Donde termina la mentira.

Capitulo 1: Rompecabezas de ceniza.

Estela Beltrán salió temprano de la oficina aquel día. Quería darle una sorpresa a Devon por su cumpleaños y, finalmente, aceptar salir con él. Sentía que se había esforzado bastante por agradarle durante todos esos años y quería retribuírselo de alguna manera.

Llevaban siete años conociéndose. Se habían cruzado en un bar, cuando Estela salió de fiesta con unas amigas. Poco tiempo después descubrió que estaba embarazada, pero, lamentablemente, no pudo conservar a sus bebés. Devon había estado a su lado en el hospital, sosteniendo su mano en la oscuridad de la pérdida.

Estela sentía que le debía la vida. Cuando era más joven perdió a sus padres en un accidente automovilístico; fue Devon quien la ayudó con los trámites legales y los preparativos del funeral. Durante el embarazo posterior, él estuvo pendiente de cada consulta, apoyándola hasta el final, incluso cuando el futuro parecía desmoronarse. Después de perder a los gemelos, se sumió en una depresión tan profunda que se negó a iniciar una relación formal con él. Estaba demasiado devastada para amar a alguien.

Ahora, siete años después, comenzaba a pensar que quizá ya era tiempo de construir algo juntos. Devon era bien parecido, educado, elegante y de una posición económica impecable. Siempre procuraba estar pendiente de ella. Solo existía un problema: Estela nunca había conseguido poner su corazón en él. Era como si un muro de hielo los dividiera.

Tal vez el amor también pueda construirse con el tiempo, pensó. Así que decidió darle una oportunidad.

Le pidió a su asistente que la ayudara a preparar los detalles. Al llegar al hotel donde Devon se hospedaba, revisó que todo estuviera organizado en el salón antes de dirigirse directamente a la habitación VIP donde él se cambiaba.

Abrió la puerta con extremo cuidado para no hacer ruido. Dejó el regalo sobre la mesa del recibidor y sacó su teléfono. Abrió la cámara y presionó el botón de grabar, lista para capturar desde el inicio la expresión de sorpresa de Devon y después burlarse un poco de él. Con la pantalla encendida, avanzó por el pasillo.

Sin embargo, algo llamó su atención. Había ropa de mujer esparcida por la alfombra.

Frunció el ceño. ¿Todavía no se ha cambiado? ¿De quién es eso?

Se acercó a la puerta de la recámara, que estaba entreabierta. Estaba a punto de empujarla cuando una risa ahogada y una conversación la dejaron completamente paralizada.

—No te preocupes, preciosa. Aunque esté junto a ella, yo solo te deseo a ti —la voz de Devon resonó con una arrogancia que Estela jamás le había escuchado—. Tú sabes muy bien que jamás me interesaría alguien tan aburrida como ella.

Estela sintió que algo se encogía de golpe dentro de su pecho. El impacto la congeló, pero sus dedos, por puro instinto, mantuvieron el teléfono elevado, apuntando directamente hacia la rendija de la puerta mientras la cámara seguía registrando cada palabra.

¿Ella? ¿Está hablando de mí?

—Pero, cariño, llevas tanto tiempo persiguiéndola. ¿No crees que es injusto para ella? —preguntó la otra mujer.

—¿Injusto? ¡Ja! Injusto es que yo haya tenido que rebajarme para cortejarla. ¿Quién se cree que es? —respondió Devon con absoluto desprecio—. Pero no te preocupes. Ya estoy a nada de conseguir que caiga ante mis encantos. Es tan patética que, con mostrarle un poco de cariño, olvida todo lo demás. Así fue antes y así será ahora.

Estela apretó con fuerza el teléfono entre sus dedos, sintiendo que la pantalla le quemaba la piel. ¿Así es como me ve? ¿Una idiota patética?

—¿Ya no tienes miedo de que ella se entere de lo que pasó hace siete años? —preguntó la mujer.

El corazón de Estela dio un vuelco violento, golpeando contra sus costillas. ¿Qué pasó hace siete años?

—No hay pruebas. Lo eliminé todo. No dejé rastro de nada. Y aunque se entere, no tiene cómo comprobarlo.

Estela dejó de respirar. El aire se volvió plomo en sus pulmones.

—¿De verdad mataste a esos niños, Devon? ¿Ni siquiera porque eran de tu propia sangre?

El silencio que siguió pareció eterno, un abismo negro que se tragó el sonido del mundo.

—Claro que no, preciosa —respondió Devon mientras se levantaba de la cama—. Solo los abandoné en un orfanato cualquiera lejos de aquí. No soy un monstruo. Simplemente no me gustan los mocosos. Lo único que saben hacer es cagar y lloriquear todo el día. Solo habrían sido un estorbo para lograr mi verdadero objetivo: sus bienes. Me voy a quedar con todo cuando nos casemos.

Estela sintió que las piernas dejaban de responderle. Tuvo que apoyarse contra la pared para no desplomarse.

No. No puede ser. Mis hijos... Mis preciosos bebés no nacieron muertos.

El dolor de la verdad la atravesó como una cuchilla. Durante siete años había cargado con una culpa que la carcomía por dentro. Siete años llorando sobre tumbas vacías, pensando que su propio cuerpo le había fallado a sus bebés, que había sido demasiado débil para mantenerlos con vida en el quirófano.

Mis hijos están vivos. Todo este tiempo estuvieron vivos.

Las lágrimas comenzaron a agolparse en sus ojos, calientes y densas, pero la tristeza fue devorada de inmediato por una furia volcánica. ¿Dónde están? ¿Cómo pudiste hacerme esto, infeliz?

—Ya deja de decir tonterías y arréglate, ¿quieres? —dijo a la mujer con cierta irritación—. Estela va a llegar y, si arruinas mis planes, soy capaz de acabar también contigo.

Devon sonrió con suficiencia, mirándose al espejo.
—Así que guárdate para ti lo que hablamos si quieres llegar alto junto a mí. Deja tus celos de lado y ayúdame a arreglarme, Linda.

La mujer obedeció de inmediato. Sabía que Devon era capaz de cosas peores.

Estela quería entrar. Quería enterrarle los dedos en los ojos, romperle la cara contra el suelo. Quería matarlo. Se lo merece.

Pero entonces, el llanto imaginario de sus bebés resonó en su mente. No. No puedo desperdiciar este momento. Si lo confronto ahora, los va a mover de lugar. Necesito encontrarlos. Y necesito mantenerme cuerda para hacerlo.



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En el texto hay: venganza, familia humor

Editado: 21.10.2026

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