Donde termina la mentira.

Capitulo 2: Cifras y espinas.

Nickté se quedó inmóvil a mitad de la sala. Al ver las lágrimas correr sin freno por las mejillas de Estela, la rabia se le transformó en un vuelco de preocupación. Regresó a su lado, arrepentida.
—Lo siento, nena. Perdóname. Es que me vuela la cabeza que alguien te haga daño y lo sabes. Pero ya, respiro profundo. Prometo calmarme. Te escucho.

Estela respiró con dificultad, intentando estabilizar sus manos.
—Si solo hubiera estado saliendo con alguien más, te juro que me habría importado poco. Al contrario, habría sido la excusa perfecta para mandarlo al diablo y no volver a ver de cerca su cara de hipócrita… El problema no es la infidelidad, Niki. El problema es lo que escuché después. Mira esto.

Con los dedos temblorosos por la adrenalina, desbloqueó el teléfono, abrió el archivo del video y se lo extendió.

Nickté tomó el aparato con desconfianza y presionó reproducir. Estela apartó la vista, incapaz de volver a escuchar la voz de Devon, pero se dedicó a observar el rostro de su amiga. Fue una transformación devastadora.

Primero, las cejas de Niki se arquearon en una mueca de desprecio al escuchar las burlas de Devon. Luego, cuando el audio llegó a la mención de los siete años atrás, su expresión mutó a una confusión tensa. Pero cuando la voz de la otra mujer pronunció la palabra "niños", el color abandonó por completo el rostro de Nickté. Sus ojos se abrieron desmesuradamente, fijos en la pantalla, mientras la voz cínica de Devon confesaba haber falsificado las actas y haber botado a los gemelos en un orfanato lejano para quedarse con la herencia.

El teléfono comenzó a vibrar en las manos de Nickté, sacudido por el temblor de sus propios brazos. Las lágrimas le brotaron de golpe, cargadas de un horror tan profundo que la dejó sin aire.
—Cariño… no puede ser. Esto es una monstruosidad. ¡Es un monstruo! —susurró, con la voz ahogada por el asco y el espanto—. ¿Cómo pudo hacerte semejante atrocidad? ¿Cómo pudo jugar así con tu vida?

Nickté apenas podía contener el llanto que le partía el pecho y la furia que amenazaba con hacerla estallar. Deslizó el celular sobre el sillón, incapaz de seguir viendo el segundero del video.
—Tenemos que ir a la policía, Estela. Tenemos que refundir a ese bastardo en la cárcel y recuperar a los bebés. No puedo creerlo… Dios mío, pasaste siete años muriéndote por dentro.

Miró a Estela con los ojos empañados, cargados de una culpa que no le correspondía.
—Lo siento tanto, nena. Debí darme cuenta, debí investigar más en ese hospital, debí protegerte mejor…

No pudo terminar la frase. Se abalanzó sobre Estela y la rodeó con los brazos, apretándola contra su pecho como si intentara pegar los pedazos rotos de su alma. Estela se aferró a ella con la fuerza de un náufrago, hundiendo el rostro en su hombro, y ambas se rompieron en un llanto amargo, compartiendo un dolor que pesaba demasiadas toneladas para una sola persona.

—Mis bebés… —soltó Estela entre sollozos—. ¡Mis niños están vivos, Niki! No murieron en ese quirófano. Están en algún lugar de este país, creciendo sin saber quiénes son.

Se separó un poco del abrazo, tomando a Nickté por los hombros para obligarla a mirarla con una seriedad que helaba la sangre.
—Y tengo que recuperarlos. No voy a pasar un segundo más lejos de ellos. Tienes que ayudarme a ponerlos a salvo de esa bestia. Si Devon llega a sospechar que lo sé, es capaz de borrarlos del mapa para siempre. No sé qué haría si les pasa algo por mi culpa.

La voz de Estela se quebró al final, amenazando con caer de nuevo en el abismo, pero en el fondo de sus ojos verdes se encendió una chispa implacable. Era algo que Nickté no le había visto en siete años: esperanza, afilada como un cuchillo.

—¡Claro que sí, nena! —respondió Nickté con una firmeza que pareció hacer vibrar las paredes—. Sabes perfectamente que cuentas conmigo para lo que sea, y más si se trata de mis sobrinos. Vamos a mover el cielo, el mar y la tierra si es necesario, pero esos niños van a regresar a tus brazos. Te lo juro por mi vida.

Estela volvió a refugiarse en su abrazo, sintiendo por primera vez en casi una década que el aire entraba completo a sus pulmones. Aquella noche, las dos amigas permanecieron unidas en el suelo de la sala, llorando la pérdida del pasado y templando el acero para la guerra del futuro, hasta que el cansancio absoluto las dejó dormidas.

A la mañana siguiente, el departamento se sentía como un búnker. El sol entraba por la ventana, pero ninguna de las dos sentía calidez. Necesitaban trazar un plan, encontrar a alguien blindado contra el dinero de Devon Pineda, alguien que no temblara al escuchar su apellido.

Nickté llevaba casi veinte minutos caminando en círculos por la sala, intentando convencer a Estela de que se quedara encerrada. Su instinto protector estaba al límite; quería meter a su amiga en una burbuja donde Devon no pudiera tocarla.

Estela, fiel a su mente analítica, sabía que esconderse era el primer paso para perder. Tenía las manos entrelazadas sobre la mesa de la cocina, rígidas, y los ojos hinchados por el llanto de la madrugada, pero su mirada ya no era de dolor; era de cálculo.

—Necesitamos mover las piezas ya —dijo Estela, su voz sonando extrañamente fría—. Quedarnos aquí solo le da ventaja a él.

Nickté detuvo su caminata y dejó el celular sobre la barra con un golpe seco.
—¿Y a quién pretendes que busquemos, nena? ¿A la policía? Ya dijiste que Devon los tiene en la bolsa.

—A alguien que sepa escarbar en las alcantarillas de los hombres con poder sin que salte la alarma —respondió Estela, sin pestañear—. Alguien que sepa hackear el sistema corporativo.

Nickté frunció el ceño, cruzándose de brazos. Su temperamento impulsivo buscaba una solución rápida.
—¿Un detective privado de internet? Esos tipos se venden por dos pesos, Estela. Devon los compraría antes de que cruzaran la calle.



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En el texto hay: venganza, familia humor

Editado: 21.10.2026

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