¶Hay cosas que es mejor no saber¶
THIAGO
Estaba empezando a bajar la guardia.
Y eso era precisamente lo que no debía hacer.
Kiara tenía algo que me resultaba difícil ignorar. Quizá fuera su forma de mirarme como si pudiera descubrir todas mis mentiras con solo observarme unos segundos. O tal vez fuera su costumbre de llevarme la contraria incluso cuando sabía que no tenía razón.
Su pelo negro, largo y liso, siempre parecía estar en su sitio. Su mirada, en cambio, era otra historia. Aquellos ojos marrones con pequeños reflejos verdes no se apartaban de mí cuando quería una respuesta.
Y lo peor era que empezaba a importarme lo que pensara.
No debería.
Llevaba demasiado tiempo aprendiendo a mantener a la gente a una distancia prudente. Era más sencillo así. Sin preguntas incómodas, sin explicaciones innecesarias y, sobre todo, sin personas capaces de convertirse en un punto débil.
Kiara parecía empeñada en complicarme la vida.
Y ni siquiera llevábamos tanto tiempo trabajando juntos.
Me pasé una mano por el pelo y volví a concentrarme en la pantalla del ordenador. Tenía varios informes pendientes, pero llevaba casi diez minutos leyendo el mismo párrafo sin enterarme de nada.
La conversación de aquella mañana seguía rondándome la cabeza.
Había preguntado por mi familia.
Podría haber sido simple curiosidad. Al fin y al cabo, estábamos trabajando en una empresa con años de historia y era normal que quisiera conocer sus antecedentes. Sin embargo, había algo en la manera en que formuló la pregunta que me hizo pensar que sabía más de lo que decía.
Y eso no me gustaba.
A las seis y media, cerré el último documento y recogí mis cosas. Necesitaba salir de allí antes de que alguien decidiera hacerme otra pregunta sobre el proyecto.
Cuando llegué al aparcamiento, saqué el teléfono del bolsillo.
Tres llamadas perdidas.
Dos mensajes.
Todos de Lorenzo.
Solté el aire lentamente y abrí la conversación.
LORENZO: ¿Estás en Aureon Group?
LORENZO: Thiago, sal de ahí. No sabes en qué te estás metiendo.
Me quedé mirando la pantalla.
Mi hermano llevaba años intentando decidir qué debía hacer con mi vida. Desde lo ocurrido seis años atrás, parecía convencido de que podía protegerme manteniéndome alejado de cualquier cosa relacionada con Aureon.
Pero yo ya no era un niño.
Y no pensaba marcharme sin averiguar qué estaba pasando.
Escribí una respuesta, la borré y volví a escribirla.
THIAGO: Sé perfectamente dónde estoy.
Su respuesta llegó casi de inmediato.
LORENZO: Entonces compórtate como si también supieras por qué no deberías estar ahí.
Apreté la mandíbula.
Siempre lo mismo. Advertencias, silencios y frases a medias. Lorenzo podía pasarse horas diciéndome lo que no debía hacer, pero nunca encontraba el valor para explicarme qué demonios había ocurrido.
Guardé el teléfono y me dirigí hacia mi coche.
Antes de subir, recibí otro mensaje.
LORENZO: No cometas el mismo error dos veces.
Esta vez no contesté.
No pensaba discutir con él en mitad del aparcamiento. Además, había alguien más ocupando mis pensamientos y, por desgracia, no era precisamente mi hermano.
Kiara.
La cena había sido idea mía. No tenía ninguna obligación de aceptar, y mucho menos de hacerlo después de nuestras últimas discusiones. Sin embargo, había aceptado.
Todavía no tenía claro si eso significaba algo o si simplemente quería seguir interrogándome fuera del horario laboral.
Con ella nunca se sabía.
★★★★★
A las nueve de la noche, entré en el restaurante que había elegido.
No era mi sitio favorito, pero ofrecía suficiente tranquilidad para mantener una conversación sin tener que levantar la voz cada dos minutos. Además, conocía al encargado y sabía que no nos interrumpirían constantemente.
Llegué unos minutos antes y elegí una mesa apartada.
Mientras esperaba, revisé un par de mensajes de trabajo. Intenté concentrarme en ellos, pero terminé mirando la hora por tercera vez en menos de cinco minutos.
No era impaciencia.
Simplemente, no me gustaba esperar.
Eso me repetí cuando la vi entrar.
Kiara llevaba el pelo suelto y una expresión que dejaba bastante claro que ya tenía alguna queja preparada. Miró alrededor antes de localizarme y se acercó a la mesa.
—Pensaba que te echarías atrás —comenté cuando llegó.
—Y yo pensaba que elegirías un sitio menos pretencioso.
Levanté una ceja.
—¿No te gusta?
—He dicho que es pretencioso, no que sea malo.
Miré a nuestro alrededor, fingiendo examinar el restaurante por primera vez.
—Ilumíname. ¿Qué tiene de pretencioso?
—Las lámparas, las mesas, las copas… Creo que hasta los camareros parecen saber cuánto cuesta cada cosa.
No pude evitar una sonrisa.
—Podrías haber elegido tú el sitio.
—No sabía que tenía que organizarte también la cena.
—Tranquila, signorina. La próxima vez te dejo elegir.
—¿Quién ha dicho que vaya a haber una próxima vez?
—Nadie. Pero me gusta tener esperanza.
Kiara puso los ojos en blanco y se sentó.
—Eres insoportable.
—Y, aun así, has venido.
—Por curiosidad.
—Claro.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa. La de alguien que cree que acaba de ganar una discusión.
Sonreí mientras cogía la carta.
—Todavía no hemos empezado a discutir.
—Dame cinco minutos.
—Te doy tres.
Por primera vez desde que había llegado, sonrió de verdad. Fue un gesto breve, casi involuntario, pero suficiente para hacerme olvidar durante un instante que aquella cena probablemente terminaría con otra discusión sobre Aureon.
Aparté la mirada y fingí concentrarme en la carta.
No tenía ninguna intención de analizar por qué me había fijado tanto en aquella sonrisa.