Después de la visita
Antonio cerró la puerta y permaneció unos segundos apoyado contra ella, sonriendo al recordar la despedida de Griselda.
—Esta muchacha está loca —murmuró.
No lo decía con molestia. En realidad, todavía le resultaba divertido recordar cómo había terminado aquella tarde.
Ha (bía olvidado por completo que Griselda iría a visitarlo y, cuando abrió la puerta sin camisa, jamás imaginó que se encontraría precisamente con ella.
Mucho menos esperaba que aquella pequeña equivocación terminara convirtiéndose en una anécdota que probablemente tendría que soportar durante bastante tiempo.
Sacudió la cabeza y regresó a la sala.
Los vasos seguían sobre la mesa, los cojines estaban desacomodados y la película que habían visto juntos había quedado pausada durante un buen rato.
Antonio recogió las cosas y llevó los vasos a la cocina.
—Al menos la pasamos bien —reconoció.
Mientras lavaba lo que habían utilizado, recordó las conversaciones que había compartido con Griselda. Hablar con ella se había vuelto algo natural, casi una costumbre que disfrutaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
No necesitaban salir a algún lugar especial para pasarla bien.
Bastaba con que ella estuviera presente para que una tarde común se transformara en una sucesión de bromas, conversaciones y momentos inesperados.
Cuando terminó de ordenar la cocina, miró hacia el pasillo.
Todavía tenía pendientes que resolver.
Había dejado algunas cosas a medias antes de que llegara Griselda y quería terminarlas antes de descansar.
Por eso decidió regresar a su habitación.
Ahora sí, a descansar
Al entrar, Antonio dejó el teléfono sobre la cama y se quitó los zapatos.
La camiseta que llevaba puesta comenzaba a resultarle incómoda después de tantas horas. Había pasado buena parte del día ocupado y, antes de que Griselda llegara, había estado intentando relajarse en casa.
Ahora que la visita había terminado, podía volver a su rutina.
Se quitó la camiseta y la dejó sobre una silla.
—Ahora sí —dijo, soltando un suspiro—. A continuar con lo mío.
Se acercó al escritorio y revisó los documentos que había dejado pendientes.
Tenía algunas notas de la universidad que necesitaba organizar, además de varias cosas que quería preparar para la semana siguiente.
Se sentó, tomó una pluma y comenzó a revisar sus apuntes.
Durante un rato se concentró en sus actividades, hasta que su teléfono vibró sobre la cama.
Era un mensaje de Griselda.
Griselda: ¿Ya superaste la vergüenza de hace rato?
Antonio soltó una carcajada.
—No puede ser…
Tomó el teléfono y respondió.
Antonio: ¿No tienes otra cosa que hacer?
Griselda: Sí, pero molestarte también es una actividad importante.
Antonio: Deberías buscarte un pasatiempo.
Griselda: Ya tengo uno.
Antonio: ¿Cuál?
Griselda: Hacer enojar a Antonio Villafuente.
Antonio negó con la cabeza, sonriendo.
Antonio: Me alegra saber que aprovechas tan bien tu tiempo.
Griselda: Gracias. Siempre intento superarme.
Antonio dejó escapar otra risa.
Aquella chica parecía tener una respuesta para absolutamente todo.
Antonio: Ya estoy ocupado. Tengo cosas que terminar.
Griselda: Está bien, licenciado. No te distraigo más.
Antonio: Gracias.
Griselda: De nada. Por cierto…
Antonio observó la pantalla con desconfianza.
Antonio: ¿Qué?
Griselda: Ponte una camisa antes de que vuelva a visitarte JAJAJA.
Antonio dejó caer la cabeza hacia atrás.
—¡Griselda!
No pudo evitar reírse.
Antonio: Buenas noches.
Griselda: Buenas noches, amigo. Descansa.
Antonio leyó el último mensaje y dejó el teléfono sobre el escritorio.
La palabra amigo no tenía nada de extraño. Así se consideraban ambos y todavía no había razones para llamarse de otra manera.
Aun así, cada vez que Griselda se despedía, Antonio se quedaba con ganas de prolongar un poco más la conversación.
Era una sensación nueva.
No sabía qué hacer con ella, así que prefirió concentrarse en sus pendientes.
Una noche tranquila
La casa había recuperado su tranquilidad.
Antonio terminó de organizar sus apuntes, guardó los documentos y revisó las actividades que tendría que atender durante los próximos días.
Después se levantó para estirar las piernas.
La camiseta continuaba sobre la silla. Él seguía sin camisa, cómodo en su habitación, disfrutando de la tranquilidad que tanto necesitaba después de una semana ocupada.
Se acercó a la ventana y observó el exterior durante unos segundos.
La visita de Griselda había sido inesperada en más de un sentido.
No solamente por la manera en que la había recibido, sino porque se había dado cuenta de lo fácil que resultaba compartir su espacio con ella.
Normalmente prefería mantener su rutina organizada. Le gustaba saber qué tenía que hacer, cuándo debía hacerlo y cuánto tiempo podía dedicar a descansar.
Pero con Griselda las cosas sucedían de otra manera.
Una conversación podía extenderse más de lo previsto. Una broma podía interrumpir sus planes y una visita que parecía sencilla podía convertirse en una tarde entera de risas.
Y lo curioso era que no le molestaba.
Al contrario, comenzaba a disfrutarlo.
—Tendré que acostumbrarme —murmuró.
Después regresó al escritorio para terminar de revisar sus pendientes.
Pasó otra media hora antes de que finalmente decidiera que era suficiente por aquel día.
Guardó sus cosas, apagó la luz principal y se preparó para descansar.