La mañana transcurría con normalidad en la universidad. Los estudiantes caminaban de un salón a otro, algunos repasaban sus apuntes y otros aprovechaban los minutos libres para conversar.
Antonio estaba sentado en una banca, revisando unos documentos, cuando escuchó una voz que ya comenzaba a resultarle familiar.
—¿Otra vez estudiando, licenciado?
Levantó la mirada y encontró a Griselda frente a él, con aquella sonrisa que parecía acompañarla a todas partes.
—¿Otra vez molestando, señorita?
—No te emociones. Solamente vine a comprobar que sigues vivo.
—Qué considerada.
—Lo sé. Deberías agradecerme.
Griselda se sentó a su lado y dejó su mochila en el suelo.
Durante unos minutos hablaron de sus clases, de los pendientes que tenían y de lo rápido que estaban pasando las semanas.
Sin embargo, Antonio parecía tener algo en mente.
Griselda lo notó enseguida.
—¿Qué tienes?
—¿Por qué?
—Porque estás muy callado.
—Siempre estoy callado.
—Sí, pero hoy estás más raro de lo normal.
Antonio soltó una pequeña risa.
—¿Ahora resulta que también me analizas?
—No necesito estudiar Derecho para darme cuenta de que algo te pasa.
Él bajó la mirada hacia sus documentos y después volvió a mirarla.
Llevaba un rato pensando en cómo decírselo. No porque se arrepintiera de la idea, sino porque sabía que aquella invitación podía significar algo importante.
—Oye, Griselda.
—Dime.
—Quiero preguntarte algo.
Ella se acomodó en la banca, fingiendo una seriedad exagerada.
—Adelante. Prometo no cobrarte la consulta.
Antonio sonrió, pero enseguida volvió a ponerse serio.
—Quiero que conozcas a mi familia.
Griselda dejó de sonreír por un instante.
—¿Qué?
—Que quiero que conozcas a mi familia.
—Sí te escuché, Antonio. Lo que pasa es que no me esperaba eso.
Él se encogió ligeramente de hombros.
—¿Y qué tiene de extraño?
—No sé. Es algo importante, ¿no?
Antonio guardó silencio unos segundos.
—Para mí, sí.
Aquella respuesta hizo que Griselda lo mirara de una manera diferente.
Antonio no era de los que hacían invitaciones por compromiso. Si estaba pensando en presentarle a su familia, probablemente era porque de verdad quería compartir con ella una parte de su vida.
—¿Estás seguro? —preguntó ella, esta vez sin bromear.
—Completamente.
—¿Y tu familia sabe que existo?
Antonio sonrió.
—Bueno… saben que hay una chica con la que me llevo bastante bien.
Griselda abrió los ojos.
—¡¿Cómo que saben de mí?!
—No grites.
—¡Antonio, les has hablado de mí!
—No dije eso.
—Acabas de decir que saben que hay una chica.
—Eso no significa que les haya contado todo.
Griselda se llevó una mano al pecho, fingiendo estar profundamente ofendida.
—No puedo creerlo. El señor serio hablando de mí con su familia.
—¿Vas a aceptar la invitación o vas a seguir interrogándome?
Ella lo miró unos segundos antes de sonreír.
—Sí, quiero conocerlos.
Antonio sintió que algo dentro de él se relajaba.
—¿De verdad?
—Claro. Ahora me dio curiosidad saber quiénes son las personas que te aguantan todos los días.
—Muy graciosa.
—Gracias, me esfuerzo.
Ambos se echaron a reír.
Pero, detrás de las bromas, había algo diferente.
Antonio acababa de abrirle una puerta que no solía abrir con facilidad.
Y Griselda lo sabía.
Los nervios de GriseldaEl resto de la mañana pasó entre clases y conversaciones, aunque Griselda no conseguía dejar de pensar en la invitación.
Cuando se encontró con una de sus amigas, no tardó en contarle lo sucedido.
—¡No vas a creer lo que me dijo Antonio!
Su amiga dejó de revisar el teléfono.
—¿Qué pasó? ¿Se te declaró?
—¡No! Bueno… no exactamente.
—¿Cómo que no exactamente?
Griselda se rio.
—Me invitó a conocer a su familia.
Su amiga abrió la boca, sorprendida.
—¡¿Qué?!
—Baja la voz, por favor.
—¡Griselda, eso es importante!
—Ya lo sé.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que sí.
Su amiga sonrió de oreja a oreja.
—Ay, amiga. Esto se está poniendo interesante.
—No empieces. Solamente quiere presentármelos.
—Claro, y yo solamente voy a estudiar cuando abra mis apuntes.
Griselda soltó una carcajada.
—No seas exagerada.
—A ver, piénsalo. ¿Tú invitarías a cualquier persona a conocer a tu familia?
Griselda se quedó pensativa.
—Supongo que no.
—Exactamente.
La sonrisa de Griselda se hizo más pequeña, sustituida por una expresión reflexiva.
No quería adelantarse ni interpretar la invitación como algo que Antonio no había dicho.
Pero tampoco podía negar que le emocionaba.
—¿Y si no les caigo bien? —preguntó de pronto.
Su amiga la miró con sorpresa.
—¿Tú preocupada por caerle bien a alguien?
—¡Oye!
—Perdón, perdón. Es que nunca te había visto así.
Griselda suspiró.
—Es diferente. No quiero que su familia piense mal de mí.
Su amiga le tomó suavemente el brazo.
—Sé tú misma. Si Antonio quiere que los conozcas, seguramente es porque le gusta cómo eres.
Griselda bajó la mirada, sonriendo.
—¿Tú crees?
—Estoy segura de que, si sigues siendo la misma chica que se burla de él cada cinco minutos, al menos aburridos no van a estar.
—¡Qué mala eres!
Ambas comenzaron a reír.
Y, aunque los nervios seguían ahí, Griselda empezó a sentirse un poco más tranquila.
Una decisión de corazónPor la tarde, Antonio se encontraba en casa después de terminar sus actividades.
Había pensado mucho en la invitación que le hizo a Griselda.
No era que tuviera miedo de presentarla. Al contrario, la idea le agradaba.
Quería que ella conociera el lugar donde había crecido, las personas que formaban parte de su vida y el ambiente en el que había aprendido muchas de las cosas que lo definían.