Donde termina la mentira.

Capitulo 8: Un movimiento inesperado.

Al otro lado de la ciudad, ajeno al juego de poder que se estaba gestando, Asher seguía ocupado frente al escritorio de su oficina, firmando documentos con rapidez.

Había tomado una decisión definitiva. No sabía cuántos años llevaban esos gemelos esperando que alguien en el mundo se preocupara por ellos, pero su instintito protector y su moral le impedía quedarse de brazos cruzados viendo una injusticia. Tomó una hoja membretada y comenzó a escribir una lista de indicaciones precisas con su bolígrafo.

—Quiero que todo esto esté listo cuanto antes —le indicó a Ben, entregándole la hoja—. Quiero que prepares un cargamento de suministros masivo para el Orfanato de la Paz. Asegúrate de que no les falte absolutamente nada.

Ben tomó la lista y levantó una ceja al leer los conceptos.
—¿Un cargamento, señor Foster?

—Sí. Alimentos no perecederos, productos de higiene personal, ropa nueva de su talla, útiles escolares de calidad… todo lo que consideres necesario para la estancia de los pequeños.

—¿Son los niños que conoció hace poco, señor? —preguntó su asistente, uniendo los puntos.

Asher asintió con un leve movimiento de cabeza, manteniendo la vista fija en su agenda. Ben guardó silencio durante unos segundos, dudando si era prudente romper la barrera profesional con su jefe, pero la curiosidad pudo más.
—¿Puedo preguntar por qué les está dando tanta importancia a estos dos niños en específico?

Asher dejó el bolígrafo sobre el escritorio de cristal con un golpe seco. No tenía una respuesta sencilla ni lógica para darle. Había conocido a Cassidy y a Fernando hacía apenas unas horas. No compartían su apellido, no eran hijos de algún socio importante y, técnicamente, no tenía ninguna obligación legal o financiera con ellos.

Y aun así… la frase de la niña seguía grabada a fuego en su mente.
Ya estamos acostumbrados a que nos digan que no.

Asher apretó ligeramente la mandíbula, sintiendo una oleada de frustración ajena.
—Porque necesitan ayuda, Ben. Es simple.

—Eso lo entiendo, señor —insistió Ben, observándolo con genuina sorpresa. Desde que trabajaba para él, jamás había visto a Asher Foster involucrarse emocionalmente con una causa o con un extraño—. Lo que no entiendo es por qué parece que a usted le afecta tanto a nivel personal.

Asher levantó la mirada, clavando sus ojos oscuros en su asistente con una seriedad absoluta.
—Porque son niños, Ben. Y ningún niño debería estar acostumbrado al rechazo.

La respuesta salió de su boca con una fuerza y una rapidez que lo sorprendieron a él mismo. Era el padre que llevaba dentro el que estaba hablando. Ben captó la advertencia en su tono y decidió no presionar más.
—Entendido, señor Foster. Me encargaré de que la logística salga hoy mismo.

—Una cosa más —lo detuvo Asher antes de que cruzara la puerta.

—¿Sí?

—No quiero mi nombre en ninguna de las cajas ni en las facturas de entrega. Hazlo de manera anónima, a nombre de la fundación de la empresa. No quiero que la dirección del orfanato empiece a hacer preguntas sobre mí.

Ben lo miró con sorpresa, pero asintió con respeto.
—Entendido, señor. ¿Algo más?

Asher pensó por un momento. La imagen de la mirada desconfiada de Fernando y la risa berrinchuda de Cassidy volvió a proyectarse en su mente, desafiando toda su lógica.
—Es todo. Retírate.

Ben salió de la oficina, cerrando la puerta tras de sí. Asher se quedó completamente solo en la inmensidad de su despacho. Miró el escritorio de madera fina durante unos segundos antes de dejarse caer contra el respaldo de su silla de piel, exhalando el aire con pesadez.

Aquella extraña e inexplicable sensación seguía ahí, instalada en el centro de su pecho. Una necesidad primitiva y feroz de protegerlos, de rescatarlos de ese anonimato frío en el que vivían. No sabía de dónde venía ese instinto, ni por qué reaccionaba así ante ellos. Y de momento, decidió que era mejor no hacerse esa pregunta. Su mente aún no estaba lista para aceptar la respuesta.

✨🧩✨🧩✨🧩✨

Mientras tanto, Estela permanecía sentada en su oficina con el teléfono todavía entre las manos. Había conseguido la reunión y eso debería tranquilizarla. Pero no lo hacía.

Oberlin Bustamante. Otro hombre poderoso. Otro hombre relacionado con Devon. Y ahora tendré que averiguar si era un posible aliado… o simplemente otro problema.

Estela dejó el aparato sobre la mesa y tomó las copias que Luis le había entregado. Sus ojos volvieron a detenerse en aquel nombre.

Maya Ferran.

Lo leyó una segunda vez. Y una tercera. No conocía a ninguna Maya Ferran. Pero alguien había utilizado ese nombre para registrar a sus hijos. Estela cerró lentamente la carpeta.

—¿Quién eres…?

No obtuvo respuesta. Solo el silencio de los muros. Y, por primera vez desde que había comenzado la búsqueda, Estela tuvo la certeza de que estaba persiguiendo algo mucho más grande y oscuro que Devon Pineda.

Algo que todavía no podía ver.

Estela llegó diez minutos antes de la hora acordada. Había elegido un restaurante discreto, convenientemente alejado de los lugares que Devon solía frecuentar. Aun así, durante todo el trayecto no pudo evitar mirar por la ventana, con el pulso acelerado, preguntándose si alguien la estaría siguiendo.

Tal vez estoy exagerando.

Pero la posibilidad de que Devon descubriera lo que estaba haciendo era demasiado peligrosa como para confiarse. Al entrar, recorrió el salón con una mirada rápida, forzándose a calmar los nervios. Sabía que debía pisar con plomo; si Devon se enteraba de aquella cita, pondría en riesgo la vida de sus hijos.

No conocía personalmente a Oberlin Bustamante. Solo sabía lo que el sector político murmuraba de él: un empresario con una influencia política masiva y, sobre todo, el principal rival de su ex. Un antihéroe que podía ser peligroso, pero que en ese momento representaba su única oportunidad de contraataque.



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En el texto hay: venganza, familia humor

Editado: 21.10.2026

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