir corriendo de la oficina y no detenerse hasta encontrar una salida de aquel manicomio.
—Tus padres se encargaban de eliminar a las sombras de grado cinco. Son sombras que han absorbido suficiente energía vital de los seres humanos y que, por lo tanto, ya pueden caminar libremente, sea de noche o de día. Es una costumbre que pasa de generación en generación y ahora que tus…
Editado: 19.10.2026