Dudas del corazón || El arte de sanar

4

Narra Rosie.

Volví a casa después del hospital, me alejé del celular y solo pasé las horas intentando conciliar el sueño, no quería pensar o sentir, aunque en las noches no podía detener el llanto, los libros no me reconfortaban y la irritabilidad había sido constante en estos días.

Hoy desperté sintiéndome extraña, algo estaba mal y no sabía qué era. Sin querer salir de la cama, me levanté; debía ir a clases y, por supuesto, al trabajo. Bajé a la cocina, donde Dereck y Juan desayunaban antes de ir a clases, mamá y papá no habían notado mi presencia y los niños agitaron sus manos saludando mientras masticaban la comida.

—Ya te dije, él no quiere que Rosie se entere.

—Tarde o temprano se enterará —dijo papá.

—Debemos dejar que él lo decida, el pobre pudo haber muerto, debe estar aturdido y solo pidió que mantuviéramos el secreto.

—Rosie no es tonta, ella lo sabrá.

—¿Saber qué?

Mis padres se giraron para mirarme unos segundos con tristeza; miré a los niños, quienes se encogieron de hombros, y mamá les hizo una seña para que no hablaran.

—¿Qué sucedió?

Papá miró a mamá y ella solo negó con la cabeza.

—¿Qué pasó? ¿Quién casi muere?

—Jordan —dijo Juan para después beber de su jugo.

Miré a mis padres sorprendida, papá negó con la cabeza y mamá suspiró.

—No teníamos que hablar. —Dereck golpeó a Juan.

—¿Jordan?

—Rosie antes de que...

Las palabras se distorsionaron y sentí que mi corazón se detenía.

—¿Dónde está?

—Rosie —mamá me tomó del brazo, pero me solté alejándola y pregunté una vez más con determinación.

—¿Dónde está?

Papá miró a mamá para después pedirme que lo siguiera. Me calcé unos zapatos que había en la entrada y subí al auto, papá condujo con rapidez mientras yo entré en pánico y lloraba asustada. ¿Por qué dijeron que casi muere? ¿Qué tan grave fue? ¿Por qué no me querían decir? ¿Qué fue lo que sucedió?

—Él está bien.

—¿Por qué no me dijeron? ¿Qué fue lo que pasó?

—Solo sé que fue un accidente mientras conducía.

—¿Cuándo? —él negó con la cabeza resignándose—. ¿¡Cuándo!? Papá, por favor...

—La misma noche que estuviste en el hospital.

—No puede ser —pase la mano por mi cabello.

¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué sucedió? ¿Estaba realmente bien?

Entré en un estado de desesperación y tristeza, lloré sin poderlo controlar, al detenerse el auto, corrí al edificio, subí en el ascensor marcando el piso que papá había indicado antes de que bajara corriendo del auto.

Cuando abrí la puerta de la habitación, mi corazón se detuvo, él sonreía antes de que su rostro se contrajera al verme. Sentí molestia. ¿Cómo pidió que lo ocultaran? ¿Por qué era un imbécil conmigo? Quería golpearlo, pero al llegar hasta él, mi corazón se encogió y vi sus heridas, su pierna inmóvil y su mirada triste.

Jordan estaba ahí, sentado en una silla de ruedas con el rostro y brazos llenos de rasguños y heridas que iniciaban a cicatrizar, al ver su pierna con vendas y el yeso que limitaba su movimiento, me rompió el corazón.

Él besó mi mano y por un momento la desesperación desapareció y sentí tranquilidad. Sus ojos llorosos se clavaron en los míos y mordí mi labio antes de estallar y lanzarme sobre él, abrazándolo con fuerza. Tenía miedo de haberlo perdido, de nunca más verlo, tuve miedo de que su vida se separara por completo de la mía sin siquiera tener la oportunidad de decirle cuánto lo amo aún.

Oculté mi cara en su pecho y lloré; sus cálidos brazos eran lo que había extrañado por meses en aquellas noches tristes. Sentí cómo su mano se deslizaba por mi cabello y susurraba en mi oído que estaba bien. Me aferré a él, no quería soltarlo, no quería dejarlo, no era capaz de alejarme, lo había extrañado por tanto tiempo y ahora el solo pensar en que pudo haber muerto hizo que mi corazón se encogiera y sintiera un nudo en la garganta.

—Rosie —dijo llamando mi atención. Paso en seco y, conteniendo las lágrimas, me miro a los ojos: —No es nada, ni siquiera me duele.

—Voy a golpearte hasta que duela, jamás volverás a manejar. —él rio ante mi amenaza y una lágrima rodó por su mejilla.

—Rosie por favor, no llores más.

Sorbí la nariz y, aunque intenté controlar mis sentimientos, las lágrimas no se detuvieron. Limpié mis mejillas con la palma de las manos y controlé mi respiración hasta que llegué a la calma. Jordan observaba con atención y desvió la mirada cerrando los ojos, intentaba no llorar y ser fuerte.

—¿Cómo fue?

—No dolió nada, solo me caí —rodé los ojos y él volvió a mirarme—. Te lo juro, Rosie.

—¿Acaso no viste tu pierna?

—Pero no dolió.

—¿Cómo no iba a doler? —él se encogió de hombros.

—No lo sé, ¿la adrenalina?

—¿Acaso eres tonto?

—No lo soy.

—Entonces deja de decir estupideces. —me alejé y tomé asiento en la silla.

—Rosie lo que importa es que estoy bien.

—Sí, se nota —señalé su pierna—. Mejor vámonos corriendo de aquí, así de bien estás.

Jordan frunció los labios, negó con la cabeza y soltó una carcajada. Lo observé confundida y él dejó de reír.

—Qué chiste tan malo.

—No fue un chiste.

—Oh, creí que sí.

—¿Cómo me burlaría en una situación así?

—No lo sé, pensé que era un chiste —negué con la cabeza y sonreí, siempre tan tonto.

Jordan entrelazó su mano con la mía, sonrió con dulzura y recordé aquellos momentos que compartimos antes de que nuestra relación llegara a su fin. ¿Cómo lo permitimos?

—Rosie no te preocupes por mí, estaré bien.

—Supongo que sí.

Sonreí, su rostro triste y los golpes que lo acompañaban lo hacían ver realmente mal, pero aun así sentí tranquilidad. Él estaba bien, esta vivió con una pierna rota, pero con lo fuerte que es, se recuperará como si nada hubiese pasado.

—Rosie... —el tono en su voz me disgustó; algo malo vendría. Negué con la cabeza y desvié la mirada. —Rosie, mírame.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.