Después de despedirse de Griselda, Antonio continuó su camino hacia casa.
La salida había sido sencilla. Habían conversado, bromeado y compartido un helado antes de separarse. No había sucedido nada extraordinario, pero se había llevado una buena impresión de aquella tarde.
Mientras caminaba, recordó la manera en que Griselda defendía su elección de helado de fresa y las bromas que habían intercambiado.
Sonrió ligeramente.
—Es bastante divertida —murmuró para sí mismo.
Después guardó las manos en los bolsillos y siguió caminando.
No tenía sentido pensar demasiado en ello. Griselda era una compañera con la que comenzaba a llevarse bien, y aquella salida había sido una buena oportunidad para conocerse un poco más.
Por ahora, eso era suficiente.
Al día siguiente, Antonio llegó a la universidad para asistir a sus clases nocturnas.
Como de costumbre, llevaba sus apuntes en la mochila y tenía en mente las actividades que debía completar antes de terminar la semana.
Se dirigió hacia el edificio donde tomaba sus clases y, al llegar al pasillo, reconoció a Griselda cerca de uno de los salones.
Ella estaba revisando unos documentos cuando levantó la mirada y lo vio acercarse.
—¡Hola, Antonio!
Él sonrió.
—Hola. ¿Cómo estás?
—Bien. ¿Tú qué tal?
—Todo bien. ¿Qué haces?
Griselda levantó las hojas que tenía en las manos.
—Revisando unas cosas de la universidad. Ya sabes, las tareas nunca terminan.
—Eso parece.
Ella guardó los documentos dentro de su carpeta.
—Por cierto, gracias por lo de ayer.
Antonio la miró con curiosidad.
—¿Por el helado?
—Sí. Me la pasé bien.
—Yo también. Estuvo agradable.
—Además, necesitaba distraerme un rato después de tantas clases.
Antonio asintió.
—Entonces habrá que repetirlo algún día.
Griselda sonrió, aunque respondió con naturalidad.
—Claro. Cuando tengamos tiempo.
No hicieron planes concretos. Ambos sabían que tenían responsabilidades y que sus horarios podían complicar las cosas, pero la posibilidad quedó abierta.
En ese momento, algunos estudiantes comenzaron a entrar al salón cercano.
Griselda miró hacia la puerta.
—Creo que ya me toca entrar.
—A mí también. Nos vemos después.
—Nos vemos, Antonio.
Ella se despidió y entró en su aula.
Antonio se quedó unos segundos en el pasillo antes de dirigirse a su propia clase.
La conversación había sido breve, pero le agradaba comprobar que la salida del día anterior no había vuelto las cosas incómodas entre ellos.
Al contrario, parecía que ahora podían hablar con un poco más de confianza.
Durante los siguientes días, sus encuentros en la universidad continuaron siendo sencillos.
A veces coincidían en los pasillos y se saludaban. Otras veces tenían unos minutos libres para conversar antes de entrar a clase.
No siempre hablaban de algo importante.
En ocasiones, Griselda le contaba alguna situación graciosa que había ocurrido durante sus clases de Turismo. Antonio, por su parte, le hablaba de las lecturas y actividades que tenía pendientes en Derecho.
Poco a poco, las conversaciones dejaron de limitarse a las preguntas habituales entre compañeros.
Una noche, mientras Antonio revisaba sus apuntes cerca del salón, Griselda se acercó.
—¿Estudiando otra vez?
Él levantó la mirada.
—Intentándolo.
—¿Tan difícil está la materia?
—No tanto. Solo hay bastante que leer.
Griselda se sentó en una silla cercana.
—Creo que todos los profesores se ponen de acuerdo para dejarnos tareas al mismo tiempo.
—Empiezo a pensar lo mismo.
Ella soltó una carcajada.
—Por lo menos no soy la única que lo piensa.
Antonio cerró su cuaderno por un momento.
—¿Y tú cómo vas con tus trabajos?
—Bien, aunque tengo que preparar una exposición.
—¿De qué trata?
Griselda comenzó a explicarle brevemente el tema y las cosas que todavía necesitaba organizar.
Antonio la escuchó con atención y le hizo un par de preguntas.
—Parece que ya tienes bastante avanzado —comentó.
—Eso espero. No quiero dejar todo para el último momento.
—Haces bien.
Griselda lo observó con una sonrisa.
—¿Tú siempre eres tan organizado?
Antonio soltó una pequeña risa.
—Intento serlo.
—Entonces voy a tener que aprender de ti.
—No exageres. También tengo mis días de desorden.
—Eso quiero verlo.
Ambos rieron.
Poco después, escucharon que el profesor se acercaba al salón y se prepararon para entrar.
—Bueno, te dejo estudiar —dijo Griselda.
—Nos vemos después.
—Suerte con tus apuntes.
—Suerte con tu exposición.
Ella se alejó y Antonio volvió a guardar sus materiales.
Aquella noche, mientras comenzaba su clase, se dio cuenta de que esperaba con agrado los momentos en que coincidía con Griselda.
No era algo que hubiera planeado. Simplemente había empezado a disfrutar de aquellas conversaciones.
Y eso le resultaba curioso.
Al terminar las clases, Antonio salió del edificio y encontró a Griselda cerca de la entrada.
—¿Ya vas de salida? —preguntó ella.
—Sí. ¿Tú también?
—Sí, por fin terminé todo por hoy.
Caminaron juntos unos metros antes de llegar al punto donde sus caminos se separaban.
—Bueno, nos vemos mañana —dijo Griselda.
—Claro. Que descanses.
—Tú también, Antonio.
Ella se despidió con una sonrisa y continuó su camino.
Antonio la observó alejarse por un instante antes de seguir en dirección contraria.
Recordó cómo habían comenzado a hablar días atrás, cuando apenas conocían sus nombres. Después vino la invitación al helado y, ahora, aquellas conversaciones que surgían con más facilidad.
No significaba que fueran mejores amigos de repente ni que existiera algo más entre ellos.