Donde termina la mentira.

Capitulo 4: Fragmentos borrosos.

Mientras esperaba la llegada de la persona con la que se reunirían en la oficina, Estela cerró los ojos y se recostó ligeramente en la silla. Por primera vez en siete años, permitió que aquella fatídica noche regresara a su memoria.

(Siete años atrás…)

Aún recordaba la música vibrando en las paredes, las risas ajenas y las luces de colores cegando sus ojos. Estela se había detenido frente a la entrada del club al que sus amigas la habían arrastrado. Querían celebrar que había conseguido ingresar a una de las mejores escuelas de comercio del país con las calificaciones más altas. También era la despedida de su prima Mara, quien se marcharía al extranjero en menos de tres semanas.

Debería estar feliz. Sentía que las tres entraban en una nueva etapa. Sin embargo, una persistente incomodidad le oprimía el pecho; ella no acostumbraba frecuentar sitios así. Su vida era mucho más tranquila en casa, rodeada de su familia y sus libros.

—No te pongas nerviosa, Estela. Solo diviértete —le dijo Nickté, su mejor amiga, dándole un leve empujón.

—En eso debo estar de acuerdo con Niki. Solo serán un par de tragos. Nada del otro mundo —convino Mara, sonriendo con suficiencia.

—La verdad, estoy muy nerviosa. Nunca había hecho esto… —admitió Estela, acomodándose el vestido.

—Entramos, bailamos, tomamos algo y regresamos rápido. Cuando menos lo esperes, estaremos de vuelta —insistió Nickté, intentando infundirle valor a su amiga… y quizá también a sí misma.

Mara tomó las manos de ambas y las arrastró hacia el interior. El estruendo de la música las envolvió de golpe. Una multitud bailaba en la pista bajo destellos intermitentes que iluminaban cada rincón. Era la primera vez que pisaban un lugar así. Estela tomó una bocanada de aire y se dejó guiar por su prima.

Al llegar a la barra, Mara apoyó una mano sobre el mostrador y le sonrió con coquetería al bartender.
—Hola, guapo. Queremos celebrar, así que dime, ¿qué tengo que hacer para que nos dejes pasar al área VIP?

El hombre les echó un vistazo rápido y sonrió, halagado.
—Mira, linda, a ustedes las dejo pasar gratis. Se ve que no causan problemas. —Les guiñó un ojo antes de hacerles una seña para que lo siguieran.

—Gracias, guapo.

Las tres entraron a la zona exclusiva. Al principio se mantuvieron apartadas, observando el entorno, pero poco a poco el ambiente las fue atrapando. Después de un rato, Nickté y Estela se sentaron en uno de los sillones para descansar; sus cuerpos no estaban acostumbrados a ese ritmo.

—Voy por unas bebidas —anunció Mara, dándose la vuelta—. No se muevan de aquí.

Mientras ella se alejaba hacia la barra, un par de jóvenes se acercaron a su mesa para invitarlas a bailar. Parecían amables y atentos, así que aceptaron. La música las envolvió en la pista.

—Veo que mi amigo quedó fascinado con ella —comentó uno de los muchachos con una sonrisa, señalando hacia el fondo de la pista.

Estela miró en esa dirección. Su pareja de baile se movía con una elegancia innata, guiándola con una seguridad que la dejó desarmada.

—Sí. Es extraño, ¿sabes? A ella no le cae bien casi nadie.

La chica sonrió, divertida. Intentó observar mejor las facciones del hombre que bailaba con ella, pero la poca iluminación y los destellos de colores se lo dificultaban. Además, los tragos comenzaban a hacer un efecto extraño en su cuerpo, mucho más rápido de lo normal.

Estela tuvo problemas para mantener el equilibrio. Él lo notó de inmediato, sosteniéndola firmemente por la cintura.
—¿Te sientes bien?

—Sí… solo estoy un poco mareada.

—Será mejor que te sientes.

Estela asintió, sintiendo que el suelo se volvía inestable. Él la acompañó de regreso a las mesas y la ayudó a acomodarse. En ese preciso momento, Mara regresó cargando un vaso de agua.

—Estela, toma esto. Creo que te está sentando mal el ambiente.

—Gracias.

Bebió un poco mientras Mara observaba detenidamente al misterioso joven que la había escoltado. La prima sonrió de una manera que Estela estaba demasiado aturdida para notar.
—Oye, guapo, ¿me ayudas a llevar a mi amiga a una habitación para que se refresque y se le pase el mareo?

El hombre pareció incómodo ante la repentina cercanía de Mara, pero al mirar el estado de Estela, terminó por asentir.
—Claro. Lo haré.

—Espera… ¿y Niki? —alcanzó a balbucear Estela, mirando hacia la multitud.

Mara volteó hacia la pista de baile. Nickté seguía perdida entre la música con el otro chico.
—Ella está bien —dictaminó Mara después de unos segundos—. Llévala a la habitación 110. Yo estaré ahí pronto.

El joven asintió. Con total cuidado, la tomó del brazo y la condujo por el pasillo interior del establecimiento. Estela apenas podía mantener los párpados abiertos; una pesadez anormal le recorría las venas. Cuando llegaron al cuarto, él la ayudó a entrar y la recostó con suavidad sobre la cama.

Entonces, algo interrumpió el silencio. Un olor extraño y dulzón flotaba en el aire.

El hombre frunció el ceño, intentando enfocar la mirada.
—¿Qué es esto…?

No alcanzó a terminar la frase. Estela también percibió el aroma y la cabeza le dio un vuelco violento. El joven intentó reaccionar, avanzar hacia la puerta, pero sus pensamientos se volvieron cada vez más difusos, atrapados en una neblina densa. Algo estaba terriblemente mal en esa habitación. Y antes de que cualquiera de los dos pudiera comprender qué estaba sucediendo, el control se les escapó de las manos. Ambos perdieron la sensatez, entregándose así el uno al otro en una noche de sombras.

A la mañana siguiente, Estela despertó con un dolor de cabeza punzante. Se llevó una mano a la frente, quejándose en voz baja mientras intentaba incorporarse en el colchón. Al abrir los ojos, el pánico la congeló.

Contempló el desorden a su alrededor. La cama revuelta. Su ropa esparcida por el suelo.



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En el texto hay: venganza, familia humor

Editado: 21.10.2026

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