La noche había comenzado como cualquier otra en la universidad.
Antonio acababa de salir de una de sus clases. Guardó sus apuntes en la mochila y salió al pasillo junto con algunos de sus compañeros.
—¿Ya te vas? —le preguntó uno de ellos.
—Todavía no. Tengo otra clase después.
—Ah, cierto. Nos vemos entonces.
—Nos vemos.
Antonio se quedó unos minutos en el pasillo. Revisó su teléfono y después levantó la mirada.
Fue entonces cuando vio a Griselda.
Ella estaba cerca de uno de los salones, revisando unas hojas que llevaba en las manos.
Antonio recordó el pequeño saludo que habían tenido días atrás.
Por un momento dudó si acercarse, pero finalmente decidió hacerlo.
—Hola.
Griselda levantó la mirada.
—Hola.
—¿Todo bien?
—Sí, solo estoy revisando algo de una tarea.
Antonio asintió.
—¿De Turismo?
—Sí. Tenemos que preparar un trabajo y ya quiero terminarlo.
—Debe estar pesado.
—Un poco. ¿Tú qué estudias?
—Derecho.
Griselda sonrió.
—Ah, Derecho.
—Sí.
—Debe ser complicado.
—A veces.
—Yo creo que no podría. Tendría que aprender demasiadas cosas.
Antonio soltó una pequeña risa.
—Yo tampoco sé si podría estudiar Turismo.
—¿Por qué?
—Porque tendría que estar viajando y organizando cosas todo el tiempo.
Griselda se rio.
—Bueno, tampoco es tan sencillo como parece.
—Supongo que no.
Durante unos segundos ambos se quedaron en silencio.
No era un silencio incómodo. Simplemente todavía estaban acostumbrándose a hablar entre ellos.
—Por cierto, soy Griselda —dijo ella.
Antonio la miró y sonrió.
—Antonio.
—Ya sabía tu nombre.
—¿Sí?
—Te he escuchado cuando pasan lista.
Antonio sonrió ligeramente.
—Entonces ya llevaba ventaja.
—Un poco.
Griselda guardó las hojas dentro de su carpeta.
—¿Siempre tienes clases de noche?
—Sí. ¿Tú también?
—Sí. Me queda mejor este horario.
—A mí también.
La conversación continuó unos minutos más.
Hablaron de los profesores, de las materias que tenían y de lo cansado que podía ser estudiar después de todo el día.
No hablaron de cosas demasiado personales.
Tampoco intentaron impresionar al otro.
Simplemente estaban conversando.
Como dos compañeros que comenzaban a conocerse.
—Bueno, tengo que irme —dijo Griselda al mirar la hora—. Todavía tengo que terminar unas cosas.
—Claro.
—Nos vemos, Antonio.
—Nos vemos, Griselda.
Ella se alejó por el pasillo mientras Antonio regresaba hacia su salón.
Por primera vez habían hablado realmente.
No había sucedido nada extraordinario.
No habían tenido una conversación especial ni habían descubierto grandes cosas el uno del otro.
Pero ahora ya no eran solamente dos estudiantes que se saludaban al pasar.
Ahora conocían sus nombres.
Y, poco a poco, comenzaban a conocerse.