—¡Hola de nuevo! —lo interrumpió Cassidy, asomando su cabecita rizada entre los dos asientos delanteros antes de que él pudiera procesar el susto.
Asher giró lentamente la cabeza, con los ojos abiertos de par en par. Los dos niños estaban perfectamente sentados en la fila trasera, acomodándose la ropa y sonriéndole como si fuera lo más normal del mundo.
—¿¡Qué demonios hacen ustedes aquí!? —exclamó Asher, con el corazón en la garganta.
Fernando, manteniendo su habitual temple serio, estiró su pequeña mano y señaló hacia el parabrisas delantero.
—Señor Foster, va a ser mejor que avance si no quiere que el oficial de la esquina le ponga una multa. El semáforo ya cambió a verde y nos están tocando el claxon.
Asher miró al frente. Efectivamente, una fila de coches enfurecidos ya estaba pitando detrás de él.
—No puede ser... Esto es una alucinación —masculló.
Avanzó un par de calles con las manos apretadas al volante y, en cuanto encontró un área segura, se orilló. Apagó el motor de golpe y se giró por completo en su asiento para encararlos, cruzándose de brazos con severidad ejecutiva.
—Ahora sí, pequeños. ¿Podrían explicarme, paso por paso, qué está pasando aquí y cómo carajos burlaron la vigilancia de mi empresa?
Cassidy alzó la barbilla, sonriendo con un orgullo monumental.
—Te encontramos. Somos muy buenos espías.
Asher la miró, completamente confundido.
—¿Me encontraron? ¿Me estuvieron siguiendo?
—Ella lo vio primero en una revista que dejó Carla en la oficina —aclaró Fernando, delatando a su hermana con total descaro—. Vimos el logo de su coche y supimos dónde buscar.
—¡Y eso cuenta como trabajo en equipo! —reclamó Cassidy, dándole un codazo a su hermano.
Asher negó con la cabeza, flotando entre la incredulidad y una tremenda fascinación. Aquellos niños eran un peligro andante, increíblemente listos. A pesar de lo absurdo de la situación, una sonrisa genuina comenzó a dibujarse en las comisuras de sus labios.
—¿Y bien? ¿Ya pensó en las preguntas para nuestra entrevista? —atacó Cassidy, parpadeando con inocencia berrinchuda.
Asher frunció el ceño, divertido.
—¿Qué entrevista, pequeña comerciante?
—Pues la del puesto de papá, ¿cuál más? Necesitamos saber si tiene disponibilidad de horario y si sabe cocinar.
Fernando se llevó una mano a la frente, soltando un suspiro de profunda vergüenza ajena.
—Cass... por favor, te dije que no podíamos ser tan directos.
Asher no pudo contenerse más y soltó una carcajada limpia y sonora que inundó el espacio cerrado del coche.
—¿Todavía siguen con eso? Son implacables, de verdad.
Cassidy sonrió, contagiada por su risa.
—Es que era una muy buena oportunidad de negocios. Usted se ve que tiene presupuesto.
Asher volvió a negar con la cabeza, limpiándose una lágrima de la risa. Sin embargo, en un parpadeo, la expresión de Cassidy cambió por completo. La chispa pícara desapareció de sus ojos bicolores, siendo sustituida por una madurez triste y prematura que le encogió el estómago.
—Señor Foster... ¿podemos hablar contigo un momento? Pero en serio —pidió la niña, bajando la voz.
Fernando asintió a su lado, perdiendo toda su rigidez y mirando a Asher con unos ojos cargados de una súplica silenciosa.
—Es muy importante. De verdad necesitamos ayuda.
El tono de ambos había dado un vuelco de ciento ochenta grados. Asher dejó de sonreír inmediatamente; su instinto protector se encendió en alerta roja.
—Claro, niños. ¿Qué pasa? Cuéntenme.
Fernando titubeó, apretando las manos sobre sus rodillas antes de obligarse a hablar con su mente a toda marcha.
—Queremos su ayuda para buscar a nuestra mami. Sabemos que las mamás no se olvidan de sus hijos así porque sí... Siento que ella nos está buscando también, pero que no sabe dónde nos escondieron.
Cassidy continuó, complementando la idea de su hermano con un tono determinado pero vulnerable:
—O... o si ella de plano no puede, al menos ayúdenos a buscar a una familia buena que nos quiera adoptar a los dos juntos. No queremos que nos separen. Karla dice que a los niños grandes nadie los quiere adoptar juntos.
La pequeña metió la mano en su bolsita tejida, sacó un folleto nuevo, limpio y perfectamente doblado, y se lo entregó a Asher con las manos temblorosas.
—Hicimos más anoche. Actualizamos los datos.
Asher extendió la mano y tomó el papel con un respeto absoluto, sintiendo el peso de la desesperación de esas dos criaturas. Lo desdobló con cuidado bajo la luz del sol que entraba por el parabrisas y comenzó a leer el nuevo título que Fernando había dibujado con esmero en la parte superior.
SE BUSCA: UNA FAMILIA PARA PEQUEÑOS DE 7 AÑOS, LINDOS Y OBEDIENTES.
Esta vez no pudo reírse. El eco de su propia carcajada se extinguió de golpe en la cabina, devorado por un silencio denso. Algo en la atmósfera había cambiado por completo. Ya no parecía una ocurrencia infantil; aquellos niños realmente estaban lanzando un grito de auxilio, buscando con desesperación a alguien que los quisiera.
Asher bajó lentamente el folleto, sosteniéndolo por los bordes con un respeto que le calaba en los huesos. ¿Cuánto tiempo llevan haciendo esto? ¿A cuántos postes habrán pegado su vida?
Los observó a través del espacio entre los asientos, sintiéndose profundamente contrariado. Cassidy mantenía sus ojos bicolores clavados en él, buscando una respuesta, mientras Fernando mantenía los brazos rígidos a los costados, en un intento casi maduro de ocultar cuánto le importaba y le aterraba su veredicto.
—¿Por qué no se lo enseñan a la directora del orfanato? —preguntó Asher, forzando una voz suave—. Ella es la encargada de tramitar las adopciones legales.
Fernando bajó la mirada, fijándola en sus tenis gastados.
—Refiriéndome a que nosotros queremos una familia de verdad, señor Foster.