Donde termina la mentira.

Prólogo.

Estela Beltrán salió temprano de la oficina aquel día. Quería darle una sorpresa a Devon y, finalmente, aceptar ser su novia.

Siete años de persistencia por parte de él merecían una oportunidad; se había esforzado tanto por conquistarla que sentía la necesidad de retribuírselo.

Sabía que no lo amaba, ¿pero el amor no se construía con el tiempo? Devon era atractivo, educado, elegante y de una posición económica impecable. Siempre estaba al pendiente de ella. El único problema real era que Estela jamás había logrado entregarle el corazón. Era como si un muro de hielo la mantuviera siempre a la distancia.

Decidida a romper ese muro, preparó los detalles para una pequeña celebración. Con el regalo entre las manos, se dirigió directamente a la suite VIP del hotel donde él se hospedaba.

Al llegar, deslizó la tarjeta y abrió la puerta con extremo cuidado. Dejó el paquete sobre la mesa del recibidor y sacó el teléfono. Abrió la cámara, lista para capturar desde el inicio la sorpresa de Devon. Con la grabación avanzando en silencio, caminó hacia la recámara principal. Sin embargo, un rastro de ropa esparcido por la alfombra la obligó a detenerse.

Frunció el ceño. ¿Por qué no se ha cambiado?

Se acercó a la puerta, que estaba entreabierta. Justo cuando iba a empujarla, una risa ahogada y una conversación ajena la congelaron en el sitio.

—No te preocupes, preciosa. Aunque esté junto a ella, yo solo te deseo a ti —la voz de Devon resonó con una arrogancia que Estela jamás le había escuchado—. Tú sabes muy bien que jamás me interesaría alguien tan aburrida.

Un vacío helado le perforó el estómago. ¿Aburrida? ¿Está hablando de mí?

—Pero, cariño, llevas tanto tiempo persiguiéndola. ¿No crees que es injusto para ella? —preguntó una voz de mujer, arrastrando las palabras con malicia.

—¿Injusto? ¡Por favor! Injusto es que yo haya tenido que rebajarme a cortejar a esa tipa. ¿Quién se cree que es? Pero ya estoy a nada de que caiga. Es una criatura tan patética que, con mostrarle un cacho de afecto y un par de frases ensayadas, olvida todo el sentido de la realidad. Así operó en el pasado y así funcionará ahora. El control es mío.

Estela apretó el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. La cámara en su mano, apuntando instintivamente hacia la rendija, seguía devorando los segundos de la peor verdad de su vida. La humillación le quemó la garganta. ¿Así es como me ve? ¿Una idiota patética que puede doblar a voluntad?

—¿Y ya no tienes miedo de que se entere de lo que pasó hace siete años?

El corazón de Estela dio un vuelco violento. ¿Siete años? ¿Qué pasó hace siete años?

—No hay pruebas, lo borré todo —respondió Devon con suficiencia—. No dejó rastro de nada. Y aunque sospechara, no tiene cómo comprobarlo.

El aire se volvió plomo en sus pulmones.

—¿De verdad mataste a esos niños, Devon? ¿Ni siquiera porque eran de tu propia sangre?

El mundo alrededor de Estela se fragmentó. El sonido exterior desapareció, dejando solo un pitido agudo en sus oídos. ¿Niños? ¿Qué niños?

—Claro que no, mi amor —escuchó que él se levantaba de la cama sus pasos resonando en el piso—. Solo los boté en un orfanato de mala muerte lejos de aquí. No soy un monstruo desalmado, simplemente mi paciencia no soporta la presencia de los mocosos. Solo lloran, ensucian y habrían constituido un estorbo intolerable para alcanzar mi verdadero objetivo: sus bienes familiares. Me voy a adueñar de todo el imperio de ALIMEX en cuanto firmemos el matrimonio.

Las piernas de Estela cedieron. Tuvo que apoyarse contra el marco de la puerta para no desplomarse. El suelo pareció inclinarse.

No. No, por favor. No me hagas esto.

Durante siete años, había cargado con una culpa maldita que la carcomía por dentro. Siete años llorando sobre tumbas vacías, pensando que su propio cuerpo le había fallado a sus bebés, que había sido demasiado débil para mantenerlos con vida en el parto.

¿Estuvieron vivos todo este tiempo? ¿Mis hijos están vivos?

Las lágrimas le nublaron la vista por completo, pero la tristeza duró apenas un segundo. Una oleada de rabia pura, volcánica y destructiva, sustituyó al dolor. ¿Dónde están? ¿Qué les hiciste, infeliz?

—Ya deja de decir estupideces y ayúdame a arreglarme —ordenó Devon a la mujer, su tono peligrosamente irritable—. Estela ya debe venir en camino y, si arruinas mis planes, soy capaz de acabar contigo también. Así que te callas.

Estela sintió el impulso salvaje de empujar la puerta. Quería entrar, enterrarle los dedos en los ojos, obligarlo a pagar por cada día que pasó llorando a sus hijos muertos. Podía matarlo ahí mismo.

Cerró los puños, temblando de furia. Pero el llanto imaginario de sus bebés pareció resonar en su cabeza.

No. Primero mis hijos. Si lo mato ahora, nunca sabré dónde están.

Tragándose el grito que le desgarraba el pecho, detuvo la grabación con los dedos temblorosos y guardó el archivo. Retrocedió a ciegas, tomó el regalo de la mesa para no dejar rastro y salió de la suite, arrastrando los pies como si pesaran toneladas.

Entró al ascensor y, en cuanto las puertas metálicas se cerraron aislándola del mundo, se derrumbó. Se deslizó por la pared hasta quedar de rodillas, ahogándose en su propio llanto. Mis bebés están vivos. Están vivos.

Al llegar a la planta baja, se obligó a levantarse por puro instinto de supervivencia. Pasó de largo por la recepción, ignorando las miradas, y se metió al primer baño que encontró.

Apenas logró entrar a uno de los cubículos antes de que el asco la doblegara. Se arrodilló frente al inodoro y vomitó el desprecio, el horror y los siete años de mentiras que se había tenido que tragar.

Se limpió los labios con el constante temblor de la adrenalina pura recorriéndole las venas. Le dolía cada fibra del cuerpo y el alma estaba fragmentada; pero cuando levantó la cabeza para mirarse fijamente en el reflejo del espejo del tocador, sus ojos verdes ya no eran los de una víctima sumisa. Había una certeza de piedra, fría, implacable y con firma autorizada detrás de sus lágrimas.



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En el texto hay: venganza, familia humor

Editado: 21.10.2026

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