Los días posteriores a aquella salida por un helado transcurrieron con una tranquilidad que Antonio no había esperado.
Él y Griselda todavía tenían sus propias responsabilidades, sus clases y sus tareas, pero ahora se saludaban con mayor confianza cuando coincidían en los pasillos de la universidad. A veces intercambiaban unas cuantas palabras antes de entrar al aula; otras, aprovechaban los minutos libres para preguntarse cómo les había ido durante el día.
No eran conversaciones extraordinarias. Sin embargo, poco a poco, aquellos encuentros se habían convertido en una parte agradable de sus jornadas.
Una tarde, Antonio llegó al campus unos minutos antes de su primera clase. Llevaba una camisa bien acomodada, los apuntes de Derecho dentro de su mochila y el teléfono en la mano, donde acababa de revisar un mensaje de uno de sus compañeros.
Mientras caminaba hacia el edificio, recordó que tenía pendiente terminar una lectura para la siguiente sesión. Tendría que aprovechar cualquier momento libre para avanzar.
Estaba tan concentrado en sus asuntos que no prestó demasiada atención al cielo.
Las primeras gotas comenzaron a caer cuando se encontraba a varias calles de la universidad.
Antonio levantó la mirada.
—No puede ser —murmuró.
Aceleró el paso en busca de un lugar donde resguardarse, pero la lluvia se intensificó antes de que pudiera encontrar un techo. Cuando finalmente consiguió refugiarse bajo el toldo de un pequeño establecimiento, ya tenía la camisa empapada y el cabello húmedo.
Esperó unos minutos, esperando que la lluvia disminuyera. No sucedió.
Miró la hora y soltó un suspiro.
Tenía que llegar a clases.
Cuando la lluvia se volvió un poco más ligera, reanudó el camino. Para entonces, su camisa estaba tan mojada que la tela se le pegaba incómodamente al cuerpo. Además, el aire fresco que recorría las calles empezaba a hacerlo sentir incómodo.
Al llegar a la universidad, se dirigió a los sanitarios para intentar solucionar el problema. Se secó el cabello con una toalla de papel y revisó su camisa, pero estaba claro que no podría secarla en unos cuantos minutos.
Antonio abrió su mochila y comprobó que no llevaba otra prenda.
—Perfecto. Justo lo que necesitaba hoy —dijo para sí mismo.
No quería entrar a clase con la camisa empapada ni perder la sesión por aquella situación. Después de pensarlo un momento, decidió quitársela y guardarla en una bolsa para evitar que mojara sus cuadernos. Tendría que buscar una camiseta seca o pedir ayuda a alguno de sus amigos.
Por el momento, solo quería llegar al edificio de aulas.
Lo que no imaginaba era que su llegada llamaría la atención de alguien en particular.
Griselda se encontraba cerca de uno de los pasillos, conversando con una compañera de Turismo. Habían terminado de revisar unos detalles de su trabajo y ahora discutían qué necesitaban llevar para la siguiente clase.
—Creo que ya tenemos casi todo —comentó Griselda—. Solo falta revisar la última parte.
—Sí, mañana podemos terminarla antes de entrar.
Griselda asintió y guardó sus apuntes en la mochila.
Fue entonces cuando notó que algunos estudiantes miraban hacia la entrada del edificio.
Al principio no les prestó atención. Sin embargo, una voz a su lado hizo que volviera la cabeza.
—¿Ese no es Antonio?
Griselda siguió la mirada de su compañera.
Y lo vio.
Antonio caminaba hacia el edificio sin camisa, con la mochila colgada de un hombro y una expresión de evidente fastidio por lo ocurrido.
Griselda se quedó callada durante unos segundos.
No esperaba encontrárselo así.
Hasta ese momento, siempre lo había visto vestido como de costumbre. La imagen le resultó tan inesperada que tardó en reaccionar. Después, apartó la mirada y fingió concentrarse en los apuntes que tenía entre las manos.
—¿Qué le pasó? —preguntó su compañera.
—No lo sé —respondió Griselda, procurando sonar indiferente—. Tal vez se mojó con la lluvia.
—Pues parece que sí.
—Supongo.
Su compañera la miró de reojo y sonrió.
—¿Por qué estás tan seria?
—No estoy seria.
—Acabas de quedarte mirando hacia allá y ahora ni siquiera me miras a mí.
Griselda sintió que se le calentaban las mejillas.
—Es que estaba pensando en el trabajo que tenemos que terminar.
—Claro, el trabajo.
—¡Es verdad!
Su compañera soltó una carcajada.
Griselda también terminó riéndose, aunque decidió no darle más explicaciones. No quería admitir que la inesperada aparición de Antonio la había desconcentrado.
Desde que habían salido por un helado, se había descubierto prestando más atención a él. Le gustaba que fuera tranquilo, que pudiera conversar sin intentar aparentar algo que no era y que la tratara con respeto.
Pero aquello era diferente.
Y precisamente por eso, decidió comportarse como si no hubiera sucedido nada.
Antonio finalmente llegó al pasillo donde se encontraban las dos estudiantes. Al reconocer a Griselda, levantó la mano para saludarla.
—Buenas tardes.
—Hola, Antonio —respondió ella.
Se esforzó por mirarlo directamente a los ojos, aunque durante el primer instante le costó mantener la naturalidad.
Antonio lo notó.
—¿Todo bien?
—Sí, claro. ¿Por qué?
—No sé. Pareces sorprendida.
Griselda dejó escapar una pequeña risa.
—Bueno, no todos los días te encuentro caminando por la universidad sin camisa.
Antonio bajó la mirada hacia la bolsa que llevaba en la mano y después volvió a mirarla.
—Créeme, tampoco estaba en mis planes.
—¿Qué te pasó?
—Me agarró la lluvia en el camino. La camisa terminó empapada y tuve que quitármela para no pasar toda la clase con la ropa mojada.
—Vaya. Eso sí que fue mala suerte.
—Y todavía tengo que conseguir una camiseta seca antes de entrar.