Donde termina la mentira.

Capitulo13: La fachada perfecta.

El teléfono de Estela vibró sobre el escritorio de su oficina. Ella lo miró de reojo antes de volver a concentrarse en los gráficos y análisis financieros que tenía frente a ella.

—¿Sigues buscando casas? —preguntó Niki desde el otro extremo.

—Sí.

—Llevamos casi dos horas viendo propiedades en el catálogo.

—Y ninguna sirve.

Nickté levantó una ceja, cruzándose de brazos.
—La primera tenía un jardín enorme.

—Demasiado expuesto a la calle.

—La segunda tenía cinco habitaciones.

—La zona departamental no me convence para ellos.

—La tercera tenía vigilancia privada las veinticuatro horas.

—La distribución interior era horrible.

Niki dejó caer la cabeza sobre la madera con un suspiro dramático.
—Estela... estás buscando una casa familiar o una fortaleza presidencial para el presidente.

Estela levantó la mirada, seria.
—Una casa.

—Claro. Una residencia con seguridad de alta gama, privacidad absoluta, habitaciones suficientes, jardín, buena ubicación, escuela cerca, hospital cerca y, supongo, ¿un refugio subterráneo debajo de la cocina?

Estela hizo una pequeña mueca analítica.
—No sería mala idea.

Niki la miró unos segundos, resignada.
—Definitivamente necesitas relajarte bastante.

Estela volvió a revisar los planos impresos.
—Necesito que los niños estén seguros. No voy a arriesgarlos.

La expresión exasperada de Niki cambió de inmediato, suavizándose.
—Lo sé, nena.

Estela guardó silencio, pasando los dedos sobre el papel.
—Quiero que tengan su propio espacio —dijo finalmente, en un murmullo—. Dos habitaciones separadas. No quiero obligarlos a compartir el dormitorio si no quieren.

—Son gemelos, Estela.

—Eso no significa que tengan que hacer todo juntos o carecer de privacidad.

Niki sonrió de lado, complacida.
—Tienes razón. Solo considera que al principio no querrán separarse.

Estela pasó otra página del catálogo.
—Lo sé — afirma con un suspiro— También quiero un jardín.

—¿Ves? Sí sabes lo que buscas.

—Y una cocina amplia.

—¿Para qué? ¿Para que yo vaya a cenar?

—Para cocinarles a mis hijos.

Niki abrió los ojos de par en par, sorprendida.
—¿Tú? ¿En la estufa?

Estela la miró con absoluta seriedad.
—Sé cocinar perfectamente.

—Eso no fue lo que pregunté, Beltrán.

Estela soltó una pequeña risa espontánea.
—No empieces, Niki. Solo digo que los pobres niños podrían terminar llamando al 911 tras el primer platillo.

—Nickté.

—Está bien, está bien, ya me callo. — tras una pequeña pausa continuo—. Mejor buscare una casa cerca de un hospital

Las dos rieron en complicidad. Por unos segundos, la densa tensión que Estela llevaba acumulando durante días pareció disiparse en el aire. Sin embargo, su mente analítica ya estaba escaneando otra anomalía en los gráficos de la computadora.

—Pero hay algo extraño en estos movimientos de capital de sus empresas fantasmas, Niki. Mira esto.

—¿Qué? —Nickté se inclinó sobre el borde del escritorio.

—Hace unos años, justo en la época del parto, hicieron una transferencia de fondos considerable a una institución de asistencia infantil.

Niki tomó la libreta de apuntes que Devon dejó la última vez. Como antes no habían desconfiado de el nunca invadieron su privacidad.
—¿Una donación benéfica para deducir impuestos? Es el truco clásico de Devon.

—Eso parece a simple vista.

—¿Y eso qué tiene de raro?

Estela señaló la fecha digital con la punta del bolígrafo.
—La fecha exacta, Niki. Coincide con la semana en que me metieron al quirófano.

Niki la observó y su expresión de molestia cambió poco a poco, tensándose.
—Espera... ¿me estás diciendo que...?

Estela asintió con una rigidez de piedra.
—Sí.

Niki volvió a fijar la vista en el dato financiero.
—Es prácticamente la misma época, Estela.

—Lo sé.

Durante unos segundos ninguna de las dos dijo nada. El espacio de la oficina se llenó de un silencio espeso. Estela sintió cómo el corazón comenzaba a latirle a un ritmo salvaje contra las costillas. No quería emocionarse; ya había aprendido que una esperanza sin pruebas físicas podía convertirse en la forma más destructiva de dolor.

—¿A qué institución fue a parar ese dinero de Devon? —preguntó Niki, con la voz apagada.

Estela tecleó rápidamente en el ordenador, ingresando al servidor privado de auditorías.
—Eso es lo que estoy rastreando en el registro. —Pasaron varios minutos de silencio tenso, donde solo se escuchaba el clic del mouse—. Aquí está. Lo tengo.

Niki se arrimó a la pantalla, entornando los ojos color ámbar.
—¿Qué dice el beneficiario del fideicomiso?

Estela leyó lentamente, sintiendo que el aire se le atoraba en la garganta.
—Orfanato de la Paz.

El silencio que siguió fue absoluto. Niki la miró con una mezcla de horror y esperanza. Estela no apartó los ojos de la pantalla, memorizando el nombre.
—¿Ese es el lugar donde...?

—No lo sé.

—Estela, las fechas...

—¡No lo sé, Niki! —Su voz salió más baja de lo esperado, rota por la adrenalina. Volvió a verificar el código de la transferencia, luego el monto millonario y finalmente la firma digital. Todo encajaba de una manera siniestra—. Coincide demasiado.

—¿Y si mis sobrinos están ahí metidos?

Estela cerró los ojos con fuerza, incapaz de terminar la frase en voz alta. Niki entendió el riesgo de inmediato.
—Tenemos que ir a comprobarlo en el perímetro, nena.

Estela asintió.
—Sí. Pero no podemos levantar sospechas.

—Podemos llamar a Luis Ortega para que investigue el lugar con su credencial de prensa.

—Todavía no. —Estela abrió los ojos, recuperando la frialdad de directora—. No quiero que nadie, ni siquiera Luis, sepa que estamos husmeando en ese lugar específico hasta estar seguras de lo que pisamos. Si Devon tuvo algo que ver con el traslado de los niños a esa institución, no quiero que descubra que estamos cerca del orfanato. Si huele la investigación, los va a desaparecer otra vez.



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En el texto hay: venganza, familia humor

Editado: 21.10.2026

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