Donde termina la mentira.

Capitulo 9: El arte de fingir.

Levantó la mirada, clavándola en ella.
—¿Tiene certezas o esto es un arranque de desesperación?

—Lo escuché admitirlo —sentenció Estela con firmeza.

—¿Cuándo?

—La noche de su fiesta de cumpleaños.

Oberlin entornó los ojos, reduciendo el espacio entre ambos.
—¿Él sabe que usted sabe?

—No —. Estela sostuvo su mirada sin parpadear. —Porque la ley en este país se vende al mejor postor, y usted es de los pocos rivales que Devon no ha podido comprar.

Una pequeña sonrisa apareció en los labios de Oberlin. No parecía divertido, sino más bien halagado por la precisión de sus palabras.
—Eso no me hace su amigo, señorita Beltrán.

—No vine a buscar un amigo. Sé perfectamente con quién estoy negociando —Estela se inclinó ligeramente hacia adelante, invadiendo su distancia—. No necesito confianza. Necesito un aliado con poder. —Hizo una breve pausa—. Necesito recuperar a mis hijos.

Oberlin permaneció en un silencio sepulcral.

No está negociando por dinero ni por acciones.

Eso cambiaba las reglas del juego. La mayoría de las personas que acudían a su despacho buscaban favores políticos, protección o lavado de capitales. Ella estaba buscando a dos niños y estaba dispuesta a destruir a Devon para recuperarlos.

El silencio volvió a caer sobre ellos. Finalmente, Oberlin deslizó la imagen entre sus dedos.
—Nombres.

—Cassidy y Fernando.

Él detalló nuevamente las facciones de los bebés antes de continuar con el interrogatorio técnico:
—¿Tiene los registros de nacimiento originales?

—No.

—¿Documentos de la clínica?

—Algunos, solo los reportes médicos durante mi tiempo de gestación.

—¿El acta de defunción falsa?

Estela negó con la cabeza, apretando los puños sobre el regazo.
—Devon se encargó de borrar cada rastro forense.

Oberlin dejó el papel sobre la madera.
—Entonces acepte que ese hombre ya eliminó cualquier cosa que lo vincule con ellos. No dejó cabos sueltos.

—Eso fue exactamente lo que le escuché decir en la grabación.

—¿Y aun así espera que yo los encuentre?

—Espero que su poder y sus contactos encuentren lo que a mí me es imposible. Usted llega a lugares donde el dinero de Devon no puede tapar agujeros.

Oberlin la observó fijamente, procesando la oferta.

Me está ofreciendo acceso a información que todavía no tengo.

Y eso le interesaba profundamente, aunque su naturaleza desconfiada lo mantenía alerta.
—¿Por qué debería comprarme este problema, señorita Beltrán?

Estela guardó silencio un par de segundos. Jugó su última carta; la más peligrosa de su baraja.
—Porque si Devon fue capaz de sostener esta mentira de casi siete años contra la mujer que prometió proteger... imagine lo que está planeando hacer contra su empresa en las próximas elecciones. —Oberlin no respondió—. Si usted me ayuda, yo le entrego las rutas de lavado y las cuentas fantasma que él oculta en sus auditorías. Si juego con usted, Devon cae primero.

Aquellas palabras cambiaron por completo la atmósfera. Oberlin dejó de verla como la víctima colateral de su enemigo.

Esta mujer vino armada y preparada.

Y eso le gustó más de lo que estaba dispuesto a admitir. No por empatía, sino por la posibilidad estratégica. Si aquella información de las cuentas fantasma era cierta, tenía en sus manos el detonante para destruir la fachada que Devon Pineda había construido durante años. Ahora sí tenían un motivo real para hablar de negocios.

—Tiene razón en algo —dijo finalmente, con una voz gélida y calmada—. Si Devon sospecha una sola línea de esto, las pocas pruebas que quedan van a desaparecer. —Hizo una breve pausa—. Y usted también.

Estela sintió una punzada de alivio en el pecho.
—Entonces cerramos el trato.

—Yo no he dicho eso.

Ella frunció el ceño, confundida. Oberlin tomó la fotografía por una esquina y se la deslizó de vuelta sobre el mantel.
—Dije que sus argumentos son válidos. El acuerdo requiere certeza absoluta y mi firma no opera a ciegas.

—¿Qué es lo que quiere?

—Quiero el panorama completo antes de mover mis piezas. —Oberlin sostuvo su mirada—. Toda la verdad.

Estela lo miró con abierta desconfianza.
—¿A qué se refiere con toda?

Oberlin se recostó en su asiento, cruzando una pierna con una calma imponente que denotaba su control como si estas situaciones fueran parte de su rutina.
—Quiero saber qué relación real tiene hoy con Devon y hasta dónde llega su beneficio en esto y que riesgos está dispuesta a asumir.

Estela apretó los dedos alrededor de la carpeta. La pregunta la irritó y encendió sus alarmas analíticas.
—Eso es un asunto privado. No le incumbe.

—Si voy a meter las manos al fuego para destruir a Devon, señorita Beltrán, hasta el aire que usted respira me incumbe. —Su tono no admitía réplicas.

Estela sostuvo la mirada del hombre. No confío en él. Pero tampoco podía permitirse el lujo de prescindir de su poder.
—Si resolvemos esto, tendrá todas sus respuestas sobre la mesa.

Oberlin estiró ligeramente las comisuras de los labios; una aprobación fría y calculadora.
—Me parece un precio justo, señorita Beltrán.

Estela recogió la carpeta y guardó la imagen de sus bebés. Las manos le temblaban levemente por la adrenalina, pero se obligó a ponerse de pie con dignidad. No había obtenido una promesa de caballero ni una palabra de consuelo, pero había conseguido lo que necesitaba desesperadamente: una pieza en el tablero con los recursos suficientes para iniciar la guerra.

Mientras caminaba hacia la salida, el miedo seguía instalado en su pecho. Sin embargo, había una pequeña certeza: ya no estaba completamente sola.

Oberlin permaneció sentado unos segundos después de que ella se marchara. Miró la puerta de cristal por la que había desaparecido su silueta y luego bajó la vista hacia el espacio vacío del mantel.



#1356 en Novela romántica
#135 en Thriller
#64 en Misterio

En el texto hay: venganza, familia humor

Editado: 21.10.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.