En el Orfanato de la Paz, dos pequeños gemelos de siete años se encontraban apartados del resto. Ambos compartían una mirada traviesa mientras conspiraban en susurros detrás de los lavaderos.
—Fer, ¿qué haces? —preguntó la pequeña, estirando el cuello con curiosidad.
—Cass, ya tengo el nuevo plan. Ya sé cómo encontrar una mamá para nosotros. ¿Quieres que vayamos a intentarlo ahorita? —preguntó Fernando, con los ojos brillantes de emoción.
—¿En serio? —La niña lo miró con sospecha, cruzándose de brazos—. Pero nos pueden descubrir. Karla nos va a castigar sin postre.
—No pasa nada, tengo todo fríamente calculado —respondió él con una sonrisa orgullosa—. Primero salgo yo con los folletos que hicimos y nos turnamos para vigilar la entrada.
—¡Bien! ¡Vamos, vamos! Rápido, antes de que se haga más tarde —apremió Cassidy, con sus pequeños ojos bicolores brillando de pura adrenalina.
Se escabulleron hasta los arbustos del jardín trasero, donde se ocultaba un hueco entre los ladrillos, junto a la caseta de vigilancia. Al escuchar pasos, se pegaron contra la barda, conteniendo la respiración.
—Gracias por tu esfuerzo, nos vemos mañana. ¡Que tengas un lindo día! —dijo Carla, la directora, despidiéndose del guardia con una sonrisa.
En cuanto se dio la vuelta, los dos niños se deslizaron a gatas por debajo del muro, rápidos como lagartijas. Una vez libres en la calle, corrieron hasta la plaza más cercana, donde comenzaron a pegar sus carteles en los postes de luz con un trozo de cinta adhesiva.
—Fer, ¿tú realmente crees que esto funcione? —preguntó Cassidy, arrastrando los pies con cierta inquietud—. La gente grande es medio rara.
—¡Claro que sí! Solo mira lo bien que dibujé los corazones. Seguro conseguimos que nos llamen hoy mismo —respondió Fernando, con absoluta confianza.
—Pero, Fer, ¿cómo van a saber a qué niño adoptar? —preguntó ella, contrariada—. No pusimos nuestros nombres.
—Cass, si ponemos nuestros nombres puede ser peligroso. Algún loco o raro podría encontrarnos, mejor cuando lleguen los entrevistamos —respondió el niño con gravedad infantil.
La niña se quedó pensando unos segundos, asimilando la lógica de su hermano.
—Bueno, pero el próximo plan me toca a mí. Recuerda que tú buscas a una mami y yo a un papi.
—Hecho. ¡Vamos! Hay que regresar antes de que noten que no estamos en el comedor.
En el camino de regreso, los gemelos observaban su entorno con precaución. De pronto, Cassidy se plantó en seco, apretando las piernas.
—Hermano, quiero ir al baño. Ya.
Fernando echó un vistazo a los alrededores y divisó los sanitarios públicos del parque.
—Bien. Pero haz rápido. Te espero justo aquí en la puerta, no te muevas.
Tras salir del cubículo, la pequeña se sacudió el vestido y se acomodó las calcetas. Iba tan distraída que, al doblar la esquina a toda prisa, rebotó contra un muro de tela y cayó de sentón al suelo.
—¡Ay, no...!
Asher Foster se detuvo al sentir el impacto y bajó la mirada hacia la criatura que acababa de chocar con él.
—¿Estás bien?
Cassidy levantó la cabeza, sobándose la retaguardia.
—Chocaste conmigo —declaró con su vocecita infantil, arrugando la nariz sin disimular para nada su disgusto.
A Asher le pareció sumamente divertido el desplante de la niña. Se agachó, quedando a su altura, y le ofreció la mano para ayudarla a levantarse.
—¿Te lastimaste, pequeña?
—Claro que no... —respondió ella. Sin embargo, en cuanto detalló el rostro del hombre, se quedó completamente perpleja.
Cassidy siempre había tenido debilidad por las caras bonitas y, para su sorpresa, aquel hombre era un príncipe de cuento.
—Bueno... mmm... Déjame pensar si me duele en algún lado —corrigió de inmediato, fingiendo indiferencia mientras se sacudía el polvo.
Asher la observó durante unos segundos, conteniendo la risa al notar que la niña estaba perfectamente sana y solo estaba actuando.
—Entonces, ¿quieres que llamemos a una ambulancia y te lleve al hospital?
—Oh, no, eso no será necesario —rechazó Cassidy con rapidez, agitando las manos—. Pero podrías invitarme un helado de compensación.
Asher levantó una ceja, asombrado por la audacia de la pequeña.
—¿Un helado?
—Es un precio razonable por el golpe —dictaminó ella con astucia, usando un tono tan dominante que no dejaba espacio para réplicas.
Asher soltó una carcajada. Aquella niña era una criatura sumamente peculiar.
—Está bien, trato hecho.
—¡Fer! ¡Corre! ¡El señor guapo nos va a invitar un helado! —gritó Cassidy hacia la esquina.
Asher levantó la vista para ver al niño que se acercaba corriendo a toda prisa... y se quedó completamente inmóvil. El aire se le atoró en los pulmones. Por un instante pavoroso, sintió que estaba mirando su propio reflejo, pero siete años atrás.
Era la misma forma almendrada de los ojos. El mismo cabello oscuro y rebelde. Incluso reconoció aquella pequeña arruga que el niño hacía entre las cejas al mirarlo con desconfianza. Su corazón dio un vuelco violento, doliéndole en el pecho.
No. Es imposible. Borra eso de tu mente.
Él solamente había tenido un hijo. Y su hijo había muerto hace ya algún tiempo. Apartó la mirada hacia el suelo, molesto consigo mismo por dejar que su imaginación volara tan lejos. Solo es una coincidencia. La explicación lógica debió ser suficiente para tranquilizarlo, pero no pudo evitar que una punzada de profunda tristeza le rasgara el alma. Uriel habría tenido exactamente esa edad en este momento.
Quizá si me hubiera enamorado de Maya... todo habría sido diferente. Tendría a mi hijo aquí. La culpa, esa vieja sombra que nunca lo abandonaba, volvió a instalarse en sus hombros.
—Cass, ¿cuántas veces te he dicho que no extorsiones a los desconocidos? ¿Qué tal si es una trampa? —lo regañó Fernando, cruzándose de brazos e intentando sonar como un adulto autoritario.