Dos Simples Tragedias (corregido)

Cap.1=Somos Nosotras

Todo suele comenzar con un beso, una mirada o un baile, pero para nosotras, no fue así. Nuestra historia comenzó con un choque, pero mejor empecemos desde el principio.

Desde que tengo memoria, sé la razón por la cual estoy sola. Hace unos diecisiete años, fui abandonada en la entrada de un orfanato, con solo cinco meses de vida. Mis padres, según la Hermana Roberta, eran adolescentes irresponsables que pensaron que tener un hijo era fácil, pero al final, me abandonaron.

Cuando tenía un año, un amable hombre me adoptó, me llevó a su mansión y me crió como su propia hija.

Richard, un empresario, no podía mantener una relación debido a su trabajo y pensó que nadie era adecuado para él. Después de pensarlo mucho, decidió adoptar a alguien a quien darle su fortuna y criar.

Así entré en su vida.

Fui criada con reglas estrictas, pero siempre que hacía algo bien, Richard me premiaba con osos de porcelana, cada uno con un significado especial para nosotros. El primero, un oso azul con flores, me lo dio el día que saqué mi primer diez. Representa el esfuerzo en todo lo que uno hace. El segundo, rosa con brillos, fue por tener la mejor asistencia y significa que nunca debes rendirte, ya que siempre habrá una recompensa. El tercero, mi favorito, era multicolor y me lo dio cuando le confesé que me gustaban las chicas. Representa el amor en su forma más hermosa, especialmente cuando se ama sin miedo.

Mis días con él eran los mejores; siempre reíamos y me enseñó que algún día alguien me haría sentir como la persona más afortunada. Me contaba historias de su infancia y de cómo conoció a alguien que le mostró los colores de la vida. Me explicó que el amor es lo más bello, que se debe amar más los defectos que las virtudes, porque los defectos definen a una persona. Me decía que el amor verdadero es cuando alguien se enamora de tus defectos.

Siempre me respondía, pero nunca contestaba mis preguntas directamente, lo que me confundía. Ahora, creo que entiendo todo lo que me dijo.

Con esas últimas palabras, termino mi discurso. Los amigos de Richard me miran con una sonrisa triste. Limpio mis lágrimas y regreso a mi asiento. Richard fue y siempre será la única persona que creía en mí y nunca me abandonó. En sus últimos momentos, yo no lo abandoné.

Tal vez así es la vida; cuando crees que todo va bien, llega el momento en que la persona que más amas se despide. Es triste, pero sería egoísta mantener a alguien a tu lado mientras sigue sufriendo.

Los amigos de Richard suben al estrado para decir unas palabras, pero son unos hipócritas. Todos lo querían por su dinero, pero no saben que todo ha sido heredado por mí: la empresa, las ganancias, la casa, todo me pertenece.

Luego de que todos terminen, el cura se acerca y me pregunta si quiero decir algunas palabras antes de cerrar el cajón. Acepto y subo al estrado nuevamente.

—Richard, te agradezco por darme esta vida. Aunque no era tu hija biológica, me amaste y criaste como si lo fuera. Dondequiera que estés, sigue sonriendo e iluminando mi vida. Fuiste y siempre serás el mejor padre del mundo —digo mientras lo miro, esperando que no tenga frío.

Llegan unas personas y comienzan a cerrar el cajón, mientras todos se retiran de la iglesia. Cuando se van, solo quedo yo y el cura, que está guardando sus cosas.

—Lamento tu pérdida, querida —dice el cura mientras se acerca a mí antes de irse. Yo asiento en silencio mientras él suspira y se dirige hacia la salida.

Sigo mirando al frente, mientras mi mente trata de procesar todo lo ocurrido. De repente, Richard enfermó gravemente, y tras varios estudios, nos dijeron que no viviría más de un mes. Pasamos todo el tiempo posible juntos, desayunamos, reímos, paseamos y vimos dramas coreanos. La noche anterior, desperté por un ruido y encontré a Richard en el suelo, respirando con dificultad. Me acerqué a él, lo abracé mientras se iba de este mundo, llorando llamé a una enfermera y le dije que ya no estaba. No lo dejé solo.

Y así es como estoy aquí, sentada en una iglesia sola, pensando qué hacer con mi vida.

—Disculpe —dice una voz masculina. Miro hacia arriba y veo a un hombre de unos setenta años que nunca había visto—. ¿Es aquí el funeral de Richard Comanov?

—Acaban de llevárselo —respondo con la voz áspera de tanto llorar. Él hace una mueca y suspira.

—¿Puedo sentarme? —pregunta señalando el espacio libre a mi lado. Asiento y le hago lugar. El hombre se sienta y suspira de nuevo.

—¿Qué era usted para él? —pregunto.

—Yo fui quien le enseñó a ver los colores de la vida, y tú fuiste quien le dio una razón para vivirla —responde, extendiendo su mano.

—Soy Ada Comanov —digo insegura, tomando su mano.

—Encantado de conocerte —dice él, sonriendo con nostalgia.




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