Narra Jordan.
Abrí la puerta del hospital con prisa, corrí hasta la recepción donde pregunté por Rosie; la joven enfermera respondió con rapidez después de buscar en la computadora mientras me dedicaba una mirada desconcertada.
Subí las escaleras saltando los peldaños al ver que el ascensor no llegaba. Al abrir la puerta y entrar al sexto piso, los vi a todos: sus padres preocupados mientras hablaban con los míos, los abuelos Smith con los rostros contraídos de preocupación y él, allí sentado, como si perteneciera a la familia, como si hubiera tomado mi lugar.
Me acerqué a los abuelos y pregunté por ella: ¿Qué había pasado? ¿Por qué estaba allí? Ellos me observaron con tristeza sin responder, entonces vi el mostrador y el letrero azul sobre este, área psiquiátrica; ya no necesité una respuesta. ¿Rosie en esta área? Mis pensamientos vagaron por algunos segundos, todas las veces que Rosie tragó sus pensamientos, sus sentimientos, las ocasiones que la ignoré y fingí estar bien mientras la veía cada día más triste; creí que pasaría, que mejoraría, no esperaba que terminara en un lugar así.
Dejé caer el casco de la moto sobre la silla, al igual que mi cuerpo, que hizo un sonido extraño por la ropa mojada. Esto es mi culpa, debí apoyarla, debí ayudarla, sabía que estaba mal, pero no hice nada, no la cuidé, solo la ignoré, cerré mi corazón a ella cuando aún la amo. Yo no la merezco, no soy lo suficiente; ella merece alguien que la cuide, proteja y yo no lo hice, solo la abandoné dejándola a su suerte.
Apreté los puños, frustrado. ¿Qué le había causado? ¿Qué fue lo que hice? El daño que hice a Rosie había sido tan profundo para hacerla llegar a un lugar así, de verdad, ella merecía a alguien mejor. Soy un imbécil por haberla abandonado en su peor momento.
—Jordan —en el instante que escuché su voz rodé los ojos. Siempre aparecía donde no debía—. Sé que mi presencia lo incomoda.
—No me hables.
—No lo hago por mí, lo hago por ella.
—¿Qué mierda quieres? Ya ganaste. —frunció el ceño y me desconcertó.
—¿Gané? —suspiró—. Jordan, entiende algo, esto no es una competencia, de ser así, yo nunca habría podido jugar si no fuera porque la dejaste. — tomó aire molesto—Yo solo hago lo mejor para Rosie, ella es una chica extraordinaria y merece ser feliz, es el momento de que seas un hombre y actúes como tal; si sigues así, la perderás.
—Ya la perdí. —al decirlo, mi voz se cortó y sentí mi pecho doler.
—No es así, lo que viste fue un beso. Sé que Rosie aún te ama y, aunque la quiera, debo aceptar que no puedo obligarla a corresponder mis sentimientos, ella debe dejarte ir y enamorarse de mí o rechazarme y volver a ti —se giró y miró a los ojos— y eso también depende de ti.
—¿Me estás dando un consejo?
—Sí —suspiró y rodó los ojos fastidiado—, pero es por ella, por su felicidad. No volveré a hacer esto. Tienes que saber, no me rendiré, ella de verdad me gusta y solo lo haré si ella así lo quiere.
Lo observé incrédulo de sus palabras: ¿de verdad acababa de decir eso? Se levantó de la silla y volvió a tomar asiento en el lugar anterior. Tardaron unos minutos antes de que una mujer con fleco y el cabello recogido en un moño apareciera hablando con los padres de Rosie.
Al escuchar la palabra depresión, lo peor pasó por mi mente: ¿quizá se intentó suicidar? ¿Autolesionar? No, Rosie no haría eso, pero de seguro sus heridas emocionales eran tan profundas que no había logrado cerrarlas con el paso del tiempo, terminando en esto. Revolví mi cabello molesto, era mi culpa, gran parte del problema era mi culpa. La abandoné, rompí las promesas, la dejé sola aun cuando la amaba, tomé la peor decisión de mi vida, pero ¿aún soy digno de ella? ¿La merezco? David tenía razón en algo y es que Rosie es extraordinaria y merece lo mejor, pero ¿soy lo mejor para ella o será él?
No quería lastimarla, verla llorar por mí, ser el responsable de su dolor, me niego a serlo, pero no importaba cuántas veces lo negara, sé que lo soy.
Cuando aseguraron que estaba bien, sin decir nada, tomé el casco y desaparecí, hui del lugar; no era capaz de ver a Rosie, no quería verla sufrir, simplemente eso me devastaría. Conduje con rapidez, con velocidad, sintiendo la adrenalina en mi cuerpo, distrayéndome del dolor que sentía en el corazón. No me importaba la lluvia, no me importaban las señales de tránsito o los semáforos en rojo; solo quería llegar a un lugar donde mi mente estuviera en paz, al igual que mi corazón. Ese lugar antes era ella y ahora no sabía a dónde huir… a dónde llegar.
La carretera es oscura y disminuí la velocidad; estaba lejos en un lugar desconocido. ¿Qué debía hacer ahora? ¿Volver o dejarla ir? ¿Qué es lo correcto? Mierda, Rosie me vuelves loco. ¿Cómo te hice eso? ¿Por qué dejaste que te lastimara así? Soy un cobarde, dije que nunca le haría daño y aun así la llevé a ese estado.
Identifiqué una mancha blanca en la carretera, intenté no chocarlo, desvié la moto y terminé en el suelo; mi cabeza chocó con el pavimento y escuché mi pierna crujir. El animal corrió hasta mí; es un gato blanco que maulló al olerme. Suspiré y busqué mi teléfono en los bolsillos, pero no estaba.
El gato se acurrucó en mi brazo buscando protección. Intenté levantarme, pero sentí una corriente de dolor recorrer la pierna. Grité de dolor, pero mantuve la calma, abracé al gatito y mantuve esa posición hasta que llegó un auto, se detuvieron y llamaron a una ambulancia.
Qué ironía, Rosie terminó en el hospital por mi culpa y ahora yo iba tras ella. En cuestión de unos minutos la ambulancia llegó; el sonido de la sirena aturdía mi cabeza y las personas observaban con lástima. Entablillaron mi pierna y el casco fue reemplazado por un collarín cervical.
—El gato, por favor.
—No puede ir con nosotros. —intenté levantarme para buscarlo; estaba allí en el suelo acurrucado, temblando. Él era igual de débil que yo en este momento —Bien.