Desde aquella tarde en que Griselda conoció a la familia Villafuente Guzmán, las cosas entre ella y Antonio habían comenzado a cambiar, aunque ninguno de los dos se atrevía a reconocerlo abiertamente.
No eran novios. Tampoco habían hablado de tener una relación.
Eran amigos.
Al menos, eso era lo que ambos decían cuando alguien les preguntaba.
Sin embargo, sus conversaciones eran cada vez más frecuentes, las bromas habían adquirido una confianza especial y, cuando pasaban varios días sin verse, alguno de los dos terminaba buscando una excusa para encontrarse.
Antonio seguía siendo el mismo muchacho reservado, responsable y dedicado a sus estudios de Derecho. Griselda, por su parte, conservaba su personalidad risueña, coqueta y espontánea, esa combinación que conseguía sacarlo de sus casillas y hacerlo sonreír en cuestión de segundos.
Después de la visita a su familia, Antonio había comenzado a sentirse más cómodo con la idea de tenerla cerca.
Ya no le parecía extraño hablarle de sus días, contarle alguna anécdota del trabajo o compartir con ella los momentos en los que necesitaba distraerse de sus responsabilidades.
Y Griselda estaba encantada con aquella confianza.
Por eso, cuando una tarde surgió la posibilidad de reunirse en casa de Antonio para pasar un rato juntos, ninguno tuvo inconveniente.
La idea era sencilla: conversar, comer algo, quizá ver una película y disfrutar de una tarde tranquila como amigos.
Lo que ninguno de los dos sabía era que aquella visita terminaría convirtiéndose en una de las anécdotas que más utilizarían para molestarse mutuamente.
Especialmente Griselda.
Porque Antonio estaba a punto de cometer un pequeño error.
Uno que le costaría semanas de burlas.
Una invitación que casi se olvida
Era sábado.
Antonio había comenzado el día atendiendo algunos pendientes y organizando sus cosas para la semana siguiente. Después de varios días de trabajo y universidad, agradecía tener unas horas para descansar.
Su teléfono estaba sobre la cama mientras él terminaba de ordenar su habitación.
Entre sus actividades, había intercambiado algunos mensajes con Griselda para ponerse de acuerdo sobre la visita.
El problema era que, después de confirmar la hora, Antonio había recibido una llamada y se había concentrado en otros asuntos.
La conversación quedó atrás.
Y con ella, también el pequeño detalle de que Griselda iría a su casa esa misma tarde.
Mientras tanto, en otra parte de la ciudad, Griselda se preparaba para salir.
Había elegido ropa cómoda, guardado su teléfono en el bolso y revisado la dirección que Antonio le había compartido.
Antes de marcharse, le envió un último mensaje.
Griselda: Ya voy para allá. No te me vayas a quedar dormido, licenciado.
No recibió respuesta.
Esperó unos minutos.
Nada.
—Bueno, supongo que estará ocupado —murmuró.
Guardó el teléfono y salió.
No estaba preocupada. Conocía lo suficiente a Antonio para saber que, cuando se concentraba en algo, podía olvidarse del mundo durante un buen rato.
Además, ya había estado en su casa y había conocido a su familia.
No sentía los nervios de aquella primera visita.
Ahora iba a ver a un amigo.
Un amigo que, por cierto, tenía una extraña habilidad para ponerse serio cuando ella comenzaba a molestarlo.
Sonrió al imaginar la tarde.
—Hoy no te vas a salvar de mis bromas, Antonio Villafuente.
Y continuó su camino.
En casa de los Villafuente Guzmán, Antonio había terminado de ordenar algunas cosas y decidió darse una ducha antes de descansar.
El calor de la tarde lo había dejado incómodo y quería ponerse ropa limpia.
Dejó el teléfono en su habitación, entró al baño y se dio una ducha rápida.
Cuando salió, se secó el cabello con una toalla y se puso un pantalón cómodo.
Pensaba buscar una camiseta después de beber un poco de agua.
Entonces escuchó que llamaban a la puerta.
—¡Ya voy! —respondió desde el interior de la casa.
No se detuvo a pensar quién podría ser.
Tal vez alguno de sus familiares necesitaba algo. Quizá alguien había llegado antes de lo previsto o se trataba de una visita que no requería demasiada formalidad.
Antonio salió de su habitación sin camisa, todavía secándose un poco el cabello.
Mientras caminaba hacia la entrada, se pasó la toalla por la nuca.
—¿Quién es? —preguntó.
Del otro lado, Griselda reconoció su voz.
Sonrió.
—¡Sorpresa!
Antonio no alcanzó a distinguir quién había hablado.
Llegó a la puerta, abrió y comenzó a decir:
—¿Qué pasó? ¿Se te ofrece algo o…?
Se interrumpió.
Frente a él había una joven que lo miraba con los ojos muy abiertos y una sonrisa que luchaba por contener.
Pero Antonio todavía estaba mirando hacia abajo, concentrado en retirar la toalla de su cuello y buscando con la mirada algo que había dejado cerca de la entrada.
—Pasa, nada más dame un segundo. Voy por una camiseta.
Griselda parpadeó.
Después volvió a mirarlo.
Y entonces lo reconoció por completo.
Era Antonio.
Antonio Villafuente.
El mismo muchacho que en la universidad parecía preocuparse hasta por la manera en que acomodaba sus apuntes.
El mismo que siempre intentaba conservar la compostura.
El mismo que ahora estaba frente a ella, sin camisa, como si aquella situación fuera la cosa más normal del mundo.
Griselda apretó los labios.
No quería reírse.
De verdad que lo intentó.
Pero Antonio levantó finalmente la mirada.
Sus ojos se encontraron.
El silencio cayó entre los dos.
Él tardó apenas un segundo en comprender quién estaba frente a su puerta.
—¿Griselda?
Ella inclinó ligeramente la cabeza.
—Hola, Antonio.
Él bajó la toalla.