Dos brest, un destino

parte 1

CAPÍTULO I
Quédense un momento

Ilustración 1. Fernando comparte su historia con sus compañeros en un aula de Medicina de Kiev.

La jornada de clases había terminado.

En el aula de Medicina de la Universidad Bogomolets, en Kiev, comenzaba ese movimiento casi automático que se produce cuando los estudiantes comprenden que por fin pueden regresar a sus habitaciones, buscar algo de comer o desprenderse durante unas horas de la disciplina académica. Eran aproximadamente las tres de la tarde y, después de una larga jornada, el hambre tenía ya argumentos suficientes para imponerse sobre cualquier conversación.

Los libros comenzaron a cerrarse. Algunas sillas se desplazaron. Alguien recogió apresuradamente sus apuntes.

Fernando permaneció sentado unos instantes. Conocía perfectamente aquella urgencia. Él también tenía hambre y ninguna razón práctica para prolongar la permanencia en el aula. Sin embargo, desde hacía algún tiempo llevaba consigo una historia que deseaba compartir con sus compañeros.

No pretendía impartirles una lección. Tampoco quería demostrar nada. Era simplemente una experiencia muy humana que le había ocurrido durante unas vacaciones de invierno, en un viaje a Montpellier, y sentía el deseo de contarla.

Esperó a que terminara la clase y, antes de que el grupo comenzara a dispersarse, les pidió:

—Quédense un momento.

Varias miradas se dirigieron hacia él.

—Nada en especial —añadió—. Solamente quiero compartir con ustedes una experiencia muy humana que me ocurrió durante un viaje de vacaciones de invierno a Montpellier.

La petición fue aceptada. Y aquella aceptación tenía cierto significado. A esa hora nadie estaba particularmente interesado en prolongar voluntariamente la jornada universitaria. El hambre comenzaba a convertirse en una preocupación concreta y las habitaciones, los comedores y la libertad de la tarde esperaban fuera del aula.

Pero se quedaron.

Eran aproximadamente diez o catorce compañeros. Casi todos eran buenas personas. Como ocurre en cualquier grupo humano que ha compartido suficiente tiempo, se habían establecido afectos, simpatías, reservas y pequeñas jerarquías emocionales que no necesitaban ser declaradas para existir.

Magai era un muchacho coreano, aunque formado dentro de la realidad soviética. Poseía una personalidad que provocaba cierta resistencia en algunos compañeros. Había personas cuya amabilidad, quizá excesivamente cuidadosa, podía ser interpretada como falta de espontaneidad. En él algunos percibían algo meloso, una manera de conducirse que despertaba dudas acerca de la sinceridad de sus gestos.

Estaba también un estudiante ruso de carácter carrerista, hacia quien existían reservas y desconfianzas. Fernando tampoco sentía por él una simpatía particular, y probablemente el sentimiento era recíproco. Aun así, decidió quedarse. Tal vez por curiosidad; quizá porque quería saber qué tenía Fernando que contar.

Y estaba Yuri Boikov.

Yuri pertenecía a otra categoría. Era uno de los pocos kievitas de cepa dentro del grupo. Alto, simpático e inteligente, transmitía una seguridad que hacía fácil aceptar su amistad. Su presencia no necesitaba imponerse. Fernando y él eran cercanos, y todos lo sabían.

Los demás compañeros constituían el tejido cotidiano del curso. Habían compartido clases, profesores, exámenes, prácticas, cansancio y esa peculiar convivencia que surge entre estudiantes sometidos durante años a una misma disciplina.

Conocían también a Fernando. En Neurología había destacado considerablemente, pero jamás había convertido su rendimiento en espectáculo. Nunca levantaba la mano para exhibir lo que sabía. Si un compañero necesitaba ayuda, en cambio, estaba dispuesto a ofrecerla. Para él aquello no representaba ninguna virtud extraordinaria. Era simplemente normal.

Fernando era ecuatoriano, llegado desde un mundo que para muchos de aquellos estudiantes debía parecer remoto. Su expresividad, su manera de hablar y su cabello ondulado lo diferenciaban físicamente de buena parte de sus compañeros. Pero hacía tiempo que había dejado de ser una presencia extranjera en el aula.

Era Fernando.

Había además algo en su manera de relacionarse con los demás que venía de mucho antes de Kiev. Cuando tenía quince o dieciséis años, conversando con su inseparable amigo Hugo en la esquina de García Moreno y Cuenca, en Guayaquil, había formulado una idea que terminaría acompañándolo durante buena parte de su vida:

—Nunca fui rico ni nunca fui pobre.

No era una reflexión económica. Era una declaración interior. Fernando nunca había conseguido organizar a las personas mediante una escala basada en el dinero, la belleza, el cargo o las posesiones. Si alguien se consideraba grande, podía hacerlo; Fernando no necesariamente lo veía así. Y si alguien se consideraba pequeño, tampoco estaba dispuesto a aceptar con facilidad aquella disminución.

No había personas demasiado importantes para acercarse a ellas. Ni personas demasiado insignificantes para prestarles atención.

Pero aquella tarde nadie estaba pensando en filosofía. Tenían hambre. Y Fernando quería contar una historia.



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En el texto hay: aventura, filosifia

Editado: 01.10.2026

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