¶No estaba en mis planes¶
KIARA
Si había algo que odiaba más que empezar un lunes, era tener que compartirlo con alguien que me sacaba de quicio.
Y Thiago Moretti llevaba menos de veinticuatro horas en mi vida.
Menos de veinticuatro horas y ya había conseguido convertirse en el principal motivo por el que necesitaba un café doble antes de las nueve de la mañana.
—Tienes una cara horrible —comentó Bianca en cuanto me vio entrar en la oficina.
Dejé el bolso sobre mi silla y la miré lentamente.
—Buenos días a ti también.
—No, en serio. ¿Has dormido algo?
—Sí.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente.
Bianca entrecerró los ojos.
—Eso significa que has estado pensando en el imbécil del café.
—No he estado pensando en él.
—Claro. Y yo soy la presidenta de Irlanda.
Solté un suspiro y encendí el ordenador.
—¿Puedes dejar de decir tonterías durante cinco minutos?
—Puedo intentarlo. No prometo nada.
Bianca Morelli era mi mejor amiga desde hacía años y, por desgracia, también era la persona que mejor sabía cuándo estaba mintiendo. Tenía un talento especial para detectar cualquier cosa que intentara esconder, incluso cuando yo misma todavía no había terminado de comprenderla.
Por eso no pensaba contarle que, durante buena parte de la noche, había recordado la expresión de Thiago cuando me había mirado después de nuestro primer encontronazo.
No porque me hubiera parecido atractivo.
Bueno, no exclusivamente por eso.
Era su forma de mirarme. Como si estuviera acostumbrado a que todo el mundo desconfiara de él y le diera exactamente igual. Como si nada de lo que yo pudiera decirle fuera capaz de afectarlo.
Y eso me molestaba.
Muchísimo.
—Por cierto —añadió Bianca, apoyándose en el borde de mi escritorio—, ¿qué vas a hacer con tu nuevo compañero?
—Trabajar.
—Qué respuesta tan emocionante.
—Es lo que nos pagan por hacer aquí.
—Kiara, cariño, tienes que entender que no todos los días aparece un hombre como ese en tu departamento.
Levanté la mirada de la pantalla.
—¿Un hombre como ese?
—Alto, guapo, misterioso…
—Arrogante, maleducado e insoportable.
—También.
La fulminé con la mirada.
Bianca sonrió.
—¿Qué? No he dicho que tengas que casarte con él. Solo he dicho que no está nada mal.
—Pues quédate tú con él.
—No creo que le gusten las mujeres que hablan demasiado.
—Entonces tienes razón. No sois compatibles.
Le lancé una bola de papel que esquivó por muy poco.
Por primera vez aquella mañana, me reí.
Y durante unos segundos, todo pareció normal.
Hasta que mi puerta se abrió.
Sin llamar.
Sin avisar.
Sin ninguna clase de educación.
Thiago Moretti apareció en el umbral con una carpeta bajo el brazo y una expresión que me hizo arrepentirme inmediatamente de haberme reído.
—¿Interrumpo algo?
—Sí —respondí—. Mi tranquilidad.
Sus ojos recorrieron brevemente la habitación hasta detenerse en Bianca.
—Entiendo. ¿Siempre recibe así a sus compañeros o tengo algún privilegio especial?
—Solo a los que no saben llamar antes de entrar.
Thiago miró la puerta abierta y después volvió a mirarme.
—Está abierta.
—Qué observador. Veo que el proceso de selección fue más exigente de lo que pensaba.
Bianca se tapó la boca con una mano.
No para ocultar el horror.
Para ocultar la risa.
Thiago dejó escapar una sonrisa pequeña, casi imperceptible.
Y aquello me molestó todavía más.
Porque no parecía enfadado.
Parecía divertido.
—Necesito revisar unos documentos contigo —dijo, levantando la carpeta.
—Déjalos en mi mesa.
—Me han dicho que debo revisarlos directamente contigo.
—Entonces te han informado correctamente. Puedes sentarte y esperar a que termine.
Miró el reloj de su muñeca.
—Tengo una reunión dentro de cuarenta minutos.
—Qué casualidad. Yo también tengo una agenda.
—No lo dudo.
Su tono fue tan tranquilo que tardé un segundo en comprender que acababa de devolverme el golpe.
Bianca se apartó de la mesa y recogió su taza.
—Bueno, yo tengo cosas que hacer. Cosas muy importantes. Importantísimas.
La miré con una advertencia silenciosa.
Ella fingió no verla.
—Ha sido un placer conocerte, Thiago.
—El placer ha sido mío.
—No te emociones —intervine—. Solo ha dicho que ha sido un placer conocerte, no que quiera volver a verte.
Bianca soltó una carcajada antes de desaparecer por la puerta.
Traidora.
Cerré la carpeta que estaba revisando y señalé la silla situada frente a mi escritorio.
—Siéntate.
Thiago obedeció sin decir nada.
Aquello debería haberme tranquilizado.
No lo hizo.
Había algo desconcertante en una persona que parecía capaz de discutir contigo durante horas y, de repente, se quedaba en silencio como si nada de aquello tuviera importancia.
Abrí la carpeta que había traído.
—¿Has revisado los documentos?
—Sí.
—¿Todos?
—Todos.
—¿Y has entendido el procedimiento?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—¿Quieres que te diga que sí o prefieres comprobarlo tú misma?
Apreté los labios.
—Quiero que dejes de contestarme como si cada pregunta fuera un desafío.
—Y yo quiero que dejes de tratarme como si hubiera conseguido el puesto engañando a alguien.
La respuesta me dejó callada durante un instante.
No porque tuviera razón.
Sino porque había acertado en algo que yo no estaba dispuesta a admitir.
Desde que Recursos Humanos me había comunicado que tendría que trabajar directamente con él, había buscado cualquier excusa para comprobar si realmente estaba preparado. Había revisado su expediente más veces de las necesarias y estudiado sus referencias con una atención que ni siquiera dedicaba a algunos de los proyectos más importantes.