Dos Caminos, Un destino

EP 9: Una lluvia de miradas

Antonio había pensado que, después de lo ocurrido el día anterior, la lluvia dejaría de ser un tema de conversación. Sin embargo, al prepararse para regresar a la universidad, descubrió que todavía recordaba cada detalle de aquella mañana.

La ropa empapada, los charcos en los pasillos y la necesidad de encontrar algo seco para poder continuar con sus clases habían convertido una jornada ordinaria en una experiencia bastante incómoda.

Lo que no había previsto era que Griselda terminaría formando parte de aquel recuerdo.

Ella lo había acompañado durante una parte de la mañana, se había preocupado por saber si estaba bien y, por supuesto, no había desaprovechado la oportunidad de bromear con él.

Antonio no podía negar que algunas de sus ocurrencias le habían resultado divertidas.

Lo que sí le costaba aceptar era que, de vez en cuando, recordaba su sonrisa sin ninguna razón aparente.

Mientras se abotonaba la camisa frente al espejo, se detuvo a observar su reflejo.

—Es una amiga —se dijo.

La explicación parecía suficiente.

Griselda era una compañera de universidad con quien había comenzado a llevarse bien. Habían conversado varias veces, compartido algunas bromas y descubierto que podían hablar de sus carreras sin que la conversación se volviera aburrida.

No había nada extraño en eso.

Antonio tomó su mochila, revisó que llevara sus cuadernos y salió de casa.

Antes de cerrar la puerta, miró el paraguas que había dejado junto a la entrada.

Lo tomó y lo guardó en uno de los compartimentos de su mochila.

—Esta vez no me vas a agarrar desprevenido —murmuró, refiriéndose a la lluvia.

El cielo estaba nublado, aunque no parecía que fuera a llover de inmediato. Aun así, decidió no correr riesgos.

Durante el trayecto a la universidad revisó mentalmente sus pendientes. Tenía que asistir a sus clases, adelantar una actividad y consultar unos materiales para un trabajo de Derecho.

No quería acumular tareas, especialmente porque las siguientes semanas podían volverse más complicadas.

Cuando llegó a la universidad, notó que algunos estudiantes todavía comentaban el mal tiempo. Cerca de la entrada, un grupo intentaba sacudir el agua de sus mochilas, mientras otros caminaban con paraguas cerrados bajo el brazo.

Antonio avanzó por el corredor principal.

Fue entonces cuando escuchó una voz detrás de él.

—¡Antonio!

Se volvió.

Griselda se acercaba con una carpeta bajo el brazo y una expresión divertida en el rostro.

—Buenos días —saludó él.

—Buenos días. Veo que hoy vienes preparado.

Ella señaló su mochila.

Antonio entendió inmediatamente a qué se refería.

—Sí. Aprendí la lección.

—¿Traes ropa de repuesto también?

—No abuses.

Griselda soltó una carcajada.

—Está bien, está bien. Ya no digo nada.

—Eso espero.

—Aunque debo reconocer que el paraguas es una buena decisión.

Antonio sonrió.

—Gracias por tu evaluación.

—De nada. Si necesitas más consejos, tengo una tarifa especial para estudiantes de Derecho.

—¿Y cuánto cuesta?

—Depende de la gravedad del problema.

—Entonces prefiero no tener problemas.

—Eso sería lo ideal.

Ambos se rieron y comenzaron a caminar juntos.

La conversación no necesitó demasiado esfuerzo. Hablaron del clima, de los horarios y de las actividades que cada uno tenía pendientes.

Griselda le contó que estaba intentando organizar mejor sus tareas para no terminar trabajando hasta muy tarde. Antonio le explicó que él también procuraba adelantar sus trabajos siempre que podía.

—¿Y lo consigues? —preguntó ella.

—La mayoría de las veces.

—Qué suerte.

—No es suerte. Es organización.

Griselda lo miró con fingida indignación.

—¿Estás diciendo que yo no sé organizarme?

—Yo no dije eso.

—Pero lo pensaste.

—Tampoco.

—Antonio, estás empeorando tu situación.

Él soltó una risa.

—Entonces voy a guardar silencio.

—Me parece una buena decisión.

Continuaron caminando hasta llegar al cruce de los edificios.

Griselda debía dirigirse al área de Turismo, mientras que Antonio tenía que asistir a una clase de Derecho.

—Nos vemos después —dijo él.

—Claro. Y recuerda mantener tu paraguas a la mano.

Antonio la miró con una expresión resignada.

—Sabía que no ibas a dejar de hablar de eso.

—Es parte de mi responsabilidad como amiga.

La palabra quedó suspendida entre ambos durante un instante.

Amiga.

Era una manera sencilla de describir lo que estaban construyendo. Ninguno necesitaba darle un significado diferente por el momento.

Griselda sonrió y se alejó hacia su edificio.

Antonio la siguió con la mirada durante unos segundos antes de continuar su camino.

No se detuvo a analizar por qué aquella conversación le había mejorado el ánimo.

Simplemente siguió caminando.

2. Una sonrisa difícil de explicar

Griselda llegó a su salón unos minutos antes de que comenzara la clase.

Dejó la carpeta sobre la mesa, sacó sus cuadernos y se acomodó en su lugar habitual. Su compañera ya estaba allí, revisando unas anotaciones.

Al verla llegar, levantó la mirada.

—Buenos días.

—Buenos días.

—Vienes muy contenta.

Griselda comenzó a ordenar sus materiales.

—¿Ahora tampoco puedo estar de buen humor?

—Claro que puedes. Solo me llamó la atención.

—Pues no hay ninguna razón especial.

Su compañera observó la carpeta que llevaba bajo el brazo.

—¿Terminaste el trabajo?

—Casi. Me falta revisar algunos detalles.

—¿Y por eso estás sonriendo?

Griselda suspiró.

—¿Podemos hablar de otra cosa?

La compañera sonrió.

—Podemos. Pero antes tengo una pregunta.

—Sabía que había algo.

—¿Te encontraste con Antonio?

Griselda dejó de acomodar sus cuadernos.




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