Miré la casa frente a mí y me crucé de brazos, sin entender qué demonios hacíamos allí. Se suponía que aquellas entidades debían encontrarse en cementerios, hospitales abandonados o lugares de ese estilo, no en una casa que, a simple vista, parecía estar habitada.
Adrián entró como si fuera el dueño del lugar. Yo estaba casi segura de que había una cerradura, así que me descrucé de brazos y lo miré con incredulidad.
—Entrar en una casa ajena sin permiso es allanamiento de morada —señalé—. ¿Lo saben, verdad?
Isadora me empujó hacia el interior antes de que pudiera seguir hablando.
—Escucha, novata. No harás nada a menos que nosotros te lo indiquemos. Irás detrás de mí en todo momento y, sobre todo, no dirás estupideces.
Su sonrisa carismática desapareció. La seriedad que ocupó su rostro fue suficiente para hacerme callar por reflejo.
Por primera vez desde que los había conocido, comprendí que no estaban jugando.
—Adrián, Victoria, con el equipo de servicio. Isadora, con los padres. Novata, conmigo.—ordenó Damián, sin bajar la guardia.
Todos obedecieron de inmediato.
Yo, en cambio, seguía preocupada por la posibilidad de que aquella locura terminara conmigo en una comisaría. Así que decidí mantener la boca cerrada y moverme con la mayor discreción posible. Si sobrevivía a aquella noche, pensaba presentar una denuncia por secuestro, allanamiento y cualquier otro delito que se me ocurriera.
Subimos hasta el segundo piso. Isadora entró en una habitación, mientras Damián y yo nos dirigimos a otra. En el centro había una cuna y, dentro de ella, dormía una niña preciosa de unos cinco meses. Tenía los cachetes regordetes y una expresión tan tranquila que me resultó imposible no sentir ternura.
Y preocupación.
¿Qué hacía yo allí, en una casa ajena, mientras un grupo de desconocidos buscaba entidades sobrenaturales?
Damián se acercó a la cuna y observó a la pequeña.
—Es la bebé quien está contaminada.
Giré la cabeza hacia él.
—¿Qué?
Antes de que pudiera responder, sacó una especie de daga.
Mis ojos fueron de la hoja a la niña y después regresaron a su rostro.
—¿Qué vas a hacer?
—Aún podemos salvarla.
Se interpuso entre la cuna y yo, apartándome con un movimiento del brazo. Luego levantó la daga y la colocó sobre la bebé.
Todo ocurrió demasiado rápido.
La pequeña comenzó a llorar.
El sonido me atravesó el pecho. Sin pensarlo, me abalancé hacia la cuna y la tomé en brazos, apartándola de aquel hombre. La estreché contra mí, horrorizada ante la posibilidad de que Damián pretendiera hacerle daño.
—¡¿Qué demonios te pasa?! —exclamé, retrocediendo con la niña pegada a mi pecho.
La bebé lloraba desconsoladamente y yo apenas sabía cómo sostenerla mientras intentaba protegerla de aquel hombre que, al parecer, había perdido por completo la razón.
Miré la daga que todavía llevaba en la mano.
Podía llamarme novata, podía hablarme de sombras y de clanes todo lo que quisiera, pero no iba a quedarme mirando mientras amenazaba a una criatura que ni siquiera sabía hablar.
—No vas a tocarla —le advertí, apretando a la pequeña contra mí.
La expresión de Damián cambió. Por primera vez, parecía preocupado o quizás sorprendido. No sabría decirlo con certeza, pero su rostro había perdido aquella seguridad con la que había levantado la daga sobre la bebé.
La pequeña se aferró con fuerza a la blusa que llevaba puesta, apretando la tela con sus diminutos dedos. Quizás también podía sentir el peligro que la rodeaba. No lo sabía, pero aquel gesto hizo que la estrechara un poco más contra mi pecho.
—Suéltala. Aún podemos salvarla —insistió Damián.
Lo miré como si acabara de perder el poco sentido común que le quedaba.
—Estás completamente loco, Damián. ¡Es una bebé!
—¡Damián! —La voz de Isadora resonó desde la puerta—. No son los padres.
Se detuvo al ver la escena. Sus ojos pasaron de la daga que Damián sostenía a la niña que yo tenía en brazos. Por un instante, pareció tan desconcertada como yo.
Quizás ella tendría un poco más de cordura que su compañero.
Pero entonces abrió la boca y destruyó esa pequeña esperanza.
—Es la bebé y tú la estás cargando —dijo, incrédula—. Déjala en la cuna, novata.
La miré sin poder creer lo que acababa de escuchar.
¿Acaso todos habían perdido la cabeza?
—Han perdido la razón, ¿verdad? ¿Están locos o se les nubló el juicio? ¡Es una bebé! —Una punzada me atravesó el pecho. Esto era una auténtica locura.
Isadora y Damián intercambiaron una mirada. Luego, ambos asintieron.
—Está bien. No… Alessia, me acercaré para comprobar el estado de la bebé —dijo Isadora con calma.
La dejé acercarse unos pasos. Observó a la pequeña y, sin previo aviso, le clavó la daga.
Aparté a la bebé de inmediato. Sus uñas se hundieron en mi pecho como si fueran garras, y mis reflejos me obligaron a soltarla.
La bebé cayó al suelo.
Me llevé una mano al pecho. Las marcas parecían las heridas que dejaría un animal enorme al clavarme sus garras. Apreté los dientes y levanté la mirada, buscando a la pequeña.
Pero ya no estaba en el suelo.
Isadora miraba fijamente el techo, justo detrás de mí. Giré despacio, con un mal presentimiento apoderándose de mi cuerpo.
Y allí estaba.
Un espectro con forma de bebé, una sonrisa oscura y unos ojos rojos que parecían arder en la penumbra. Su cuerpo era el de una criatura indefensa, pero su rostro… su rostro era el de un demonio.
Volví a girarme hacia Isadora y Damián. Ambos me observaban.
—No digan nada —advertí.
Caminé unos cuantos pasos, todavía intentando procesar lo que acababa de ver. No sé en qué momento llegué a las escaleras, pero, cuando me di cuenta, ya las estaba bajando.
Adrián y Victoria levantaron la vista al verme. No necesitaron preguntar qué había pasado. Mi expresión y la herida de mi pecho hablaban por sí solas.
Editado: 19.10.2026